Un alumno de cuatro patas revoluciona las aulas de Atocha

Los docentes del colegio brigantino constatan una mayor atención de los niños gracias al perro «Curro»

Perro Curro en el colegio Atocha Perro Curro en el colegio Atocha

Betanzos / La Voz

En plena fiebre por la Patrulla canina, en el colegio de Atocha de Betanzos se ha colado un perro en las aulas. Se llama Curro, es un labrador de ocho meses y los docentes le acusan de haber provocado un cambio en el comportamiento de los niños. Un cambio para bien. «Los ves más concentrados, les estimula leer cuentos, otros le han perdido el miedo a los perros..., han sido muchas ventajas», relata la profesora María Barros, quien ejemplifica las bonanzas experimentadas por la presencia de Curro con el caso de una alumna muy especial, que se abraza y retuerce el pelo del labrador como si fuera chicle sin una sola queja del animal. «Ella tiene autismo y los padres nos han asegurado que está mucho más contenta desde que el perro viene por clase». Quizá este argumento baste para dar por buena la presencia del can en las aulas.

 Es el último día del curso y cuesta no llevarse las manos a los oídos en esta clase con tanto grito. La llegada de Curro los ha agitado -también la presencia del fotógrafo-, pero con el paso de los minutos los niños se van calmando en torno al perro, echado en el suelo. Como si le quisieran imitar, una decena de alumnos de 5 y 6 años se tumban a su lado y se quedan quietos, solo le miran y le acarician.

«Perros como Curro tienen la capacidad de transmitir señales de apaciguamiento -explica el adiestrador canino Octavio Villazala, quien también ha preparado a este labrador-; los niños copian su comportamiento, sus bostezos, sus gestos de no mirar a la cara, sus posturas de descanso... y ello es muy beneficioso para niños con diversidad funcional».

 ¿Cómo llegó Curro a «matricularse» en Atocha? En diciembre del año pasado, las profesoras María Barros y Beatriz Casanova desarrollaban un proyecto sobre emociones y les surgió la opción de incorporar a este cachorro, entonces de cinco kilos. «Los más pequeños dejaron de llorar al quedarse en el colegio cuando sabían que verían al perro, y los de educación primaria se acostumbraron a trabajar en su compañía». Lo dice Carmen González, dueña del animal y veterinaria de profesión, y a quien Octavio Villazala atribuye un papel muy importante en la implicación de Curro con los niños de este colegio de Betanzos.

 «Queremos que los alumnos descubran que los animales también tienen sentimientos, y al verlos en Curro también pasan a ser conscientes ellos mismos de sus propios sentimientos, cuando están tristes, alegres...», relata María Barros, para quien el final del curso no supondrá el punto y final de la presencia de este paciente perro labrador en las aulas. En Atocha están animados a seguir e incluso a incorporar a un caniche, también propiedad de Carmen, para mejorar el desarrollo emocional de los niños.

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