Encerrado en el año de Galdós

Echo de menos a mi perro, que se fue justo una semana antes del estado de alarma, como si intuyese los paseos que se le venían encima


Betanzos

 De pronto toda la habitación / en un instante se hace prisión / urgentemente salgo al balcón. 

(Luis Eduardo Aute, No sé qué coño me pasa hoy)

A todos los que tenéis casa con jardín os declaro mi más sincera envidia. Pasear sin atravesar la puerta de entrada me parece un lujo para los tiempos de pandemia. Desde mi ventana de un segundo piso, como la celda de un panal, os veo dar vueltas y más vueltas a vuestras casas, como musulmanes en la Meca. Y además sin aguantar multitudes, como si tuvieseis un pase VIP para rodear la Kaaba. Disfrutáis del sol de la mañana, el de la tarde… y yo os miro como se mira a alguien que da cuenta de un centollo desde la zona donde solo se sirve el menú del día.

  

Ahora me gustaría que lloviera, que lloviera sobre mí.

(Phil Collins, I wish it would rain down)

Bueno, pero cuando llueve el agua me limpia la envidia. Creo que la lluvia es democrática. Pone en igualdad de condiciones a las casas con jardín y a los pisos convencionales durante el estado de alarma. Entonces paso a envidiar a los dueños de perros, que confluyen en la plaza Francisco Iglesias González, un profesor de Periodismo de Betanzos y el lugar donde vivo desde el 2008, cuando empezó la penúltima crisis. Veo los perros y entonces me llueve el alma. Porque me acuerdo de Galdós, mi yorkshire patilargo. Como veía venir el plus de paseos que le esperaba, cerró los ojos para siempre el 6 de marzo, una semana antes de que comenzara esta locura. Se fue en el mismo año que se celebra el centenario de la muerte del escritor que inspiró su nombre.

Así que, sin jardín y sin perro, solo me queda bajar la basura para pisar la calle, mientras en casa pongo viejos discos que predestinaban estos días tan raros. La basura también es democrática, un gesto más sincero que el de hacer la compra o acudir a la farmacia. Muchos van al supermercado o a por medicamentos tres veces al día, pero creo que nadie reparte sus restos en varias bolsas para viajar más de una vez hasta el contenedor. No compensa.

No sé qué libro mirar, qué revista ver / la tele se acaba, qué se puede hacer.

 (Mecano, Perdido en mi habitación)

Aunque no dispongo de terraza ni jardín, al menos mi ventana es de esas puertas de cristal con una pequeña reja para apoyarse y disfrutar de un paisaje profundo. Hace un mes veía la cuenca del Mandeo, pero la floración de los árboles del parque ahora me lo tapan. Si alzo la vista veo un monte coronado por un cogolmo de eucaliptos, y más abajo la carretera de Paderne, esas curvas que durante más de medio siglo ha usado cada día el fotógrafo César Delgado, testigo gráfico de la comarca, para acudir a su estudio en los soportales de Betanzos.

Justo ante mi ventana hay un pequeño parque infantil al que no se puede acceder desde el 14 de marzo. Esa mañana, dos voluntarios de Protección Civil colocaron una cinta rojiblanca en su puerta. La cinta estaba tensa. Pero con el paso de los días, el viento, la democrática lluvia… ahora está floja y balanceándose, como si quisiera transmitir que ya queda poco para entrar a los columpios. Y a la pista de pádel anexa. Y a todos los parques en general.

Me asomo a la ventana eres la chica de ayer / jugando con las flores en mi jardín. / Demasiado tarde para comprender, chica vete a tu casa, no podemos jugar.  

(Nacha Pop, La chica de ayer).

Desde mi ventana me fijo en las pequeñas cosas. Creo que he conseguido apreciar el crecimiento de los líquenes que marcan el norte con color verde en las farolas del parque. Los jardineros siguen viniendo a cortar la hierba, y a descubrir las heces escondidas (mensaje a los dueños de mascotas: no sabéis la cantidad de ojos ociosos que os miran estos días).

La semana pasada cambié de ventana para salir a respirar. Había un gran insecto posado en el cristal y, cosas del encierro, comencé a habla con él:

-No puedes entrar, estamos confinados.

El bicho no respondió. Pero se quedó allí clavado un buen rato.

El teletrabajo tiene ventajas, pero me ha destrozado la referencia espaciotemporal. Todo es un continuum desde el desayuno a la cena. Una conciliación permanente entre el ordenador y los deberes de los niños. Solo soy consciente de una hora al día: las 8 de la tarde. Es el momento estrella. Salir a aplaudir a los sanitarios ordena mi reloj biológico. Incluso me miro al espejo antes de asomar a la ventana, como si acudiera al acto más importante del día. Y tras los aplausos, desde una casa amarilla al otro lado del río ponen a todo trapo el tema del Dúo Dinámico. Pero hombre, cómo no vais a resistir vosotros, que tenéis casa con jardín.

  

Mañana despertaré y empezaré de cero / hay tantas cosas que quiero hacer / que antes me daban miedo.  

Fito&Fitipaldis, Qué necesario es el rock&roll.

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