Con 96 años, recuerda su vida laboral cuando salía todas las noches a ayudar a los noctámbulos. «Llevaba pistola, pero nunca la usé», matiza
14 jun 2026 . Actualizado a las 05:00 h.Solo la primera generación boomer puede recordar la figura del sereno, ese vigilante nocturno que recorría las calles para mantener el orden y asistir a los vecinos que necesitasen ayuda, incluso para entrar en el propio portal con las llaves que portaba el funcionario. Le deben su nombre a la costumbre de cantar las horas añadiendo el tiempo meteorológico del momento. «Las doce y lluvioso, la una y sereno…». Sereno también era su temple. Ellos eran la ley cuando asomaba la luna y debían reaccionar con calma cuando algún vecino con exceso de alcohol o intenciones aviesas se les encaraba. El objetivo era evitar jaleo y garantizar el descanso de los vecinos.
Adolfo Golpe Lobeiras tiene 96 años. Nació y vivió toda su vida en la cuesta de Os Remedios, uno de los lugares más telúricos de Betanzos, coronado por un santuario y el cementerio. Desde principios de año vive en el geriátrico de Santa María de Ois, en el municipio de Coirós. Asegura estar muy contento en esta instalación y se presta a «poner orden» si algo se desmadra. De momento, no ha hecho falta. El es uno de los últimos serenos de Betanzos.
Cuando habla de su trabajo le gusta repetir el adverbio «nocturnamente». Él y sus compañeros comenzaban a las diez de la noche y recorrían las calles vigilando hasta las seis de la madrugada. «Cuando la gente nos veía, había un respeto. Yo nunca me quejé del público estando nocturnamente». Entre sus funciones estaba la de acompañar a las personas que debían salir por urgencia a buscar alguna medicina a la farmacia o al médico que acudía a algún domicilio. Trabajó para varios alcaldes. Al que más recuerda es a Tomás Dapena, quien llevó el bastón de mando de Betanzos desde 1945 hasta 1968. «También algunas noches me tocó acompañarlo».
—¿A dónde?
—Ah, no. Lo que hiciera cada uno con su vida a mí nunca me importó.
Algunos vecinos consultados por este periódico recuerdan a Adolfo como el sereno más recto e íntegro de todo el equipo. «A algunos les gustaba beber, o perseguir a chavales que daban algún balonazo, pero Adolfo era diferente, se le respetaba más», apuntan. El aludido recuerda que la pistola que llevaban también ayudaba a ganarse ese respeto. «Pero nunca la usé», recalca. «Después de jubilarme pude dedicarme a lo mío».
—¿Y qué es lo suyo?
—Descansar.
Luego relata que vivir «nocturnamente» tiene su lado malo. «Me metía en cama antes de las siete de la madrugada y a lo mejor a las diez ya estaba levantado», recuerda. «Ese ritmo así todos los días no es fácil de aguantar, el cuerpo se resiente».
Adolfo es el menor de 14 hermanos. Su padre, sastre de profesión, murió muy joven. «La niñez fue una miseria, había mucha falta de todo», recuerda. A los 23 años se casó con Purificación, ya fallecida, y con la que tuvo dos hijas. Ahora también lo visitan en Coirós sus cuatro nietos y un bisnieto. «Ya son muchos años, la memoria va fallando, pero no me quejo», dice mientras avanza con un andador hacia el grupo de compañeros del geriátrico que celebran una actividad musical.
Recientemente acudió a una fiesta de mayores organizada por el Ayuntamiento de Coirós, donde fue reconocido como el más veterano de los varones asistentes, por sus 96 años. «Yo sigo siendo policía, si alguien no se porta bien, aquí estoy para poner orden», dice entre risas.