Los renglones torcidos de Nuria

Entró en un bucle de desgracias tras comprar un piso. Desahuciada, solo le queda su libreta para demostrar su verdad


Arteixo / La voz

La vida de Nuria se ha torcido tanto que solo le queda su libreta. En ese cuaderno azul está escrito y documentado el episodio que arruinó su vida. Todo le ha salido tan rematadamente mal que hubiera chirriado leerlo en uno de esos diarios lujosamente encuadernados. Ella ha escogido una libreta de pasta dura. Dura como su vida. No tiene nada a su nombre, con mil embargos pendientes, sin trabajo… Y se aferra a la libreta para recordarse cada día que le queda la dignidad de ser la víctima de este fiasco. Todo empezó como empiezan muchas de estas historias. Con la compra de un piso.

En el 2006 le llega el divorcio a esta coruñesa y con él una cantidad de 24.000 euros que debía invertir en el plazo de dos años para que Hacienda no se quedara con la mitad. «Con mi nueva pareja miramos pisos por la zona de la Costa da Tapia...». Pero los precios se disparaban y optó por mirar otras zonas.

Y llegó a Pastoriza, en Arteixo, en el edificio de la Choupana, una construcción cuya fachada en curva marca el límite entre el núcleo urbano y la zona rural. «Estaban todos vendidos, pero había uno sin estrenar, la dueña me dijo que lo tenía apalabrado, pero que era mío si le daba 6.000 euros más». Y Nuria pactó la compra en 120.000 y pico. Acude a un banco para preparar la hipoteca, pero se inhiben, no lo ven claro, y en Nuria Vázquez comienzan a asomar unas sospechas que le acaban sacudiendo en otra entidad. «En tres días me lo solucionaron todo y en noviembre del 2006 hicimos un crédito puente». El 8 de marzo del 2007, Día de la Mujer Trabajadora, escritura ante notario la propiedad sin saber que está firmando la inminente ruina de su vida.

Solo siete días después Nuria recibe una llamada cuando se encontraba trabajando como guarda jurado en Lugo.

-¿Has dejado el grifo abierto?

-Creo que no.

-Se ha inundado el piso.

Entre lágrimas hizo cálculos de que se quedaba sin parqué. Hoy ya no habría llorado por las maderas del suelo. Pecata minuta con lo que le venía encima. La causa de la inundación había sido la rotura de una cañería. Pregunta por el seguro decenal. No lo hay. Pide las escrituras del edificio y cuando se las entregan muchos meses después, descubre que le habían pasado la documentación «¡del edificio de al lado!».

Ya entonces el edificio se hace carne mediática y un juzgado de A Coruña constata que incumplía en más de diez metros por ancho y alto las medidas legales. El Concello de Arteixo deniega la licencia de primera ocupación. Nuria compra su libreta y empieza a anotarlo todo, con recortes de prensa, declaraciones textuales de los técnicos y un orden cronológico de todos sus pasos.

Y en estas, Nuria pierde el empleo. Meses después acude al banco a pedir una flexibilidad de pago que no consigue. Sus cuentas se vacían y pasan varios meses sin pagar. A sus graves problemas económicos se suma otro muy grave de salud. «Sufro un ictus», espeta. Y una tarde, cuando se encontraba empastillada y sola en casa descansando, se despierta con el salón lleno de gente. «Eran del juzgado, que venían con un cerrajero. Decían que tenía que irme, que el piso estaba embargado». Por suerte para ella, no llevaban la orden de desahucio, con lo que pudo continuar en su casa. En el juzgado descubrió que, efectivamente, había varios avisos de desahucio, pero remitidos a una dirección en la que ya no vivía.

Entró en un bucle de abogados que, según ella, pactaban amaños a sus espaldas. Uno de ellos le recomendó dejar el piso para resolver el tema. «Aquello fue un error», señala Pablo Pinto, uno de los abogados del movimiento del 15-M y la última esperanza legal de Nuria. «Por culpa de la mala gestión de otros asesores se le han ido cerrando puertas, y Nuria tiene la mala suerte de haber hecho la compra en un año en el que no la pilla la Ley de Segunda Oportunidad», explica Pablo. «Hay muchísimas irregularidades en este edificio, muchas», sentencia el abogado.

El piso de Nuria volvió a ser vendido. Pero el banco le sigue reclamando 100.000 euros. El recurso ante la Audiencia era su última oportunidad. Pero tampoco. «Aquí lo pone: ‘Se me han cerrado todas las puertas’». Es la última línea de su libreta.

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