Diez mil vecinos, nueve homicidas

En 1890 los agrios enfrentamientos entre políticos coruñeses terminaron con el asesinato del alcalde de Oza, López Trillo


A finales del siglo XIX y principios del XX, la política municipal era tensa. Más de un pleno se suspendió debido a los altercados del público, los libros de actas dan testimonio de algún golpe entre los concejales, y el alcalde Manuel Casás cuenta en sus memorias como, durante la campaña electoral de 1915, un desconocido le disparó por la espalda mientras paseaba por la calle Real. Pero las rencillas de los políticos coruñeses nunca llegaron a ser tan violentas como las del vecino ayuntamiento de Oza (anexionado en 1912). Allí, en la carretera del puente del Pasaje, apareció en la madrugada del 24 de febrero de 1890 el cadáver del exalcalde Manuel López Trillo, alias El Señorito.

El cuerpo, tendido ante la finca que antaño ocupaba el Lazareto y en la que hoy se encuentra el Hospital Marítimo, tenía la cabeza machacada de tal manera que su familia tuvo que reconocerlo por las ropas que llevaba. A poca distancia del cadáver se encontraba una piedra de grandes dimensiones manchada de sangre, que dejaba pocas dudas acerca del arma asesina. La saña con la que lo habían matado apuntaba a una animadversión personal, y la teoría con más peso entre los contemporáneos fue la de que el criminal era uno de los muchos enemigos que se había ganado El Señorito durante su etapa como regidor. Según refleja La Voz de Galicia, tras la muerte, el gobernador ordenó a los agentes de la autoridad y los pedáneos de Oza ejercer una «exquisita vigilancia» para atajar las violencias «que las luchas políticas ocasionan en aquel revuelto Ayuntamiento».

La vida política gallega estaba dominada en aquel entonces por los caciques de los dos partidos hegemónicos, el Liberal y Conservador. En Oza eran feroces las luchas de facciones, que habían sumido el municipio en el caciquismo, la corrupción y la inactividad. En la década de 1880, el Gobierno suspendió el Ayuntamiento de Oza en dos ocasiones, destituyó a un alcalde y anuló las elecciones municipales de 1887 después de detectar múltiples irregularidades. Ni siquiera se tomaban actas de los plenos, no se formaban censos de electores, y el Ayuntamiento acumuló hasta 90 años de atrasos.

Este ambiente permitía prosperar a hombres ambiciosos y dispuestos a mancharse las manos como El Señorito. En los años que preceden a su muerte se siguió contra él una causa por «prevaricación y otros excesos», otra por publicar clandestinamente el periódico La Draga y una tercera, en 1889, por falsificar documentos.

En este último juicio, los liberales veían una persecución política. El abogado de la acusación era Maximiliano Linares Rivas, uno de los hombres fuertes del Partido Conservador en Galicia, y que poco después de la muerte de López Trillo fue nombrado Gobernador de A Coruña. Sus rivales liberales lo consideraban capaz de los peores crímenes con tal de conseguir una ventaja política: La Voz de Galicia lo acusa de cometer «arbitrariedades» y «abusos», controlar los tribunales y «aterrorizar» a los ayuntamientos en los que no gobernaban sus afines.

Al Señorito le sobraban enemigos, pero las autoridades pronto identificaron a dos vecinos de Oza como sospechosos principales. El ex alcalde había ido el día de su muerte a podar la viña de un conocido, y luego se entretuvo en una fonda en la que coincidió con dos vecinos, parientes entre sí: Andrés Bello Loureiro y José Míguez. Fueron detenidos.

Sabemos muy poco de los acusados, más allá de que ambos negaron los hechos. Bello aparece implicado en algunos juicios menores por lesiones antes de la muerte del Señorito, y es posible que fuese familiar de Bello Rey, que había denunciado al asesinado por falsificación. En cuanto a José Míguez, un hombre con su mismo nombre fue acusado en 1887 de coacciones y violencias durante las elecciones de Cambre, incendiando la casa de un rival político y disparando contra la Guardia Civil y el alcalde.

Sabemos que los dos acusados fueron juzgados por la Sala de lo Criminal de A Coruña, pero la sentencia no ha llegado hasta nuestros días. De acuerdo con los datos disponibles, lo más probable es que no se probase su culpabilidad. El libro de reos de Oza señala que en la década de 1890 al menos nueve vecinos fueron condenados por homicidio intencional (en un ayuntamiento que no llegaba a los 10.000 habitantes), pero en él no aparecen los nombres de José Míguez ni de Andrés Bello Loureiro. El misterio sobre el que quizás fue el último magnicidio por motivos políticos del área coruñesa hasta llegar a la Guerra Civil permanece, casi 130 años después.

Enrique Carballo es historiador y periodista.

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