Abdou y el milagro de Santo Domingo

A los 18 años llegó desnutrido a Betanzos tras pasar por un club canario donde solo comía una vez al día. Hoy triunfa en la liga EBA con sus 2,12


«Cuando nos llegó aquí, el chico pesaba 87 kilos, hubo que recuperarlo». Ningún joven que pese 87 kilos hace saltar las alarmas por desnutrición. Salvo que el rapaz mida 2,12 metros. José María Valeiro preside el club Santo Domingo de baloncesto de Betanzos y habla así de Abdou Thiam, un pívot senegalés que este verano cumplirá 20 años y tres sin ver a sus padres ni a sus 13 hermanos.

Tampoco es que él se queje. Su vida podría ser envidiada por los amigos que dejó en Dakar. Esta temporada se ha mudado de la casa del médico del club a la del presidente, donde también reside un jugador macedonio. No ha de preocuparse por la comida. El Santo Domingo le proporciona clases particulares de baloncesto para explotar su potencial, trabajo extra en un gimnasio betanceiro, y le amplía su vida social como monitor en las actividades extraescolares de los colegios. «Y le hemos apuntado a la Escuela Oficial de Idiomas para que aprenda español», añade Valeiro. De hecho, cuando llegó a Betanzos le inscribieron en un instituto pero la barrera idiomática resultó insalvable.

Todo esto es el final feliz de una historia bastante más dura que, ya se ha dicho, llevó a Abdou a desembarcar en tierras gallegas con un serio cuadro anémico. Vayamos por orden. En su Dakar natal se aliaron su gran altura y su vocación por el baloncesto. «No me gustaba estudiar, jugaba en las canastas todo el tiempo», relata Abdou, de quien llama la atención su parsimonia en los movimientos, más propia de un anciano que de un joven de 19 años (reza un proverbio senegalés: «Todos los blancos tienen un reloj, pero jamás tienen tiempo»).

Salir de casa vía Internet

Y en la época del 2.0, un amigo le sugirió dar el salto a Europa a través de Internet. Así que plantó la cámara y el trípode en una cancha abierta en una barriada a 30 kilómetros de Dakar, en la que se aprecian chozas y niños descalzos. En ese contexto, Abdou desarrolla una colección de suertes baloncestísticas, errores incluidos. El vídeo incluye datos personales y unas fotografías de sus brazos extendidos. En definitiva, se está vendiendo a sí mismo como deportista. Y YouTube funcionó. Le llegaron ofertas de Francia y Estados Unidos y, paralelamente, ya habían contactado con él desde otros países. «Me gustaba mucho una oferta de Alemania porque incluían a mi padre para vivir conmigo allí», recuerda Abdou.

Finalmente su marcha de Dakar fue a través de un reclutador canario que visitó la ciudad e incluyó a Abdou para un campus en Las Palmas. Y allí empezaría su etapa más oscura. Lejos de cuidar de él y de sus compañeros, rozaron el maltrato. «Los tenían recluidos en un piso del que solo salían para entrenar, apenas iban a clase, y solo les daban una comida al día», relata Antonio Díaz, médico del club Santo Domingo que obró el milagro de su recuperación física. En verano del 2016, cuando el equipo gallego buscaba un pívot, se topó con un vídeo de Abdou que les convenció y ya en el aeropuerto intuyeron todo el sufrimiento que escondía esa torre esquelética. «Estaba al límite de la desnutrición, tenía una anemia carencial, y su índice de masa corporal estaba por debajo de los valores mínimos recomendables», relata Díaz. En su primera temporada en Betanzos el joven senegalés vivió en casa del médico. Allí se adaptó a los horarios de las comidas, preparadas con mimo por Tamara, la mujer del doctor; aprendió a levantarse temprano; descubrió nuevos objetos como un radiador, y allí ocupó una cama «en posición diagonal». Y todo ello mientras aprendía español («llegó con solo tres palabras pese a pasarse un año en Canarias») y recuperaba poco a poco el peso necesario para su salud y para la vida deportiva en la que quiere medrar.

Hoy ya está en los 97 kilos y su rendimiento es más que notable para el equipo que milita en la liga EBA (promedia 13 puntos y 10 rebotes). Antonio, el médico, habla francés y ha conversado telefónicamente con la familia de Thiam en varias ocasiones. «Me repetían que lo poco que consiguiera en España sería muchísimo más que en su país», recuerda el galeno. Y lo ilustra con una anécdota tan divertida como dramática durante la convivencia del joven senegalés en Betanzos. «Al caerle a mi hija un diente la hablé del ratoncito Pérez, y pregunte a Abdou si en su país también iba el ratón Pérez -relata-; al principio me dijo que sí, pero no lo había entendido bien: realmente me estaba diciendo que en su casa todas las noches los ratones subían a su cama».

Así que el joven senegalés no tiene prisa por volver a casa porque aquí se siente afortunado. Concluida la entrevista sale a la calle y se queda relegado del grupo. Camina lento y con parsimonia como si el tiempo fuera suyo. Abdou no tiene reloj.

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