El gran pedagogo pasaba los veranos en la finca que la familia de su colega Manuel Bartolomé Cossío poseía en la parroquia de San Fiz de Bergondo
10 nov 2025 . Actualizado a las 05:00 h.La razón de este artículo tiene que ver con la reciente publicación, en exquisita edición de la Residencia de Estudiantes, del libro de Irene Claremont (1894-1967) Me casé con un extraño, en la traducción de Jacinta Castillejo, y que ya había visto la luz en español hace treinta años bajo el marbete de Respaldada por el viento. El original inglés —I Married a Stranger: Life with One of Spain’s Enigmatic Men— data de 1967 y es el relato de la vida de Claremont junto a su esposo, José Castillejo (1877-1945), personalidad clave en el itinerario de la Institución Libre de Enseñanza durante el pasado siglo.
El libro es fascinante en varios aspectos. Quiero glosar uno que permite recordar la vinculación de don Francisco Giner de los Ríos (1839-1915) con Galicia, que conocemos con notable pormenor gracias a los rigurosos estudios de Ángel Serafín Porto Ucha y Eugenio Manuel Otero Urtaza.
El relato de Me casé con un extraño se inicia en 1911, cuando José Castillejo lleva a Natalia Cossío (1894-1979) a Inglaterra, para estudiar en The King Alfred School y ella se aloja en casa de la familia de Irene. Natalia era hija de Manuel Bartolomé Cossío (1857-1935) y de Carmen López-Cortón Viqueira (1866-1939), hija a su vez de un indiano adinerado y culto, José Pascual López-Cortón, propietario de la quinta de San Victorio, en la parroquia de San Fiz de Bergondo.
Al año siguiente, 1912, Irene y su hermana pasan el verano en San Victorio, invitadas por el señor Cossío y su hija Natalia. Las impresiones de Irene durante la estancia apuntan tres objetivos: Natalia, Cossío y don Francisco Giner, a los que hay que sumar la que le produce la amable casa gallega, cuyo papel en la cultura española no ha sido suficientemente reivindicado. En cambio, esta observadora inglesa confiesa tras esa estancia: «España se apoderó de mí para siempre». Natalia, futura esposa (1917) de Alberto Jiménez Fraud (1883-1964) —director de la Residencia de Estudiantes— nació y murió en A Coruña. Su figura tiene una dimensión cultural todavía no estudiada con detalle, si bien como contrapartida contamos con un magistral artículo del mejor poeta español de la segunda mitad del siglo XX, José Ángel Valente (1929-2000), Tres retratos y un paisaje (1967), reunido en Las palabras de la tribu (1971) y con un texto inédito hasta su publicación en sus Obras completas, escrito en los días posteriores al fallecimiento de Natalia, del que subrayo estas luminosas palabras: «Usted, doña Natalia, vivió joven, en suma, en medio de un naufragio y entre muchos difuntos viandantes, que en ocasiones como esta de su muerte callan o sacan una voz aflautada de improbable o hipotética nostalgia. Usted, bien lo sabíamos, fue siempre amiga de decir la verdad, aunque pudiera a veces ser inconveniente. Más vale la verdad que el vano llanto». Palabras, que siguiendo al pie de la letra al poeta ourensano, debemos completar con el endecasílabo que cierra el soneto que Juan Ramón Jiménez dedicó a Natalia y Alberto en abril de 1914: «Sin más pasión ni rumbo que la aurora». En efecto, Natalia fue siempre emprendedora, feminista y abierta a todos los vientos del espíritu.
Giner, acompañado de Cossío, realizó su primer viaje a Galicia en septiembre de 1883, llegando desde la provincia de León, enamorándose de los castaños junto al río Lor, de la mencía de la Ribeira Sacra, admirando la catedral de Lugo (años después la describió magistralmente) y visitando a Emilia Pardo Bazán en las Torres de Meirás el día 13 de ese mismo mes. Fue el pórtico de las estancias de Giner, todos los veranos, desde 1890 (tomo el dato de la conferencia de Natalia, Mi mundo desde dentro) hasta 1913 (hay alguna excepción) en la Quinta de San Victorio.
Irene Claremont al mencionar a los habitantes de la casa gallega a la que llegó en 1912 observa aquel amplio grupo humano y, «en la cúspide de esa pirámide familiar, la figura de don Francisco Giner de los Ríos». Y añade enseguida: «Todos le llamaban abuelo, a pesar de no tener parentesco con ningún miembro de la familia». El retrato que dibuja de Giner —«mi admiración por don Francisco no tenía límites»— es perfecto: «Era un hombre bajito, calvo, de barba blanca, tez morena y facciones morunas; los ojos y la sonrisa, inolvidables». Giner leía, escribía y paseaba gustando del paisaje y del paisanaje de la comarca, vistiendo siempre «una impecable camisa blanca».
La carretera por construir de doña Emilia Pardo Bazán
Quizás la relación más importante que Giner de los Ríos mantuvo con la cultura gallega fue la de Emilia Pardo Bazán. No trato, por imposible, de detallarla, sino de referenciar lo reticente que fue don Francisco a visitar Meirás (lo hizo a mediados de agosto de 1896), mientras doña Emilia insistía en la invitación verano tras verano: «Estamos tan cerca, y por unas cosas o por otras, como si nos separara el Atlántico», le escribe en septiembre de 1909. Incluso con el desparpajo habitual de la coruñesa universal les reprobaba a Cossío y a Giner, a propósito de la posible construcción de una carretera hacia la quinta de San Victorio, su puritanismo al no solicitarla (13-08-1907): «En fin, ustedes son como son, y son mejores que los demás… ¡pero son muy cargantes en esto!». La quinta es una armónica construcción centrada por un torreón que corresponde al hueco de la escalera, que facilita el acceso a dos galerías acristaladas, la de la fachada y la del jardín, imagen perfecta de la arquitectura gallega. La que fue la casa gallega de Giner de los Ríos, tal y como subrayaba la necrológica publicada por La Voz de Galicia (19-02-1915), siguió siendo después una casa abierta a la cultura. El 22 de septiembre de 1917, Cossío remitió a Juan Ramón Jiménez y Zenobia Camprubí una postal que es una fotografía de la huerta y de la casa: «Ahí va un rincón de esta tierra y en el fondo esta querida casa, que es de ustedes».
Adolfo Sotelo Vázquez es catedrático de Literatura de la Universidad de Barcelona.