Groufos y groufas en Arteixo

Un recorrido por el presente y el pasado del polígono de Sabón

Polígono industrial de Sabón (Arteixo)
Polígono industrial de Sabón (Arteixo)

A Coruña / La Voz

Cuando, hace ya tantos años, mi padre contó en casa que se iban a llevar Leyma de Lavedra -nadie la llamaba entonces Alfonso Molina- para plantarla en Sabón, a mí me sonó a que lo mandaban al destierro. Aquellos trece kilómetros de distancia teletransportaban la fábrica a un universo paralelo al que ya no se iba en bus, sino en transbordador espacial.

Con el tiempo, seguí la tradición familiar y también acabé trabajando en el polígono. Ocurrió mucho antes de que Sabón tuviese un prestigio de modernidad. Ahora sueltas que curras en Sabón y enseguida te miran con arrobo y ojos golosos:

-¿En Inditex?

-En la puerta de al lado.

-Vaya.

-Nada, hombre.

Ahora Sabón suena a gran multinacional, pero entonces, amigos, admitías que fichabas en el polígono con el mismo sigilo que si estuvieses confesando que lo tuyo era un tercer grado en el penal de Teixeiro. Lo más estético del parque industrial eran la chimenea de Fenosa y los peces mutantes del embalse.

Sabón ha crecido tanto que ya no cabe en Sabón y se desparrama por las laderas de Morás, engullendo todo lo que encuentra a su paso. Hasta le han puesto una glorieta elevada y un puerto exterior, donde las olas hacen piruetas a 17 metros de altura.

Además de las sardinas del Quinito y el paseo de espaldas a la térmica, lo que más me gusta de Sabón es que basta con cruzar la carretera para que, como aquel esclavo que los generales romanos llevaban de serie en su carro, Arteixo te susurre al oído:

-Recuerda que eres mortal.

Porque, cuando uno sale de la nube de diseño y tecnología punta del polígono, se da de bruces con el Rozas, empanadas desde 1960, y con una cabina de teléfonos que resiste en la esquina al WhatsApp y a esas otras vidas imaginarias que llevamos en el bolsillo. Si el caminante se empeña en subir un poco más allá del Rozas, como tirando hacia Uxes, llegará a la travesía da Groufa (de groufo, «pedra erosionada de gran tamaño»). Aunque no quedan groufos ni groufas a la vista, sí hay una leira donde un rebaño de obstinadas cabras del país dejan la hierba a ras con paciencia ancestral. Y, en lo alto del camino, está O que Faltaba, un bar donde no hay foodies, ni healthies, ni brunches veganos, y donde los influencers juegan a las cartas con tapete verde reglamentario y con boli Bic cristal (escribe normal) para llevar los tantos de la partida.

Por eso, cuando noto que se me sube a la cabeza el espíritu innovador del polígono, salgo a tomar el aire y me doy un paseo por A Groufa, saludo con una reverencia a mis amigas las cabras y aterrizo en la realidad 5.0 de O Que Faltaba, donde dice Alberto Mahía que ponen los mejores callos de Galicia, o sea, del mundo.

Por Luís Pousa Coruñesas

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