Uno se va a pedir una copa, otro se gira un momento, y chas, enseguida te quedas solo en el medio de la pista sin poder recuperar a tus amigos en lo que queda de fiesta por la cantidad de espacio
11 jun 2026 . Actualizado a las 05:00 h.Es normal que después del desastre de selectividad los chavales salieran en masa a celebrar por fin el descanso académico. Los estudiantes coruñeses se lanzaron a Pelícano para darlo todo en una noche en la que los 2.700 metros cuadrados de la discoteca se les quedaron escasos. Había tanta gente —me cuentan— que abrieron todas las terrazas para aliviar un poco el ambiente. Porque uno de los problemas que encuentra toda la rapazada en este tipo de salas gigantes (Pelícano está en la élite) es que nada más entrar pierden a los colegas. Uno se va a pedir una copa, otro se gira un momento, y chas, enseguida te quedas solo en el medio de la pista sin poder recuperar a tus amigos en lo que queda de fiesta por la cantidad de espacio (terrazas, recovecos, sillones...). Ese inconveniente no lo teníamos en los ochenta ni en los noventa, cuando entrábamos en garitos como Punto 3 en que sudaban las paredes con la misma negritud que tú. Entonces todo era humo y, en ese entorno de oscuridad pringosa, lo único que hacías era agarrarte fuerte de la mano de tu amiga para que entre empujón y empujón no te perdieras en toda la noche. Accedías por la puerta en cola, pedías en la barra en la misma cola aplastada, bailabas apechugada a la multitud y te ibas en esa postura esmagadiña en la misma fila en la que habías entrado. En eso consistía salir, en seguir a un rebaño de gente que te llevaba de una esquina a otra de un pub cochambroso. Recuerdo aplastamientos (algunos terribles) por excesos de entradas vendidas en recintos minúsculos, y escaleras que no subían ni bajaban porque éramos tantos que nos estrujábamos unos a otros todos los sábados. Sin embargo, si pienso en aquel tiempo no puedo parar de sonreír, tal vez porque sigo agarrada a la mano de mi amiga con la misma fuerza de entonces.