Pablo Martínez de Velasco: «Hemos recuperado a chicos que venían con la autoestima por los suelos»

M. Carneiro A CORUÑA / LA VOZ

A CORUÑA

Una adolescente gallega (en el centro), con compañeras estadounidenses en una estancia de estudios organizada por Ad Astra
Una adolescente gallega (en el centro), con compañeras estadounidenses en una estancia de estudios organizada por Ad Astra .

En 30 años el fundador de Ad Astra pasó de recorrer las misas de Seattle convenciendo a las familias para acoger chavales a enviar a 400 estudiantes a diez países y ver claro que «el fracaso escolar no existe»

10 sep 2026 . Actualizado a las 09:28 h.

Las familias de Seattle se reunían los domingos después de misa para compartir chismes y tarta de manzana y veían llegar a un muchacho resuelto con su caja de Donuts empeñado en convencerlas de que pusieran un adolescente español en sus vidas. Era Pablo Martínez de Velasco (A Coruña, 1969) y eran mediados de los 90. «Se había inventado el correo electrónico, pero Google no existía aún. La única manera era coger la guía telefónica y monedas y llamar a colegios y clubes de fútbol para llevar a chavales de A Coruña. Algunos domingos iba a cinco misas», dice entre risas el fundador de Ad Astra, compañía especializada en estancias de estudios en el extranjero, pero también programas de adultos como años sabáticos sin límite de edad. 

El primer año llevó a 26 niños. El segundo, a 50. En octubre cumplirá 30 años en el puente de mando y su equipo, formado por siete personas, mandará a 400 estudiantes a Estados Unidos, Canadá, Irlanda, Reino Unido, Holanda, Francia, Australia y Nueva Zelanda. O a Suiza, a elitistas internados donde además de una exquisita educación el chaval se hará con una privilegiada cartera de amistades, contactos e influencia que lo acompañarán de por vida.

Salir al mundo era una costumbre en el seno de la familia Martínez de Velasco. A su abuela la enviaron a Irlanda a principios del siglo XX. «Hablaba un inglés victoriano que impresionaba muchísimo a mis amigos estadounidenses», recuerda el nieto, alumno de intercambio en Kansas y mochilero con 23 años por América Latina. «Como mucha gente, no tenía una vocación clara, pero en Kansas conocí a gente de todo el mundo y se me abrió la mente, me cambió la vida. Decidí que quería un trabajo que me permitiese viajar. He estado en 54 países y me dedico a que otras personas vivan esa experiencia, conozca otras culturas y otras maneras de ver el mundo. Si Donald Trump hubiese viajado más, sería menos cretino», sentencia el hasta hace unos meses presidente de la Asociación Española de Promotores de Cursos en el Extranjero. 

Trump y la gente corriente

Tres décadas dan para observar cambios profundos y el empresario ha sido testigo de «la caída de la clase media americana», resume. «Antes quien tenía un buen trabajo vivía holgadamente. Hoy a la gente corriente le cuesta llegar a fin de mes. Por eso surgen reacciones extremas y personajes como Donald Trump llegan a la presidencia: porque a la gente le cuesta llenar el coche de gasolina y hacer la compra», analiza.

A pesar de las dificultades, el programa estrella de Ad Astra se dirige al gigante americano, a pueblos del Medio Oeste donde los chavales abrazan el día a día de la familia que los elige por 12.000 euros el curso. «Es un precio asumible», valora. España, líder mundial en envío de alumnos a Estados Unidos, fue pionera con una ley de convalidaciones muy avanzada, de 1988, que ahora el sector intenta adaptar a la era digital. La batalla se libra en el catálogo de asignaturas homologables. «Queremos que las materias de diseño de páginas web, videojuegos o robótica equivalgan a lo que antes era dibujo técnico o el diseño gráfico clásico de escuadra y cartabón», defiende.

El núcleo del debate radica, a su juicio, en la abismal diferencia filosófica entre el modelo educativo español y el anglosajón. Mientras aquí el bachillerato y la ESO actúan a menudo como «un embudo» basado en la memorización pura, los sistemas de Estados Unidos apuestan por la flexibilidad. «El sistema español de memorizar cosas que luego se olvidan es una tortura. En un sistema práctico, donde se aprende haciendo, el conocimiento se queda contigo», argumenta Martínez de Velasco y pone el ejemplo de las clases de ciencias pescando en el río o proyectos que exigen a los alumnos diseñar un mueble, presupuestarlo, hacer una campaña de márketing para venderlo y devolver el préstamo inicial.

Esta flexibilidad es una bomba de oxígeno para la salud mental de los adolescentes. «Con un sistema que se adapta a ti, el fracaso escolar no existe. Hemos recuperado a chicos que venían con la autoestima por los suelos, convencidos de que no valían para nada porque no encajaban en el molde rígido español. Llegan allí y, entre decenas de asignaturas prácticas, al final descubren su valor. El mensaje es claro: “Sí que vales para algo, solo tenemos que darte las herramientas para que lo encuentres”», proclama.

Frente al estrés de los estudiantes españoles —«a las once de la noche haciendo deberes», apunta—, el modelo internacional integra el deporte, la música y las actividades artísticas dentro de la jornada escolar, que concluye a las dos de la tarde. «Es una cuestión de madurez y de oportunidades», concluye Martínez de Velasco, con una coda final irrefutable: «Y tienen las mejores universidades del mundo».