El último Geppetto de la Ciudad Vieja

«Nací en la madera», sostiene el artesano José López Parada, al que los viejos muebles le desvelan algunos valiosos secretos


«Yo soy el armazón de tu cuna, / la madera de tu barca, / la tabla de tu mesa, / la puerta de tu casa, / la viga que sostiene tu techo, / la cama en que descansas…». Son versos de la Plegaria del árbol, un poema anónimo que cuelga, enmarcado, en el taller de José López Parada. Se lo regaló una clienta y resume la filosofía de este artesano: «Yo nací en la madera», sostiene sonriente, evocando que de ese material fue su cuna. Era lógico ya que su padre, Ricardo López Fernández, fue el ebanista que abrió en 1968 este taller, en el número 8 de la calle Nuestra Señora del Rosario. Entonces había nueve locales de este tipo en la Ciudad Vieja, entre ellos «el de Pedro, en la calle Damas, que era muy buen ebanista». Pero ahora «el último superviviente del gremio de la madera soy yo; esto se acaba, no va a tener continuidad», lamenta antes de contar cómo reparó la cuna de caoba en la que fue acunado un orondo alcalde coruñés y cuya familia la recuperó después de tenerla durante un tiempo como jardinera.

En el taller de este Geppetto coruñés no hay pinochos parlanchines, como en el cuento de Collodi, pero hay decenas de objetos que cuentan sorprendentes historias. Allí está la «tetera rusa samovar, que funciona con leña» o «este arcón de Cuba, que debe de ser el año 1800 y pico y mira qué dibujos tiene».

Algunos de los viejos muebles que vinieron aquí para ser reparados le desvelaron valiosos secretos a este hombre formado en la escuela de artes y oficios Pablo Picasso, donde estudió interiorismo. Ocurrió con una cómoda que le llevó Alfredo Malde y «al desmontar una de las guías de los cajones, por dentro vi que había algo. Encontré una sortija que tenía hasta diamantes…». Llamó al joyero y le contó el hallazgo: «¡No veas el alegrón que se llevó! Era una sortija de su abuela que había estado buscando por todos lados». Tras el descubrimiento «me pagó el doble de lo acordado porque parece que la sortija valía más de siete millones de pesetas».

Del primer coche a la mesilla

José López, que trabajó en El Corte Inglés, -«en Princesa, en Madrid, y luego aquí»-, va mostrando otras piezas como una gramola, un sofá de caoba, relojes de pie, una caja de caudales o un estereoscopio en el que se ve la foto de Antonio Durán Vilarnovo con el primer coche de A Coruña, una imagen publicada en La Voz de Galicia el 8 de marzo de 1898.

El caso de Malde no fue el único, ya que le llegó una mesita de noche que había estado durante un tiempo en un local comercial en Betanzos. En las tareas de restauración descubrió en uno de los cajones un doble fondo en el que había, perfectamente ordenados, «billetes de 100 pesetas; eran unos cuantos fajos, así que podían ser unas siete u ocho mil pesetas». Llamó a los dueños para decirles que ya tenían pago el arreglo de la mesilla y estos se quedaron tan sorprendidos como el artesano; le acabaron explicando que los billetes quizá estaban allí desde el inicio de la guerra civil, en 1936, cuando el abuelo de la familia los habría guardado. El hombre falleció, la mesilla tuvo otro uso en un ultramarinos y no desveló su valioso secreto hasta llegar al taller de José, que ahora, cada cierto tiempo, recibe una tarjeta postal desde Japón de un nieto del dueño de aquellos billetes escondidos que así mantiene vivo el agradecimiento.

López Parada, que también se dedica a las antigüedades, muestra la blanca madera de aiu que usa para hacer las teclas de los pianos o el marfil que sostiene unas batutas que hizo y que parecen flotar con su ligereza; fueron piezas entregadas en unos premios a las pymes gallegas. Evoca aquella Ciudad Vieja cuando «Eliseo hacía cucuruchos y como yo era un crío me traía las sobras; estaba Eloy Couto, el fontanero; el ultramarinos de Mosteiro, que vendía a los barcos; había una imprenta; el ceramista Creo…». En los primeros años de este taller «se vendían muchos sofás y tresillos, hechos con armazón de castaño para que duraran, porque había llegado la televisión y la gente quería sofás para sentarse a verla», evoca el último Geppetto de la Ciudad Vieja.

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