El cirujano que puso en marcha los implantes de hígado y páncreas en Galicia: «Hay que cuidar los trasplantes. Si das algo por hecho, puedes perderlo»

R. Domínguez A CORUÑA/ LA VOZ

A CORUÑA

Manolo Gómez Gutiérrez, jefe de sección de cirugía hepática y pancreática del Chuac,  puso en marcha los trasplantes de hígado y páncreas en Galicia
Manolo Gómez Gutiérrez, jefe de sección de cirugía hepática y pancreática del Chuac, puso en marcha los trasplantes de hígado y páncreas en Galicia CÉSAR QUIAN

Manolo Gómez, jefe de sección del Chuac, ingresa esta tarde en la Academia de Medicina analizando las aportaciones del programa coruñés a la cirugía

30 abr 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

Manolo Gómez Gutiérrez (Palencia, 1956) es el cirujano del Chuac que en 1994 capitaneó el equipo que acabó con el agravio de tener que salir de Galicia para recibir un hígado. Desde entonces, han cambiado 1.600 vidas. E hizo lo mismo en 1999 por los que necesitaban un páncreas. Quizá por haber estado a ambos lados de la mesa de operaciones, al frente y tumbado en ella, se confiesa mal paciente, recuerda que «uno solo no va a ningún lado» y sabe que «el enfermo lo único que no perdona es que lo abandones; no pide milagros, solo que te intereses y te esfuerces». La destreza de sus manos la conocen mucho más allá del telón de grelos y no son pocos los quirófanos en los que ha sido requerido para ejercer su magia. Esta tarde (18.30 horas) ingresará en la Academia de Medicina hablando de las aportaciones del programa coruñés a la cirugía. «Es una institución muy antigua. Ha tenido sus vaivenes, pero es importante que esté ahí, que se mantenga y que se potencie. Para mí, es una forma de reconocimiento al trabajo realizado», dice.

 —¿Cómo fueron aquellos inicios del trasplante hepático?

—¡Complicados! Se había intentado poner en marcha ya antes, en 1991. El primero incluso lo retransmitieron por la radio. Pero no funcionó y el hospital estaba muy resentido. Fue un drama. Empezaban las transferencias y había dos tendencias: los que querían que se trasplantase solo en los centros y ciudades grandes, en Madrid y Barcelona, y los que apostaban por hacerlo llegar a a todas partes para corregir las diferencias en el acceso, sobre todo en la periferia. Lo de fastidiar al gallego ahí estaba. Y está. Yo no soy gallego, pero lo asumís como algo natural, será por costumbre, como lleváis toda la vida aguantando…

—Pero lo pusieron en marcha.

—Había empezado el programa del 12 de Octubre, pero no era el jefe. Seguía en Madrid, en el Clínico San Carlos, y me llamaron. Antes se lo propusieron a gente más importante, pero nadie quería venir, el ambiente estaba tenso. Todas las figuras dijeron que no. Era complicado aquello.

—Usted no dudó en venirse.

—Pepe Buitrón me llamó. Tres veces. Y dije que sí. Era una época bonita en Coruña: el Dépor estaba arriba, la ciudad estaba encantada con aquella explosión… y era una oportunidad de oro montar un programa de trasplante desde cero. ¡Una gran oportunidad si tienes la suerte de dar con gente buena! Yo no tuve suerte, tuve mucha suerte. No hubo presiones de ningún tipo, participaron los que quisieron, los últimos de la fila les decía, los que estábamos fuera de los cupos antiguos. Éramos jóvenes y teníamos ganas.

—Y salió bien.

—Sí. Cuando se estabilizó el de hígado, empezamos con el de páncreas. Fue muy divertido, apasionante. Hubo momentos duros y complicados, pero como todo en la vida. Pero las cosas salieron muy bien. El primer paciente que se nos murió fue el número 41, hicimos 40 seguidos con mortalidad cero, y eso en aquella época era muy raro.

—¿Qué hicieron para lograrlo? —¿Que qué hicimos? Nos dejaron en paz. Durante un año nos entrenamos en el quirófano experimental con animales. Vino un veterinario joven, Alberto Centeno, que tenía ganas de marcha. Y estaba Pepe Buitrón, que también tenía ganas de marcha. Y se trabajó mucho y duro.

—¿Eso les contará esta tarde?

—Bueno, vamos a presentar las características más importantes de nuestro programa, que para mí son la donación en asistolia o a corazón parado, que somos líderes en España, y los casos complejos, los de los pacientes que tienen trombosadas las venas del abdomen, la vena porta. Hay muchos grupos de trasplantes, la mitad de los de España, que no los operan, pero nosotros sí y van bastante bien. A nosotros nos los envían de fuera. Tenemos una suerte muy grande, y es que este hospital tiene unos radiólogos vasculares muy buenos. Esa ha sido nuestra ventaja, saber coordinar y aprovechar los conocimientos de todos. ¡Y que no nos lo quiten! Sobre todo, los que vienen detrás, que no dejen el hospital por tonterías y que esto no se deteriore por envidias, por soberbias, temas chuscos nuestros. Que somos muy dados a esto los médicos.

—¿Ve peligro?

—Veo complicaciones. En los trasplantes vuelve la tendencia a hacerlo complicado para que solo unos pocos centros puedan operar. Y después es muy de aquí no valorar lo que tienes hasta que lo pierdes. Se está un poco descuidando, y eso no puede ser. Los trasplantes hay que cuidarlos. Nuestra comunidad no puede competir en población con Madrid, por ejemplo, que son seis millones, pero en términos porcentuales, por millón de habitantes, Galicia es donde más se trasplanta de España y sus resultados son de los mejores del país. Y eso no podemos perderlo.

—¿Qué hay que hacer para que no ocurra?

—Hay gente joven muy buena. Pero hay cierta tendencia… Y hay gente que no es que sea mala, sino maligna, que lo intenta hacer complicado para que los pequeños no sobrevivan. Y hay centros pequeños que lo dan por hecho. Y eso es peligroso. Si tú das por hecho algo, puedes perderlo. No nos podemos confiar.

«Me decían que me operase en Madrid, pero si no es por mi gente, no estaría vivo»

Ironías de la vida, Gómez tuvo que pasar por el quirófano por un tumor en el mismo órgano que él tantas veces ha reemplazo en otros. Por esa experiencia, insiste en no infravalorar lo que tenemos cerca.

—Yo lo sé porque a mí me operaron mis compañeros de un tumor de hígado. Si no es por ellos, no estaría hablando ahora contigo. Si no es por mi gente, no estaría vivo. No sabemos lo que tenemos. Entre poder operarte aquí de una cosa compleja a tener que irte fuera… Es una ventaja tremenda. Lo normal tiene que ser resolver en casa, y resolver bien, no tener que emigrar. A mí me decían “¿cómo no te vas a Madrid?” No, a mí me operaron Javier Aguirre y Chechu Rivas, los del equipo, y me llevaron unos oncólogos magníficos. Mejor no pudo ser.

—Y a seguir en la brecha.

—Sigo trabajando, pero en septiembre cumplo 70. Hay gente que quiere que me jubile [se ríe]. Yo seguiría conectado al trasplante, pero las normas son esas…

—No le convence demasiado.

—Depende de cómo esté cada uno. Pero como no somos capaces de discriminar, pues o todos o ninguno. Y si de paso te quitas a alguien de en medio... Así somos en España, de toda la vida. No de ahora, desde la Reconquista. Verdad que llega un punto en el que a lo mejor no estás en la mejor forma física del mundo, pero te sabes los trucos. Y transmitirlo a los demás a lo mejor no estaría mal. No sabes más, ni tienes más fuerza, pero sí los trucos. Al final, somos artesanos. Nos dedicamos al arte de la cirugía.