«Es una novela escrita en blanco y negro»

Arturo Pérez-Reverte habla hoy en el Ágora de «Falcó», el libro que tiene a Almirante, de Betanzos, como uno de sus protagonistas

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Se llama Almirante y es de Betanzos. Es uno de los protagonistas de la última novela de Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, 1951). El escritor presenta el libro hoy, a las 19.00 horas en el Ágora, en un acto organizado por el Centro de Formación e Recursos que coordina Javier Pintor. El académico decía ayer: «Estoy muy contento, porque a la gente le gusta mucho este personaje. Tengo muchos amigos que me han dicho que es de verdad un gallego de Betanzos, se le reconoce». Y lo reafirman algunas expresiones: «No, carallo. No puedes fumar», advierte Almirante a Lorenzo Falcó. No es el único guiño, ya que cuando, por la guerra, en una taberna no hay vodka es sustituto por orujo gallego.

-¿Cómo va la presentación en sociedad de su amigo Falcó?

-No me puedo quejar. Le va bien. Están ahora con la segunda edición. Eso significan unos 215.000 ejemplares en el mercado, así que estoy contento. Ha sido bien acogido.

-¿Le dio mucho trabajo?

-Toda novela es trabajo. Además yo no soy un escritor, soy un artista, soy artesano, soy un tipo que hace novelas. Me levanto cada mañana y le echo mis ocho horas, o siete. Y va uno sumando días y páginas. Cuando no puedo más me voy a navegar, vuelvo y sigo. La parte de inspiración, de arte, es mínima, el resto es de horas.

-¿En qué momento ve nacer a Lorenzo Falcó?

-Una novela nunca nace sola. Es una acumulación de cosas. Tengo 65 años, una cierta biografía a mis espaldas, las películas que he visto. Todo eso se va acumulando y un día toma forma por una idea, una palabra, una frase, un algo. Estaba viendo una película de los años 30 y alguien dijo de un personaje: «Es un caballero, pero no es un caballero». Lo decía Gloria Swanson a Melvyn Douglas y la película se llama Esta noche o nunca. Esa frase desencadenó el mundo que todo novelista serio lleva consigo. La historia tomó cuerpo en torno a eso.

-Usted a Falcó le llama de todo: cruel, asesino, torturador, pero es un tipo refinado, ¿no?

-Ese era el desafío. Yo quería contar una historia de espías pero de verdad, del mundo auténtico, no de ficción. Una historia donde la vida real, la tortura, la muerte, la violencia, como en la vida real, se manifestaran con absoluta normalidad. La gente que hace el mal, que es violenta, que mata no dice: «qué malo soy»; «qué remordimiento tengo». Yo los he visto, no me lo han contado. Yo quería dotar a mi personaje del realismo de esa vida. Para que el lector aceptase un tipo como él, amoral, tramposo, mujeriego, que no respeta el no de una mujer, tenía que dotarlo de otras cualidades que lo hicieran atractivo y por eso es elegante, simpático, inteligente, tiene réplicas brillantes. Y después trabajé con los diálogos, con la historia, que, como toda novela de espías, es canónica.

-¿Algo que ver con Le Carré, Fleming o Frederick Forsyth?

-No, no. Ha pesado mucho más la literatura de los años 30, las primeras novelas de Graham Greene, el cine de Hitchcock o el de los años 30. Es una novela que está escrita en blanco y negro. Entonces tenía que utilizar fuentes del blanco y negro para que el lector lo viera así.

-En «Nada y así sea» Oriana Fallaci visita a un asesino.

-Conozco bien ese libro. Lo leí con 15 años y es uno de los libros por los cuales me hice reportero. Es uno de los que más influyeron en mi vida.

-Fallaci habla con el general Loan, un abismo de maldad con flores en su despacho, que evoca a personajes de su novela...

-Somos una sociedad tan estúpida, la occidental, que creemos que el bien y el mal están definidos claramente y que todo el mundo lleva una etiqueta en la cabeza: el bueno, el malo. La vida no es así. Cuando uno es abogado criminalista, o médico en urgencias, o bombero, o policía está cerca de la vida real. Entonces lo de las etiquetas se diluye. Yo quería jugar con el factor humano del personaje, un tipo capaz de torturar y de matar también puede hacer cosas nobles y heroicas. De hecho los he visto actuar: a la misma gente hacer atrocidades y hacer cosas hermosas.

-¿Tiene mensaje su novela?

-No quiero debatir, ni aclarar, ni educar, ni ser didáctico. Yo cuento una historia y el lector que saque sus conclusiones. El novelista no tiene obligación moral de nada. Por eso me parece importante recuperar el relato objetivo de una novela y luego los malos y buenos los pone el lector. El novelista no tiene por qué etiquetar a sus personajes. Esto es el eje de la cuestión, esto es la médula de la novela y de la vida, de todo.

-La mítica frase de José Tojeiro «Me echaron droja en el Cola Cao» se la dijo a usted...

-[Risas]. Eso fue glorioso. La verdad es que Código 1 (programa de TVE) duró un mes. Me dije esto es basura y me fui otra vez a la guerra. Pero ese mes me lo pasé muy bien.

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