«Corrí muchas veces por Santa Margarita, que me queda muy cerca»

Le encanta un barrio en el que tiene todo a mano, sigue al Dépor y disfruta de largo de paseos hasta el Millennium


A Coruña / La Voz

Lógicamente, el Zorro de Arteixo no nació en Juan Flórez. Sí, Arsenio Iglesias Pardo vino al mundo en Arteixo hace 85 años, pero es desde hace mucho inquilino del barrio coruñés. Charlar con él sobre cómo ha cambiado la ciudad y el fútbol con el pasar de los años es un placer. Arsenio hace gala siempre de buen humor y de una humildad de la que poco saben otros grandes entrenadores. Un libro abierto de esos que saludan a un amigo cada dos minutos. Lógicamente, no hay nadie que no lo aprecie.

El que para los coruñeses será siempre el Entrenador (con mayúsculas) del Dépor se vino hace cerca de medio siglo a la ciudad y se instaló en la Torre de los Maestros. «Nunca cambié de sitio», cuenta. ¿Y por qué allí?, pues porque su mujer era maestra y cuando se construyó el primer rascacielos de la ciudad allí se embarcaron. Y hasta hoy.

Mantiene su casa en Arteixo y por allí va de cuando en cuando, pero confiesa que está muy cómodo en A Coruña y que prefiere moverse poco, que durante su vida ya viajó mucho y ahora toca descansar.

«Corrí muchas veces por Santa Margarita, que me queda muy cerca y me gusta porque hay mucho desnivel, después también corrí por el paseo marítimo, más llano, ahora camino mucho y llego muchas mañanas hasta el Millennium», cuenta sobre sus costumbres. «Aquí lo tienes todo a mano, buenos comercios, buenas cafeterías, no tienes que coger el coche para nada, y además tengo a mis hijos y a mis nietos cerca», relata sobre las virtudes del barrio.

Arsenio es hombre de costumbres y tiene sus locales de referencia. Para en el Galia -ahí tiene lugar la charla para este reportaje- y también en el Manhattan. Arsenio se estrenó como jugador del Dépor en primera en 1951. El equipo, y también la ciudad cambiaron mucho en sesenta años. ¿Para mejor o para peor? Y ahí Arsenio, con una sonrisa, responde fiel a su estilo: «Para muchos cambiaría para mejor, para otros, para peor». Él no se queja de esos cambios, aunque seguramente Arsenio es de esas personas que difícilmente se quejan por nada.

Al fútbol, no podía ser de otra forma, sigue muy unido, y se ha repasado la Eurocopa en la tele estos días. De regalo, hace un pronóstico sobre lo que ocurrirá mañana: «Creo que va a ganar Francia, pero hay que tener mucho cuidado con Cristiano», sugiere. En el plano más local, Iglesias no ha perdido las ganas de ver al Dépor. «No soy asiduo», confiesa, pero de vez en cuando se va hasta el campo con los viejos amigos.

El Zorro de Arteixo es un asiduo de un barrio con sus propios centros, una zona de la ciudad que se debate entra la plaza de San Pablo y Federico Tapia y que se pone como frontera Santa Margarita, una calle de gama alta que nace en la próspera plaza de Pontevedra y se va diluyendo hasta morir en Alfonso Molina.

Una zona pequeña, muy poblada y con las pensiones más altas

En entorno inmediato de la calle Juan Flórez es una de las áreas más densamente pobladas de la ciudad. Allí viven, según los datos del IGE, 8.793 personas, es decir, el 3,60 % del censo de la ciudad. Sin embargo, en superficie ese entorno solo representa el 0,60 % del espacio que ocupa el municipio. El volumen de extranjeros es menor que la media, en torno al 3 % frente al 4,4 % de la urbe. También tiene Juan Flórez una población más envejecida, con edades que van, por áreas, entre los 46 de la más joven a los más de 52 de la más veterana. La afiliación a la Seguridad Social está en torno a la mitad de las personas en edad de trabajar. Uno de cada cuatro vecinos es jubilado y las pensiones son las más altas de A Coruña, superando, por áreas, los 1.400 euros al mes.

«Cuando empecé venía aquí a entrenar y al acabar volvía a Arteixo en bus»

El niño que nació en la Nochebuena de 1930 en Arteixo empezó a jugar al fútbol, cuenta 85 años después, «de forma milagrosa». En la dura posguerra no había mucho donde agarrarse. Los jóvenes estaban fuera y no abundaban las competiciones. «Ni había campo, ni botas, ni nada», recuerda. Entonces las cosas pasaban de otra manera y los clubes nada tenían que ver con aquello en lo que hoy se convirtió el fútbol. «Íbamos a jugar los domingos, pero sin entrenar por semana ni nada», narra sobre los duros principios. «Cuando empecé venía aquí a entrenar y volvía a Arteixo en bus», apunta.

Aquello cambió cuando se instaló en A Coruña, dice, y empezó su carrera profesional que lo llevaría a alcanzar grandes éxitos deportivos con diferentes equipos y hacer grande, como entrenador, al suyo al Dépor.

La vida de un entrenador de primera tampoco es fácil. «No echo de menos aquellos tiempos -explica sobre su etapa de míster profesional-, quizá el tener más actividad física, porque si no se engorda», añade con una sonrisa. Lo malo de aquel trabajo es que «vives pendiente de los resultados, y si entrenas bien y juegas bien pero no ganas, estás jodido, cuando en el fútbol también influye mucho la suerte, como le pasó a Francia con Alemania», se sincera.

Al Dépor lo lleva en el corazón. «Donato tenía siempre muy buen humor», rememora, y cuando se le pregunta por aquellos nombres con los que se quedaría de los que pasaron por su banquillo, sin excluir a nadie, también cita a algunos: «Hubo jugadores como Mauro, Bebeto, Fran... Tuvimos una defensa muy aguerrida, pero eso en los últimos años, porque al principio había mucha necesidad», tira de nuevo de humor. Un lujo, desde luego, contar con el Zorro de Arteixo como vecino del barrio.

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