Los descendientes de los modelos de Sotomayor se reencuentran con sus antepasados en la Fundación Barrié
A CORUÑA
El nieto del pintor, también llamado Fernando Álvarez de Sotomayor, reunió en A Coruña a varios hijos y nietos de las personas que posaron para su abuelo
19 nov 2025 . Actualizado a las 13:30 h.Dos lagrimones espesos salen a la carrera por las mejillas de Auria Posse al reencontrarse con su madre. Una madre de pinceladas que congeló con pulso artesano y costumbrista el ahora justamente reivindicado Fernando Álvarez de Sotomayor. La mujer del cuadro, de facciones duras y marcadas, encapsula con su mirada fija y digna la quintaesencia de la mujer del campo gallego. Un relato no tan visitado como mereciera. Las manos anónimas que sembraron los cultivos y pastorearon los rebaños que fueron el cimiento de la identidad cultural de esta tierra. Ellos, desde las esquinas de la sociedad, levantaron la Galicia de ayer y plantaron la semilla de la florecida Galicia de hoy.
Con voz aún entrecortada por el rapto de los recuerdos, Auria cuenta momentos de vida. Un mosaico que se va formando poco a poco con retazos de esto y aquello. Su padre haciendo picadura para fumar, su madre haciendo durante la guerra panes que luego eran confiscados por «hombres vestidos de militar» o las correrías en pandilla con otros niños de la aldea, que sibilinamente se escapaban a la hora de la siesta y ponían rumbo a la parroquia de al lado para comprar rosquillas.
Ella misma fue también, rememora, modelo de Sotomayor. Aparece, aún muy pequeña, en la obra A Celia le gustan las manzanas enteras. Celia, que es la otra pata de la escena, es la hermana de Auria. «Cuando terminábamos la sesión de posado Fernando nos daba tabletas de chocolate, media manzana y dos pesetas a cada una. Nosotras, que entonces no entendíamos bien nada, llorábamos porque luego las pesetas nos las quitaba mamá para comprar comida y cosas. Claro, llorábamos porque nosotras siempre nos lo queríamos gastar en las rosquillas». Una sonrisa que es como un hilo conectado con otro tiempo le ilumina la cara. No todos los ojos en vidriera son paridos por el amargor. Algunos son la cristalización de la alegría de haber vivido y haber sobrevivido para narrarlo.
Pinceladas en tres generaciones
El encuentro de Auria con las gentes de su pasado se produjo en la Fundación Barrié, en A Coruña, con motivo de la exposición temporal que actualmente tienen dedicada al artista ferrolano. Este martes, varios descendientes de las personas representadas en las obras de la muestra fueron reunidos por Fernando de Álvarez Sotomayor. No el original, sino el nieto, que porta orgullosamente el mismo nombre. «Mi padre también se llamaba así. Mi hijo se llama así. Y mi nieto, que acaba de nacer, también. Somos todos Fernando Álvarez de Sotomayor». De su abuelo, que murió cuando él tenía tan solo cinco años, tiene esbozos de recuerdos. «Yo era pequeño, pero sí me acuerdo que él siempre me andaba dando dulces a escondidas». Detalles del hombre que fue más allá del laureado autor que recuerdan los libros.
«A mi abuelo se le ha tratado mal porque se ha intentado mezclar su figura con el franquismo, simplemente porque fue director del Museo del Prado durante la dictadura. Pero hay que dejar claro que él, que por cierto fue toda la vida monárquico, ya tenía una extensa obra cuando Franco no era todavía ni cabo», reivindica Sotomayor, que con cariño llama a Auria, gran amiga de la familia, «segunda madre». «Cuando yo iba por Malpica y por otros sitios de Galicia, siempre acababa conociendo a gente que me decía "oye, pues tu abuelo me pintó o pinto a mi padre o a mi abuelo", así que tuve esta idea de reunir a todos los descendientes que pude encontrar y hacernos una foto todos juntos y cada uno frente al cuadro de su antepasado. Yo me pongo al lado del autorretrato, claro».
De Sotomayor a Sotomayor, Fernando reclama al padre de su padre como un hombre del pueblo. Que por compromiso y oficio se entregaba a los rimbombantes óleos solemnes de monarcas y aristócratas, pero que «donde se sentía verdaderamente a gusto, donde le salía toda la pasión que llevaba dentro, era entre las personas comunes, pintando sus tradiciones, que son las tradiciones de Galicia». Un motivo recurrente en su mitología de la costumbre era la religión en su expresión popular. Y también está presente en la cita Silvia Caamaño, nieta del imponente protagonista de Procesión en Malpica. «Creo que eligieron a mi abuelo como modelo porque era un hombre de facciones muy marcadas y muy alto para la época. Yo lo conocí siendo ya un hombre mayor, pero veo el cuadro, donde sale tan joven, y lo sigo reconociendo perfectamente. Además, tengo fotos antiguas de esa época. Es claramente él».
En las paredes de la Barrié serpentean escenas de todos los tamaños e intenciones. Cada una es un cuento diferente. Una memoria que una vez merodeó por el seso de alguien. La grandeza de creador folklórico es el encapsulamiento emotivo de todo aquello que apenas llega a colarse en los volúmenes de historia. El mundo de las pequeñeces más allá de las fechas y de las casas señoriales. Un mundo que «no levantó la nada, ni el dinero, ni el señor, sino la tierra callada, el trabajo y el sudor».