No busquéis a Rafael en su tumba

Un nicho recoge el 2010 como año de defunción de un coruñés. Pero solo fue su despedida de la vida occidental


Bergondo / La voz

Según reza una tumba del cementerio de Bergondo (A Coruña), Rafael Seoane murió en el 2010. Pero tres años después, él mismo envió un correo electrónico a su amigo Alfredo Erias, director del Museo das Mariñas de Betanzos. Conclusión: Rafael no está dentro del nicho cuya placa le da por muerto desde hace ya casi ocho años. Realmente se trata de la última excentricidad de un hombre que siempre evitó la vida convencional. Su última voluntad fue morir pero solo para Occidente, y eligió una fecha redonda: el 10 del 10 del 2010.

«Vino a mi casa a despedirse, dijo que ya dejaba la tumba puesta y que no nos volveríamos a ver nunca más», recuerda Pepe, uno de los mejores amigos de Rafael Seoane, con quien compartió miles de anécdotas.

La propia lápida da pista de su lugar de residencia (al menos de los últimos años): Kiritimati, una isla oceánica que descubrió en uno de sus múltiples viajes y que eligió para morir. «Lo más chocante de la cultura oceánica es que no poseen sentido de la intimidad, las casas no tienen paredes en los atolones y se hace una vida en común», explicó el propio Rafael Seoane a la periodista Rosa Domínguez en una entrevista publicada, por cierto, el 10 del 10 de 1993, 17 años exactos antes de su desaparición voluntaria.

Su nueva vida de muerto comenzó con un pequeño contratiempo. «Él quería llegar a aquella isla en barco, quería medir la distancia, calcular el tiempo que le separaba su nueva vida de la que dejaba atrás, lo intentó todo, pero ningún mercante aceptó llevarle, y al final se tuvo que ir en avión», recuerda su colega. 

El equipaje fue muy ligero. Al menos aquí dejó todo lo de gran valor, además de a sus seres queridos. Y lo hizo con un espíritu filantrópico. En un documento de dos folios puso por escrito que donaba buena parte de su ingente legado cultural al Museo das Mariñas de Betanzos, donde destacan varios torques y joyas de plata, marfil o bronce de tanto valor que el Ayuntamiento no dudó en habilitar una sala exclusivamente para todas estas piezas. Por supuesto, el recinto lleva el nombre de «Rafael Seoane». Precisamente con motivo de la construcción de esta sala recibió Alfredo Erias el último correo ya mencionado de Rafael en febrero del 2013, en el que le decía, entre otras frases «Me vuelvo a encomendar a ti, amigo». Alfredo le envió después más correos. «Pero xa non respondeu a ningún máis, non sei del dende aquela».

Bergondo, el ayuntamiento oriundo de la familia Seoane, no tuvo tanta fortuna en el reparto. En un edificio municipal se guardan más de 5.000 ejemplares de varias de sus obras, entre ellas una serie de crónicas viajando por Europa con el Deportivo de Arsenio, pero sin duda si alguno tiene un especial valor es el titulado Ama Llulla (en indio significa «No mientas»), una guía histórica y geográfica de América del Sur, fruto del viaje que realizó a mediados de los 80 en compañía del hoy profesor de la Universidade da Coruña Pablo Cancelo, en principio con el objetivo de estudiar la influencia de la cultura gallega en Sudamérica. La donación bergondesa incluye además una colección de láminas de escasa trascendencia. Aquel pequeño testamento concluye con las palabras: Te ma’ane ni Kiritimati (el hombre de Kiritimati) Tia Bo («Hasta siempre»). 

Vivió en Perbes (Miño), en una casa de Roibeira (Betanzos), Baiona, Caldebarcos (Carnota), en una aldea de As Pontes, tuvo un anticuario en la localidad portuguesa de Óbidos, y también pasó una temporada en Canarias. Con una persona así las anécdotas son infinitas. «Cuando preparaba uno de sus viajes a la selva americana, quería llevar una pistola pero sabía que no le dejarían -recuerda su amigo Pepe-; un día llego yo a su casa y lo descubro practicando con un látigo, como los de Indiana Jones, ¡y conseguía apagar una vela sin tirarla!». Seoane también hermanó la Betanzos de Bolivia con la ciudad gallega, estuvo a punto de perder la vida en el lago Titicaca, se movía en un Rolls azul, plantaba gladiolos en Miño, «y si le sugerías que en su horno cabría un cochinillo nos arrancaba de casa a buscar cochinillo para comer aunque fuera domingo; así lo hizo, era un personaje». 

Víctima de un incendio

Nacido en A Coruña en 1954, la vida de Seoane quedó marcada muy joven por un incendio que padeció en una fiesta en Vigo, donde sufrió graves quemaduras que no le impidieron vivir su alocada vida. «Usaba camisas con velcro, no se paraba ante nada», recuerda su amigo. ¿Está vivo Rafael? «Hay quien dice haberlo visto en Pontedeume hace tres años», comentan. «No sé si hoy está vivo, pero enterrado en Bergondo ya te digo que no».

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