Lecciones de pesca y de vida en la ría

El estuario del río Mero es el mejor lugar de toda la comarca desde el que observar garzas


Hace un buen rato que ha amanecido, pero la niebla insiste en permanecer adherida a la ría, como una manta opaca tendida sobre las aguas, el fango y el juncal. Bajo ella todavía duerme perezoso el sábado. Los rayos del sol tiran de la manta por aquí y por allá. Hace un rato aún lo hacían con tibia paciencia. Ahora ya la deshilachan sin contemplaciones. Cosa que agradezco, porque he venido a ver garzas. Por fin se descorre el telón. Ahí están. Cuento 22. La marea se retira hacia el centro del estuario, por donde en menos de una hora culebreará el río Mero tan estrecho, brillante y oscuro como una anguila gigantesca.

Las garzas reales sueñan con anguilas. Seguro. La semana pasada, con motivo del Día de las Librerías, comentaba con una amiga el primer párrafo de esa novela de Penelope Fitzgerald en la que se basa la última película de Isabel Coixet, La librería. A la protagonista le cuesta dormir debido al recuerdo de cómo una vez había visto volar una garza que intentaba tragarse una anguila. El pez colgaba del pico del ave, luchando por escaparse. La indecisión que a su juicio expresaban ambas criaturas le resultaba lastimosa. En su opinión, las dos se habían propuesto demasiado. La novela va un poco de eso. De propósitos y dificultades. O sea, de la vida misma.

Una anguila es un bocado al que ninguna garza se resiste, por mucho que haya que pelearlo. Tiene cuello suficiente para tragarlo. Pero también para que su presa se enrosque en él con fuerza.

La garza envuelta en una bufanda escurridiza y palpitante, con un cuarto de la bufanda dentro del pico. Nunca se sabe cómo va a terminar.

Una de las garzas vuela hacia mi orilla, sus alas tan anchas como las de un águila, sus patas al posarse tan elásticas como las de una bailarina. Da unos pasos y se detiene. Bueno, más que detenerse, se petrifica. Arrugado por la brisa, su reflejo en el agua vibra más que ella misma. También yo me mantengo muy quieto, expectante. A ver si no tarda mucho, me digo. Solo he de esperar un par de minutos. Visto y no visto, la garza arponea su propia imagen en el espejo líquido y extrae de él un pez. A este apenas le da tiempo de sacudirse unas gotas en el aire al ser lanzado hacia arriba para desaparecer luego por la infinita garganta. Aún debe preguntarse qué le está pasando. La garza esponja su plumaje con un estremecimiento de satisfacción.

Echa a andar de nuevo, algo inclinada hacia delante, con cierta expresión filosófica en sus ojos amarillos. Norman Maclean, el escritor y pescador autor de El río de la vida, cuya versión para el cine dirigió Robert Redford, escribió que todas las cosas se funden en una, y un río corre a través de ella. Solo que las garzas no leen libros de filosofía, claro. Leen las mareas, las formas de las orillas, las texturas del agua, los fulgores de escamas bajo la superficie... O sea, lo mismo que esos filósofos que son todos los pescadores de caña. Cuando echa a volar de nuevo, se va Mero arriba, hacia O Temple. Acaso en busca de anguilas.

  

Dónde observarlas

En marea alta descansan todas juntas con otras aves en el extremo del juncal que hay a la altura del Jardín Botánico. Al bajar la marea se dispersan por las orillas.

Jóvenes y adultas

Conocer su edad es muy sencillo. Las adultas lucen un llamativo antifaz negro que termina en un largo penacho que le cae sobre la nuca.

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