Buscando el huevo perfecto

Las gallinas que los ponen viven en libertad y cada uno es revisado con un ovoscopio


cambre / la voz

Ha parado de llover. Ellas aprovechan la luz de la tarde para salir de nuevo al campo. Es una pradera verde, cuidada por ovejas, burros y caballos, todos protegidos por dos mastines. Corretean de aquí para allá. Mueven las alas. Cacarean y alguna se acerca. Las gallinas son animales curiosos. En todos los sentidos. Porque saben mirar de reojo y porque, de no ser por ellas, no existiría uno de los mayores manjares de la dieta mediterránea, la tortilla de patata. Pero de igual modo que no todas las tortillas son iguales, tampoco lo son los huevos. En esta granja de huevos camperos, Avícola Rodrigo, ubicada en Bribes, en el concello coruñés de Cambre, tratan de buscar el huevo perfecto.

Un encargado sale al campo para esparcir un poco de comida. Ellas lo rodean expurgando el suelo en busca del grano. Solo una se ha quedado rezagada en un nido. Es extraño. Las gallinas suelen refugiarse al caer el sol. Descansan y ponen por la mañana. Un huevo al día. A veces ninguno. Como mucho, de vez en cuando, esconden un premio. Como en un roscón de Reyes, de repente, al cascarlo hay un par de yemas. Las churras continúan comiendo, cacareando. Parecen felices. Suelen jubilarse de la puesta a los dos años. Ahora, después del servicio prestado, las destinan a otros usos.

Observando a lo lejos está Tora, una mastín de nueve meses encargada de cortarles el paso a los zorros. Le ayuda, desde la retaguardia Bimba, su hermana. Viven ahí desde que tenían dos meses. Desde pequeñas las han educado para que no ataquen a las gallinas. Les van colocando una en la barriga. Una y otra vez. Hasta que identifican su olor convirtiéndolas en familia. Son un equipo.

Los huevos que se han recogido por la mañana de los nidos tienen ahora que revisarse, pesarse y marcarse antes de ser embalados en las hueveras que llenan las cajas que luego son repartidas aquí y allá. Los que están más sucios se descartan. La fecha de caducidad es de 28 días desde la puesta. Como en esto el tamaño cuenta, en esta granja su peso ha de estar entre los 53 y los 73 gramos. Pero sobre todo no han de tener ninguna grieta. El proceso es laborioso. Hay que colocar cada huevo en un ovoscopio, una especie de ecógrafo con luces led que dejará al descubierto al instante cualquier fisura. Es fascinante observar los huevos iluminados. Porque el ovoscopio es como una máquina de la verdad que deja al descubierto absolutamente todo. La cámara de aire, las pecas que decoran la cáscara... Y al apagar la luz de la estancia, parece que más que en una granja en Bribes, estás en una discoteca en Berlín. Danzando de aquí para allá. Como las gallinas. Disfrutando del ejercicio. Y un huevo de una churra runner marca la diferencia.

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