Adiós al can de palleiro que nos enseñó a «vivir como galegos»

Allo, Fusco en casa, protagonizó las campañas publicitarias más famosas de Galicia, trabajó en la serie «Fariña», ganó un premio nacional de cine y sanó con su compañía a muchos niños en el materno de A Coruña

Fusco, un perro de cine, con parte de su familia, Ernest y el educador canino Octavio Villazala
Fusco, un perro de cine, con parte de su familia, Ernest y el educador canino Octavio Villazala

Saldando una deuda histórica, el can de palleiro se convirtió en perro de anuncio y nos dio una lección, la del orgullo tranquilo que no pisa a los demás. Se nos fue Allo, o Fusco, el animal que valía por dos, el perro que nos enseñó a presumir como galegos, a mirar de frente, largo, pausado, alto, hondo. Hay mucho que aprender de la nobleza blanca del animal, de su empatía. Fuera de casa era Allo. Entre los suyos, Fusco. Y del nombre artístico al más suyo, al que le puso su «papá», el educador canino Octavio Villazala, el can de palleiro más famoso de Galicia era galego cen por cen.

«Allo era bonito, listo, sorprendente, pero cada vez que alguén preguntaba: "Que raza é?". "Can de palleiro...". "Pois parecía unha raza...". "É unha raza, pastor galego!"», vemos en la alegría de spot que nos dejó. La estrella canina de la campaña de Gadis Vivamos como galegos!, perro para el cine, la sanidad y la educación, pide un réquiem con un coro de guaus.

Fusco murió hace unos días, en casa, en familia, con 14 años casi 15, dejando un ejemplo de fidelidad a las leyes de la vida que solo alcanzan los mejores adolescentes antes de replegar su esperanza a la voz de mando adulta del desencanto y la mediocridad. Allo era Fusco para o bicheiro, para Octavio Villazala. El hombre que educa a los perros pierde, dice emocionado, a uno de sus «hijos». Al primero, porque Ernest, el niño que Octavio adoptó en Senegal, llegó a casa después. «Y cómo lo acompañó Fusco en todo. El niño tenía miedo y el perro siempre estaba con él. Había una complicidad enorme entre los dos». Fusco, todo luz, era la sombra de Ernest.

El pastor gallego de cine deja 14 años de «amor incondicional». «Cuando llegó a casa, al principio no lo quería», confiesa Octavio. «Se me metía debajo del coche, se me escondía... y yo pensaba: "¡Qué perro más raro!". No sabía que era galaico. Es como nosotros, ¡que no somos andaluces! Entramos na casa e xa estamos dándolle ao queixo». Octavio se lo pensó, lo quiso devolver. «Pero de repente hubo una mirada, íbamos en el coche, el perro me miró y dije: 'Pobriño, igual es tímido. Sabe Dios adónde va a ir...». Octavio reculó, lo adoptó y Fusco lo salvó a él. «Como era tan zulú, lo llevé a escuela de pago, a Montegatto, y empecé a darme cuenta de que era muy inteligente, intuitivo, con una gran capacidad de adaptación y con el don de sanar con la mirada», recuerda.

La carrera laboral de Fusco fue larga y exitosa, «y más allá del estrellato».  Visitó «todos los colegios habidos y por haber» en la provincia de A Coruña, recibió un premio de la Academia de las Artes y de las Ciencias Cinematográficas de España, trabajó en la serie Fariña y sanó con su presencia a muchos niños de las plantas tercera y sexta del hospital materno de A Coruña.

«Fue mi amigo, el que me acompañó cuando tuve el primer cáncer, y en el segundo cáncer, en los momentos más duros de la quimioterapia, cuando yo me sentía morir. Fusco fue mi confidente, mi paño de lágrimas, mi amigo y mi maestro», celebra Octavio Villazala, que está recibiendo el abrazo de miles de muestras de afecto de toda España.

Gracias, Fusco, listo como un Allo, gracias por enseñarnos a vivir siempre en el presente. A vivir como galegos!

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