25 años del hospital Abente y Lago de A Coruña: «Si las piedras aguantaban, nosotras también»

R. Domínguez A CORUÑA / LA VOZ

A CORUÑA

Encarna Marín, Concha Pérez Pan, Rosa Abad y Pilar Oviedo, del antiguo Hospital Militar (hoy Abente y Lago), en el que trabajaban y por el que abanderaron una batalla ciudadana durante más de un lustro para evitar su cierre. En sus manos, una imagen de ellas cuando Defensa, finalmente, accedió en 1995 a traspasarlo al Sergas por 7,3 millones de euros.
Encarna Marín, Concha Pérez Pan, Rosa Abad y Pilar Oviedo, del antiguo Hospital Militar (hoy Abente y Lago), en el que trabajaban y por el que abanderaron una batalla ciudadana durante más de un lustro para evitar su cierre. En sus manos, una imagen de ellas cuando Defensa, finalmente, accedió en 1995 a traspasarlo al Sergas por 7,3 millones de euros. ÁNGEL MANSO

Las trabajadoras que batallaron años con Defensa para que no se cerrase el Hospital Militar recuerdan cómo se logró su integración en la red sanitaria pública

19 abr 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

No todos los días se estrena un hospital, pero ellas lo hicieron hace ahora 25 años. En realidad, lo reestrenaron, y con ellas, toda Coruña. Lleva el nombre del médico castrense que lo dirigía cuando la repatriación de los últimos soldados de la perdida guerra de Cuba, pero bien merecerían un hueco de honor en la placa de un edificio que cumple este año cuatro siglos. El Abente y Lago, inaugurado el 18 de abril del 2001 ya dentro de la red pública del Sergas, había sido hasta entonces un hospital militar. De su larga historia se podrían escribir muchas batallas, pero pocas menos cruentas y con más simpatías ganadas que las protagonizadas por las cuatro «mosqueteras» —así las llegaron a llamar—, que pusieron rostro a una de las páginas más exitosas de la lucha, más que sindical ciudadana, para evitar su desaparición. «Sí, estamos muy orgullosas, aunque casi nadie se acuerde», lamentan con cierta nostalgia Pilar Oviedo, Rosa Abad, Concha Pérez Pan y Encarna Marín, las mujeres que abanderaron aquella pelea que comenzó muchos años antes de la efeméride que se conmemora ahora.

Con ellas, los 316 trabajadores, alguna comprometida autoridad de muy distinto color político, y, sobre todo, muchas voluntades anónimas. Llegaron a reunir a más de 25.000 personas en una manifestación —pocas, la capitalidad y quizá el NO a la guerra convocaron a tantos— cuando el cierre decretado por Defensa parecía inevitable. Pero no lo fue.

Para impedir el cierre del Hospital Militar de A Coruña, hoy Abente y Lago, se llevaron a cabo múltiples protestas y una manifestación multitudinaria que reunió a 25.000 personas. En la imagen, una de las concentraciones en junio de 1993
Para impedir el cierre del Hospital Militar de A Coruña, hoy Abente y Lago, se llevaron a cabo múltiples protestas y una manifestación multitudinaria que reunió a 25.000 personas. En la imagen, una de las concentraciones en junio de 1993 CÉSAR QUIAN

Un conocido sindicalista bromeaba con que el ministerio se equivocó al no destinarlas desde un principio a Cartagena. Salvaron no pocos obstáculos con el arrojo y la razón de quienes se negaban a dar por perdido un centro con capacidad para 300 camas en una ciudad en la que, en el entonces todavía Juan Canalejo, se ingresaba a cuatro enfermos por habitación. «Lo teníamos claro: si las piedras aguantaban, nosotras también», resumen 25 años después frente al hospital que miran con satisfacción. 

El primer lazo, desde los 90

«Fue en la Pascua Militar del 90, allí el capitán le dijo al doctor Cuenllas que Defensa tenía pensado cerrar el hospital», apuntan de aquel envenenado regalo de Reyes en una charla atropellada de recuerdos muy vivos para quienes algo tuvieron que ver con cambiar aquel rumbo. «Ese día, les dije: Cierran el hospital, pero el hospital no se cierra”», recuerda Pilar Oviedo.

Empezaron a organizarse e inauguraron mil formas de hacerse ver y oír. Entre ellas, lo que hoy es símbolo de muchas más causas: el lazo. «Hasta entonces, nadie en España lo había utilizado». El suyo fue el primero y, claro está, era verde quirúrgico y esperanza. Hasta los jugadores del Dépor se lo plantaron en el pecho blanquiazul. Pero también encendieron antorchas, estiraron caravanas de coches, convocaron cadenas humanas, paseíllos... y las canciones que compuso Encarna para aquellas protestas «darían para un disco», dice la voz de una comparsa reivindicativa y teimuda.

Llevaron su negativa al cierre a todos los despachos, incluidos los de los grupos parlamentarios en Madrid, entregaron 60.000 firmas, pusieron de acuerdo a los partidos e incluso a las cámaras de otras comunidades, y lograron también unanimidad en torno a una reivindicación impulsada desde CC. OO. pero en la que, por una vez, se selló la unión sindical.

«Nadie se quedó en el paro», recalcan. Pero no se conformaban con que se garantizasen los puestos de trabajo. Al margen de la integración del personal —la mitad se fue voluntariamente para Ferrol—, «queríamos que siguiese siendo hospital y para todo el mundo, y ¡era nuestro hospital!», insiste Rosa.

Las protestas se aceleraron cuando el cierre, durante años difuminado, ya parecía imparable. El 26 de junio de 1995 una orden ministerial puso por escrito la fecha en la que el Militar no volvería a abrir sus puertas, el 31 de diciembre. Tenía muchos pretendientes aquel vetusto e inexpugnable edificio de privilegiada ubicación en O Parrote, y el peligro de la especulación rondaba cerca. «Dijeron que podrían venderlo al mejor postor para abrir un hotel o, peor, para hacer un hospital privado». Y aquello sí que no. 

En la cumbre de Helmut Kohl

Todos los medios de comunicación de España supieron de la pequeña gran batalla que libraban un grupo de trabajadoras —el comité siempre fue femenino—, que lograron encerrarse en la catedral de Santiago en plena cumbre con el canciller Helmut Kohl paseando con Felipe González, entonces presidente del Gobierno, por Compostela. «Estábamos tiradas con las pancartas y se nos acercaron los ministros alemanes, que le preguntaron a los españoles que qué hacíamos allí», recuerdan. Y aprovecharon la ocasión. «Me levanté y le dije al ministro Solbes que hablase con González, y me dijo que el presidente ya estaba al tanto», narra Pilar. Al día siguiente, se le iban a unir autobuses desde A Coruña para manifestarse. Quizá, puede ser, no convenía demasiado aquella imagen en las televisiones de media Europa. «Entonces no había móviles, era de madrugada y vinieron a avisarnos de que el presidente de la Xunta, que entonces era Fraga, al fin nos iba a recibir», cuenta Concha. Llevaban meses pidiéndole audiencia. No fue fácil creérselo. «Parecía un chantaje y costó convencernos», explican.

Aquella reunión se celebró, y fue portada de La Voz, el 20 de julio del 95. El 27 la ciudad se echó a la calle de forma masiva para reivindicar para la sanidad pública un centro que dio de alta a su último paciente como hospital militar el 1 de septiembre de hace 31 años. Llevaban tanto tiempo en la batalla, más de un lustro, que vieron pasar y llamaron a la puerta de tres ministros de Defensa, Sierra, Pertierra y García Vargas, aunque a este último incluso se le echaron sobre el coche oficial en una visita a Marín para que las escuchase. «Nos dijo que no había nada que hacer». Pero no iban a rendirse entonces. «Somos muy tercas», subrayan de lo nada que les gusta abandonar. Así que el comité se encerró en los bajos del palacio municipal de María Pita. No salieron hasta que se confirmó, 27 días después, que sí, que había acuerdo para traspasar el Militar a la Xunta. 

27 días en los bajos de María Pita

«La gente nos traía cosas, sobre todo comida, mucha comida, que acabamos enviando a la Cocina Económica; en la nevera del Noray nos guardaban las tartas, y de Lorbé nos traían empanadas riquísimas de mejillones. Siempre decíamos: “Estamos encerradas, pero no en huelga de hambre”», bromea Concha. «Los del PP llegaban con churros para desayunar… si hasta el día del Rosario, Palau, el concejal de Fiestas, nos envió pulpo para que celebrásemos la patrona», añade Encarna antes de recordar cuánto amortiguó aquellas noches Pepe Carrillo, de UGT. «Gracias a él dormimos en colchonetas». Por ganar, se ganaron incluso hasta a las fuerzas enemigas: «Un general de Intendencia nos envió champán», revelan con el bálsamo dulce del tiempo. «Todo el mundo quería que el hospital siguiese y fuese de todos, y esa fue nuestra fuerza», recalca Rosa.

Mientras sintieron como nunca el abrazo de la ciudad, la Xunta, que ya había ofrecido por el edificio 900 millones de las antiguas pesetas (5,4 de euros), apuraba una negociación en la que trataba de arañar una rebaja a los 2.059 (12,37 de euros) que exigía Defensa. El entonces alcalde Francisco Vázquez, que les había dado hasta pistas de cuándo podrían asaltar María Pita para el encierro, amenazó incluso con una crisis nacional dentro de su propio partido si el Gobierno socialista no cedía. Cosas del destino, quién sabe, «la parte más gorda y dura de la negociación con el ministerio —explican— la llevó Núñez Feijoo», entonces secretario xeral de Sanidade.

Imagen de la noticia de la inauguración del Hospital Abente y Lago, antiguo Hospital Militar, el 18 de abril del 2001
Imagen de la noticia de la inauguración del Hospital Abente y Lago, antiguo Hospital Militar, el 18 de abril del 2001 LVG

El 17 de octubre de 1995 llegó el acuerdo: Defensa transferiría al Sergas el centro por 7,13 millones de euros (1.187 millones de las viejas pesetas). La Diputación arrimó el hombro con 600.000 euros y Sanidade acabó invirtiendo otros 12,5 millones en reformarlo y equiparlo para inaugurarlo seis años y medio después.

De aquella desamortización ministerial, «el Hospital Militar de A Coruña es el único que se salvó y sigue siendo hospital», recalcan las mosqueteras. Cómo no estar orgullosas.

«Todo el mundo trabajó de una forma que no recuerdo otra»

Elena Mosquera Ferreiro fue la subdirectora de Enfermería encargada de poner en marcha el Hospital Abente y Lago en el 2001 junto con Rodríguez Vila, subdirector del área quirúrgica
Elena Mosquera Ferreiro fue la subdirectora de Enfermería encargada de poner en marcha el Hospital Abente y Lago en el 2001 junto con Rodríguez Vila, subdirector del área quirúrgica

Una enfermera fue la primera paciente y otra la responsable de ponerlo en marcha

El 19 de septiembre de 1996, el Ejército hizo entrega simbólica de las llaves del Hospital Miliar al Sergas. Al año siguiente y en las alas laterales del ya Abente y Lago se impulsaron las obras para el centro de atención primaria y el bloque de consultas externas. Hasta junio de 1998 no empezarían las de hospitalización, que se inaugurarían el 18 de abril del 2001.

Aquello fue el estreno oficial, al que no faltaron los descendientes del médico que le da nombre, pero en realidad el trabajo en el renovado recinto comenzó mes y medio antes. «Por ahora solo funcionan una sala de Radiología general y dos quirófanos de la UCSI (Unidad de Cirugía sin Ingreso)», contaba a La Voz el 5 de marzo del 2001 Elena Mosquera, subdirectora de Enfermería y responsable, junto a Rodríguez Vila, subdirector del área quirúrgica, de los primeros pasos del recuperado centro de O Parrote.

Un cuarto de siglo después, Elena recuerda vívidamente aquella etapa. «Fue maravillosa», resume quien asegura sentirse «una privilegiada» por estar en los momentos iniciales de aquel logro. «A mí me tocó la planificación, fue una experiencia bonita y enriquecedora, y para mí, la guinda: abrir un hospital con gente nueva, toda con mucha ilusión. Fue una parte preciosa. Todo el mundo trabajó de una manera que no recuerdo otra, y cuando digo todo el mundo, es todo el mundo: los sanitarios, pero también limpieza, seguridad, Paco en la cocina... Todos ayudaban, al principio no había horarios, era un equipo franco, trabajador y entusiasmado», resume.

Portada de La Voz de Galicia de la inauguración del Hospital Abente y Lago, antiguo Hospital Militar, celebrada el 18 de abril del 2001
Portada de La Voz de Galicia de la inauguración del Hospital Abente y Lago, antiguo Hospital Militar, celebrada el 18 de abril del 2001 LVG

Dos cirujanos, otros tantos traumatólogos, un par de anestesistas, un radiólogo, un técnico de Rayos, media docena de enfermeras, cuatro auxiliares, tres celadores y el personal básico de administración lo pusieron en marcha y una enfermera de Vila de Cruces fue la primera paciente operada. La jornada de estreno se cerró con dos decenas de estudios radiológicos realizados, doce intervenciones y siete consultas de cirugía. El año pasado, en el mismo espacio 197.700 pacientes fueron vistos en consulta y 17.700 pasaron por el quirófano. En la inauguración se recordaría que aquel nuevo y moderno hospital se ponía en marcha como centro de ciclo rápido para corta estancia y estaba llamado a acabar con la cuarta cama de lo que hoy es el Chuac.

«El equipo era pequeño, el Canalejo era la casa grande, pero luego se fue llenando progresivamente, vino el banco de sangre, laboratorio, medicina interna...», explica de «la gran familia» que recuerda. «Muchos todavía seguimos viéndonos», dice.