Todos tenemos una aldea


Los coruñeses nos vinimos a vivir a la ciudad porque, con el paso de los siglos, nos volvimos inútiles para trabajar la tierra o pescar, y tuvimos que arrimarnos a la industria, al comercio y a otros oficios de sudar menos y ganar más. Ley de vida, dicen los mayores. Pero en el fondo lo que nos pide nuestro ácido desoxirribonucleico ancestral es tener medio ferrado en las afueras para plantar unos tomates que sepan a sol, a humus, y no a agua, a aire, a nada, como los del hipermercado.

Debe de ser un atavismo que llevamos atornillado muy dentro del alma porque ayer mismo, día del patrón, de Galicia, da patria, da matria, como se llame, todos nos fuimos a la aldea a celebrarlo. Porque todo coruñés que se precie, que lo sea de verdad y hasta el tuétano, tiene un par de metros cuadrados en la aldea, un fin de semana, un chabolo, un caseto, lo que sea, para huir del asfalto y hacer unas sardinas a la brasa o tomarse un gintonic a la sombra de la higuera.

Ahora, los horteras y pijos de invernadero, llega el viernes al mediodía y no dicen que se van a la aldea, sino que se van a la finca, como si ese medio ferrado de más o ese fin de semana venido arriba, hasta parecer un chalé, fuese razón suficiente para renegar de la aldea, de la fiesta del pueblo con pulpeira y dúo de gaita y tamboril en el campo da festa.

En A Coruña hay que tener la aldea a mano. Lo ideal es elegirla por Cambre, Bergondo o Betanzos, como muy lejos en Vilarmaior, Aranga o Teixeiro. Lo que pasa es que unas veces uno puede elegir la aldea y otras veces la aldea ya viene de fábrica con la familia (la propia o la política). Pero lo suyo es poner la aldea cerca de la autopista o autovía, porque el urbanita, después de desfogarse en la tasca del pueblo deglutiendo tapas de riñones, tripas y callos a tumba abierta, tiene que volver a su cemento, a sus semáforos y al runrún del mar meciendo la noche.

El pollo pera de asfalto y aire acondicionado desembarca en la aldea, con sus bermudas del Ganso y las llaves del Audi asomando por fuera del bolsillo, y cree que va a las colonias, a evangelizar a los lugareños con sus conocimientos capitalinos sobre gintonics. Pero luego lo llevan a un bareto perdido de la Feira do Tres, en medio de la nada, y resulta que cuando el pijolas pide su gin, el jefe le planta delante la carta de ginebras exóticas y tónicas más larga que ha visto en su vida.

El pijo necesita mucha aldea para civilizarse, pero el que necesita una aldea como la cabra un desfiladero es el niño. Porque en la aldea el cativo se cría a monte, suelto, y aprende las cosas importantes de la existencia: a caer de la bici y romperse las rodillas como Dios manda y a soplar la bola peluda del diente de león. La vida.

Por Luís Pousa Coruñesas

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