«Una mujer puede ser lo que quiera»

HEROÍNAS ANÓNIMAS Una pionera que rompe barreras, dos luchadoras que cuidan en silencio y otras dos que enfrentan cada día la dureza del campo nos cuentan sus historias, en las que ser mujer es sinónimo de fuerza. Ellas lo valen

Marta Brañas: «Fui la primera boxeadora profesional de Galicia, y ahora mi objetivo es acabar Enfermería y opositar para salir teniente»

Marta tiene 33 años y solo le quedan las prácticas y el trabajo de Fin de Grado para terminar Enfermería. Además, desde el 2008 es militar en el Ejército de Tierra, concretamente en el cuerpo de infantería ligera del Cuartel General de la Fuerza Logística Operativa en A Coruña. Pero si por algo resulta conocida en el círculo deportivo es por ser la Potrilla de Arteixo, la primera boxeadora profesional de Galicia. Su próximo reto, dice, es terminar sus estudios universitarios para hacer la oposición y entrar en la academia de oficiales. Teniendo en cuenta que suele conseguir lo que se propone, parece que muy pronto tendremos que cuadrarnos ante la teniente Brañas. A ella le va la marcha. «La verdad es que desde pequeñita siempre fui una niña muy activa y me gustaron mucho las actividades físicas», dice risueña. Marta encarna a esa mujer que lleva en su ADN el desafío.

Inició su carrera en el boxeo, del que ya está retirada, a los 17 años: «A mí siempre me llamaron los deportes, y las artes marciales me gustaban todas. Ya era cinturón negro primer dan de kung fu y estuve dando clases a niños y adultos. Pero me cansé un poquillo. Quise probar otras cosas, y como aquí en Arteixo había otro gimnasio de kick boxing, me apunté y se me dio bien». Tan bien que no tardaron en ofrecerle la posibilidad de competir. «Soy bastante competitiva, así que no lo dudé ni un momento y dije que sí. Todo fue surgiendo poco a poco, sin buscar nada», asegura. Nadie se sorprendió en su casa, ni sus padres ni su hermano mayor -«es que ya me conocen. Mis dibujos favoritos eran Dragon Ball y Oliver y Benji, y siempre jugaba a las luchas con mi hermano»-, pero reconoce que aunque cuando empezó a entrenar no le pusieron problemas, la cosa cambió cuando les planteó la competición: «Eso ya no les gustó mucho, por el miedo a que pasase algo o a que pudiese llevar un mal golpe, aunque siempre me apoyaron y me han ido a ver cuando he peleado en A Coruña». Lo que seguro que no se imaginaban cuando empezó es que sería la primera boxeadora profesional gallega. «Y a nivel nacional también fui la primera en hacer el primer Campeonato de España femenino y la primera campeona de España profesional», señala.

Confiesa que está un poco harta de que le digan que no parece boxeadora: «¿Por qué no parezco boxeadora? ¿Cómo tengo que ser? ¿Más masculina? Ahí entramos en los estereotipos de cómo debería ser una mujer». Acostumbrada a romper barreras, asegura que no es igual en todos los sectores. «A nivel militar, está normalizado completamente. Yo no he visto nunca ni he sufrido ningún trato discriminatorio por ser mujer. Podemos optar a las mismas plazas, tenemos las mismas oportunidades, cobramos lo mismo y el trato es igual para todos. Sí es cierto que hay muchos más hombres, pero cada vez van creciendo más las cifras de mujeres y no hay un número limitado de plazas por sexo, no hay discriminación en ese sentido», apunta esta futura teniente que como boxeadora sí peleó contra el machismo.

LUCHÓ POR LA IGUALDAD

«El boxeo fue de los primeros deportes en ser olímpicos, en cambio fue el último en tener representación femenina en unas olimpiadas, y no va con todos los pesos. Además, yo, cuando empecé, entré en la primera selección femenina, que antes no existía. Los chicos fueron al centro de alto rendimiento Joaquín Blume, y a nosotras nos mandaron para Murcia a uno de tecnificación en el que no había ni pistas de atletismo ni nada». Allí les entregaron el material que los hombres habían desechado. «Yo me lesioné una mano, porque los sacos eran durísimos, era material viejo que ya no querían. La beca también era inferior, y nosotras protestamos y conseguimos que nos llevaran con los chicos y que cobrásemos lo mismo», cuenta esta luchadora que a día de hoy le roba horas al sueño y a su vida social para compaginar el cuartel con los libros. De la enfermería le apasiona el poder ayudar a alguien en los momentos difíciles, y del Ejército lleva marcados a fuego cuatro valores: lealtad, disciplina, respeto y honor; a los que añade otros tres: ilusión, constancia y sacrificio. Esas son las palabras que lleva grabadas en su pantalón de boxeo y que le acompañan en la vida: «Con esas tres cosas puedes conseguirlo todo. Yo siempre digo que una mujer puede ser lo que quiera». Ella es la prueba de que sí.

Mónica: «Yo a mi hija no la cambiaría ni por 50 sanas»

Mónica no se siente una heroína ni nadie especial, «solo soy una madre», dice. «Una madre con dos hijos maravillosos, Anxo, de 19 años, y Laura, de 18, que hacen que me levante cada día con una sonrisa». Pero la vida de Mónica no es como la de muchas otras madres, como las de muchas otras mujeres. Ella no tiene vacaciones, no tiene un día libre, no tiene un respiro para sí misma y ni siquiera por las noches tiene descanso. «Ya me he acostumbrado a no pegar ojo -confiesa-, a veces caigo rendida a las diez en el sofá con Laura y a las tres de la mañana ya estoy dando vueltas, a las 6 me meto en la ducha, les doy el desayuno, visto a mi hija, me la vienen a recoger a casa a las 9 para llevarla al cole y a las 9.30 salgo con todas las tareas hechas».

Mónica es una madre entregada al cuidado de Laura, que nació con el síndrome de Smith Lemli Opitz, justo al año de haber nacido su hermano Anxo, al que diagnosticaron posteriormente un déficit de atención. «Yo la infancia de mi hijo me la perdí por completo -relata Mónica-, en ese momento tuve que dejarlo con mis padres, porque lo de Laura fue horroroso, de hospital en hospital, de Ferrol a Santiago...; la niña tenía una sonda en la barriga para comer, le supuraba, se le infectaba, me la volvían a meter en el quirófano... Los primeros tres años de vida fueron desastrosos, mi marido y yo nos sentíamos culpables por no estar con Anxo, y yo solo pensaba: ‘Dios, que pase el tiempo para saber cómo va a ser el día de mañana’. Ahora digo: ‘Dios, para qué pasó tan rápido’».

Mónica se emociona al recordar ese duro pasado y todo el sufrimiento para sacar a sus hijos adelante. «Laura es una niña que neurológicamente entiende, tiene un retraso, pero es muy inteligente y si le digo que haga algo lo hace. Pero hay días muy complicados porque se autolesiona, se pega o se da cabezazos contra la pared hasta hacerse sangre, es muy absorbente y no me deja hablar con nadie. Incluso tengo que advertirle a mi madre de que no venga a vernos algunas veces -añade-, porque cuando está mal, solo me quiere para ella. Pero mientras mi hija esté bien, a mí no me importa no salir, encerrarme el fin de semana para que no se autolesione, porque cuando está bien, es la niña más tierna y más dulce que pueda existir. Yo no la cambiaría por 50 sanas».

«DESEO UNA VIDA NORMAL»

A Mónica se le cae la baba hablando de sus hijos, aunque se derrumba cuando piensa que no les puede dar todo lo que se merecen. «A mí me gustaría salir a comer con ellos, dar un paseo, tener una vida normal, llevármelos de vacaciones a un sitio de esos con todo incluido, pero no puedo, a veces me siento como Don Quijote peleando contra los molinos, pero mis hijos son mi prioridad siempre y por ellos soy capaz de cualquier cosa», apunta.

Laura ahora está escolarizada en Aspanaes, pero durante un tiempo Mónica tuvo que pelear mucho para integrarla: «Te encuentras con profesionales como la copa de un pino, impecables, pero también hay profesores que era mejor que estuvieran en su casa. En una ocasión en el cole le prohibieron a mi hija ir de excursión porque sí, y tuve que rebelarme: si yo pagaba como todos los demás padres, me la estaban discriminando, eso es muy, muy duro».

Cuando las cosas se ponían cuesta arriba, Mónica contaba con el apoyo de Ramón, su marido, al que todos conocían como Chacho. «Era el mejor hombre del mundo», sentencia antes de romper a llorar. «En esos momentos de debilidad en que yo pensaba que era mejor que Dios me llevara a mi hija, él siempre me decía: ‘Parrochiña, todo va a salir bien’, él jamás se rendía, solo temía que le faltáramos nosotros y al final me faltó él a mí, ¡qué incongruencia!». Porque Mónica tuvo que enfrentarse a un tsunami hace algo más de tres años cuando su marido falleció de repente en casa. «Yo oí que roncaba raro, lo desperté, él se levantó al baño y ya no volvió en sí, fue una muerte súbita [rompe de nuevo a llorar] y me he quedado con esa culpa de quien no sabe si hizo todo lo posible. En esa situación de shock en que intenté hacerle el masaje, el boca a boca, Laura se despertó y eso a la niña se le ha quedado grabado. Hace poco llegó una ambulancia al portal y empezó a llamar por su padre», cuenta emocionada.

SIGO ENAMORADA DE ÉL

Mónica, con solo 47 años, está viuda, tira a diario con sus dos hijos, pero no pierde el ánimo: «No te queda otra, a mí lo que me salva es el carácter, soy muy habladora, muy payasa e intento no transmitirle la pena a mis hijos». «Cuando no puedo más me encierro en la habitación a llorar y es Anxo el que me ayuda mucho. Es el único hombre de mi vida, es igual que su padre, pero más tranquilo; Anxo es mi ángel, quien cuando me ve que no puedo más, me dice: ‘Mamá, descansa, a papá no le gustaría verte así’.

«Yo sigo enamorada de mi marido, ¿sabes? No sé lo que me depara el futruo, pero por ahora en mi corazón solo caben mis hijos y el amor a Chacho». ¿Qué es la felicidad para ti?, le pregunto. «Ay, yo creo que fui feliz cuando me casé y los tuve a ellos; si pudiera volver atrás, Dios, sería la mujer más feliz de la Tierra teniéndolo a él, a mi marido, ahora solo pienso en sacar adelante a Anxo y a Laura, pienso en qué será de ella sin mí».

«Creo que el otro día Bertín Osborne expresó eso mismo -avanza Mónica-, pero la suerte de su hijo es que ha nacido en una familia con dinero, a ese niño no le faltará nada y ha tenido los mejores médicos y los mejores terapeutas, de ahí al caso de mi hija y de otros niños hay un abismo».

Como Mónica no pierde la sonrisa relata la última vez que disfrutó como una enana. «Parecerá una tontería, pero desde el colegio donde está mi hija me dieron la posibilidad de dejarla el fin de semana a dormir y poder ver a mi hijo jugar en el equipo Genuine del Dépor, que para él es lo más maravilloso que le ha pasado, que lo escogieran para jugar ahí. Verme allí animando a Anxo en Abegondo me dio la vida, grité, me desmelené, porque el pobre es el único que no tiene a su madre habitualmente cuando tienen partido, porque yo no me puedo dividir más», apunta esta ferrolana, que ahora está volcada en que Anxo se saque el carné de conducir: «Va a clases particulares porque le cuesta un poco más y quiere estudiar técnico de Farmacia».

«Me he encontrado con muchas, muchas trabas, pero sé que lo conseguirá, va más lento, pero Anxo no tiene discapacidad intelectual, es solo un déficit de atención, es más lento, pero llegará, se lo merece y yo estaré ahí para apoyarlo», cuenta con una sonrisa de lado a lado, justo cuando me anuncia que ha cumplido el sueño de su marido. «He comprado una casita, la he restaurado y allí Laura puede estar al aire libre, así pasamos los fines de semana, a la casa le he puesto de nombre ‘El sueño de Chacho’, porque mi hijo lo quiso así. Esa es mi felicidad ahora, sacar a mis hijos adelante en ese pequeño rincón de mi pequeño mundo. Mónica es una madre coraje y una heroína. Mujeres como ella merecen todo nuestro homenaje.

Laura Vallejo: «¿El mejor plan de domingo? La motosierra en la mano»

Para Laura Vallejo dejar de intentarlo no es una opción. Originaria de Meira, Lugo, ella es una de las pocas -si no la única- operadora forestal de Galicia. Sí, operadora forestal, como repite cuando le preguntan qué hace una mujer maniobrando una procesadora o una autocargadora, «como si fuera una cosa de otro mundo». Para ella, el mejor plan de domingo es con una motosierra en la mano, y confiesa que le apasiona ser capaz de conducir una de estas enormes máquinas forestales.

Su afán por maniobrarlas comenzó hace dos años. La primera procesadora a la que subió, recuerda, fue una Timberjack 1470. El armatoste verde metálico, con seis ruedas tamaño tractor, imponía respeto; y ella, estaba asustada. Pero con la práctica, ese miedo por lo desconocido se fue convirtiendo en satisfacción. «Verme capaz de poder arreglarla o de trabajar con una máquina tan grande es… Te acabas enamorando», dice.

«NO ME DIGAS QUE NO PUEDO»

Aunque ahora la reconocen y es un referente para las mujeres que quieren ingresar en el sector, el proceso para hacerse un hueco no ha sido fácil. A los días de trabajo entre el barro, con frío o bajo la lluvia, a cientos de kilómetros de casa, se suma la negativa de su familia a que, siendo mujer y joven, se dedicara a un trabajo que se percibe como peligroso y duro. Ese cuestionamiento, que vive también en los pueblos que visita, es para Laura la parte más difícil de ser operaria forestal. «Si miro atrás debo decir que no ha sido fácil llegar hasta aquí, luchar contra la ideología de esta sociedad es duro. ¡No me digas que no puedo hacerlo!», publicó en su cuenta de Instagram el pasado noviembre junto a una foto con su motosierra. Para ella tirar la toalla no es una opción, y alienta a las demás mujeres a que «sean lo que quieran ser»; a hacer oídos sordos; a luchar. «Me tengo que demostrar a mí misma que voy a ser capaz. No puedo dejar que esos pequeños bajones me dejen tirar todo lo que he hecho poco a poco, ¿sabes?», dice convencida de que, como en todo, en su profesión el género no importa en absoluto.

Berta Sanguiao: «Son do rural e gústame a aldea»

Berta Sanguiao es de las que no se rinden fácilmente, aunque a veces la vida le haya dado motivos para ello. Con una infancia difícil, la lucha y las ganas de superación siempre han sido su bandera: «Fun filla de solteira, criada cun pai que non era o meu e que non se portou ben comigo», asegura sin entrar en detalles, porque el golpe más duro lo recibió años más tarde, cuando estaba embarazada de cuatro meses de su segundo hijo: «Tiven un cancro de tiroides e sufrín un aborto», unas circunstancias de las que ella no fue consciente plenamente: «Dende os 25 aos 30 anos eu vivín nunha nube, ocultáronme o que tiña. Eran outros tempos tamén. E sóubeno da peor maneira. Foi nunha revisión, cando o meu médico estaba de vacacións e había outro no seu lugar», aclara Berta.

Pero el destino también quiso darle una nueva alegría. A los 34 años y «sen contar», se volvió a quedar embarazada y tuvo a su segunda hija. Pero todo lo vivido anteriormente le acabó pasando factura: «Hai cinco anos derrubeime de todo. Eu non tiña ganas de saír e iso creoume conflitos co meu marido. O matrimonio fallou» reconoce esta mujer, que explica que desde hace dos años y medio ya ha recuperado la fortaleza personal.

En el terreno profesional tampoco lo tuvo fácil. La costura fue su principal trabajo hasta que comenzó a conducir autobuses: «Levaba o transporte escolar, pero tamén facía circuítos por España e Portugal. É un traballo moi difícil de levar, porque ás veces cos homes tiñas que ser unha pedra de cantería, moi fría, se non apoderábanse de ti. Recordo unha viaxe a Logroño con 40 homes, onde parecía que tiñan dereito a todo. En cambio, houbo outras viaxes que todo ía ben», dice. Pero estas circunstancias, lejos de amilanarla, la hacían más fuerte. Tuvo que darle un ictus al volante para dejar el trabajo. Al cabo de un tiempo entró a formar parte del equipo de un cátering: «Son unha persoa sociable e gústame traballar de cara ao público», asegura esta mujer, que sufrió el año pasado un accidente laboral al quemarse con aceite caliente. Una situación de la que todavía no se ha recuperado: «Por moi mal que quede, non é un cáncer. Hai que ser forte e tirar para adiante. Isto non vai ser motivo para que me derrube», asegura esta mujer que lidera la Asociación de Mulleres Rurais de Santiso (Amurusa): «Naceume de dentro montar a asociación porque a muller do rural tamén necesita facer un pouco a súa vida. Estou moi orgullosa porque sacamos adiante temas moi complicados relacionados coa violencia de xénero», dice Berta, a la que le encanta vivir en el campo: «Eu son do rural e gústame a aldea», concluye. 

Mari Carmen Teijeiro: «Tanto mi hijo como mi marido dependen de mí»

Para Mari Carmen (Ferrol, 1952) todos los días son iguales. Hace cuatro años que a su marido le diagnosticaron una demencia con tan solo 63. Estaba prejubilado, deseando disfrutar de sus nietos, cuando comenzó a notar que algo no marchaba bien. «No era todos los días, pero de vez en cuando notaba que no se acordaba de cosas. Sentía que iba perdiendo la memoria, y había cosas que hacía que tú decías: ‘Esto no es normal’. Por ejemplo, hacía todos los días el mismo recorrido en coche y a veces se olvidaba de por dónde tenía que ir», relata esta mujer de 67 años, que de momento se va apañando sola con los cuidados que requiere una persona con una enfermedad de este tipo.

Poco después un diagnóstico médico confirmó lo que se temían. El veredicto no solo sentenció a Jaime, también la vida de Mari Carmen. «Mi vida cambió por completo. Es muy duro», dice emocionada. Hasta ese día se repartía con Jaime el cuidado de Miguel, su hijo de 38, que sufre una parálisis cerebral, pero desde entonces vive por y para los dos. De 10 a 17.30 horas, tanto Jaime como Miguel acuden a sus respectivos centros de día para seguir con sus terapias, un tiempo que ella aprovecha para encargarse de los quehaceres de la casa y de ella, aunque esto último más bien poco. «Y falta me hace. Aprovecho para hacer mis cosas, y de vez en cuando quedo con alguna amiga porque lo necesito, a veces necesito hablar con alguien, parece que así te desahogas. Mi hijo entiende todo, pero no habla, y mi marido no es capaz de llevar una conversación. Hago todo antes de las cinco para que cuando vengan ya me pueda ocupar de ellos por completo», cuenta esta ferrolana, que incluso los viernes adelanta la comida del fin de semana para estar más liberada. Porque una vez que llegan la atención es permanente, sobre todo con su marido, que no le da respiro. «No me deja ni un momento, adónde voy yo, viene. Si estoy cocinando, se me pone justo detrás, lo cojo, lo pongo a mi lado, le digo: ‘Que quiero verte la cara’, pero al ratito ya está detrás. Voy a colgar la ropa y viene detrás», cuenta.

A día de hoy se maneja sin más ayuda que sus manos. «De momento -continúa- mi marido me obedece y se deja llevar, y mi hijo, aunque hay que hacerle de todo, también. Si tengo que salir al súper, se queda tranquilo viendo la tele o escuchando música». Lleva una vida muy sacrificada, de entrega absoluta a su familia, sin permitirse un bajón. «No puedo fallar, porque si no, madre... ¡Qué será de ellos! No me permito ni ponerme enferma», confiesa Mari Carmen, que tiene otra hija, Beatriz, que cuando puede por las noches le echa una mano, aunque ella también tiene sus hijos, su vida, y trabaja todo el día. «Yo le digo: ‘No vengas, no te necesito’. Pero ella hace de tripas corazón y viene, y así también hablamos», explica. Su marido está a tratamiento y acude a diario al centro Afal en Ferrol, sin embargo, ella confiesa que de un año hacia aquí la enfermedad le ha avanzado bastante. «Antes se acordaba del coche, ahora ya ha dejado de hablar de él, se ve que está empeorando. De momento nos conoce, pero pienso muchas veces: ‘El día que no me conozca, a ver...’. A mí me llama por el nombre y a mi hijo también, pero con mi hija, eso que la ve todos los días, no le sale su nombre. Le pregunta cómo se llama. Y ella le dice: ‘Papá, soy Beatriz’. ‘Ai, si, muller!’, le contesta él. Pero mi hija lo lleva con mucho dolor», explica.

SUS NIETOS, SU SONRISA

Mari Carmen echa mucho de menos a su marido. Hace cuatro años que la vida se le truncó «a una edad en la que podíamos disfrutar de los nietos, ahora a mí sola ya no me apetece hacer nada», dice. La vida ya la puso en apuros hace 38 años cuando tuvo a su hijo, pero lo de su marido lo lleva peor. «Un hijo es un hijo y duele mucho, pero con el tiempo vas asimilando las cosas, pero ahora, otra vez, este palo. Él me ayudaba mucho con el niño, por su hijo era... no le podía ni reñir yo. Se desvivía, y ahora pasa de él olímpicamente. Yo digo: ‘Madre mía, lo que es la enfermedad, te falta la cabeza y te falta todo’», confiesa.

Pocas cosas, aparte de sus nietos de 10 y 13 años, pueden arrancarle una sonrisa a día de hoy. Ella ya no tiene ilusión por nada, y aun así confiesa que no hay que tirar la toalla, que hay que seguir luchando. «Siempre pensamos que nuestra situación es la peor, y luego ves otras, y cambias de opinión. Nunca se sabe», reconoce Mari Carmen. 

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