Oleada de ERTE en los centros deportivos con cientos de trabajadores afectados

«Los grandes olvidados» de la pandemia agotan sus recursos


a coruña / la voz

Se sienten los grandes olvidados de la pandemia. Muchos no han cobrado aún la nómina de diciembre que tiene que abonarles el SEPE, pero tampoco cuentan con más margen de maniobra que los ya recurrentes ERTE, parciales o no, que les ofrecen las entidades para capear la crisis sanitaria. «Primero va la hostelería, a la que por supuesto apoyamos, después el comercio, luego los cines, los teatros, el resto de la cultura y al final llegamos nosotros, los grandes olvidados, las instalaciones deportivas». ¿Cuántas? José Adamor, presidente del comité de empresa del Club del Mar, habla de un sector amplio que emplea en A Coruña a centenares de trabajadores y atiende a más de 50.000 socios o usuarios abonados. Uno de ellos, empleado a jornada parcial en una de las instituciones veteranas de la ciudad, acudió esta semana a la dirección a pedir un adelanto. La paga del antiguo Inem no había llegado. «El colchón se acaba. El de las familias y el de las entidades. Llevan un año ingresando menos por las bajas de socios y la reducción de actividades. Porque si antes tenían a 20 en pilates ahora tienen a 4. Y aun tiraron de los ahorros para invertir en mamparas y medidas de seguridad», explica Adamor.

A la ola de regulaciones de las próximas semanas no parece que escape nadie. Club del Mar (42 trabajadores), Club de Tenis (20), Hípica (26), complejos deportivos de Elviña, A Sardiñeira y Agra (70), San Diego (el grueso de su medio centenar de empleados), el Sporting Club Casino y la Casa del Agua hacían números ayer, y habrá que sumar todos los gimnasios. 

Los pequeños, peor

«Muchísimos. Ellos son los que peor lo van a pasar. No hay un entidad que los agrupe, pero por si sirve de referencia en el 2019 había siete gimnasios de halterofilia en toda Galicia y hoy hay veinte», dice José Manuel Tubío, presidente de la federación gallega, monitor del complejo deportivo del Agra y también «regulado» estas semanas. Lleva 30 años en su puesto y ha visto cómo el barrio demandó primero y sostuvo después la actividad del polideportivo. «Esta es una zona muy envejecida. A las siete y media de la mañana ya tienes a 25 mayores en la puerta esperando para ir a las máquinas o a la cinta. Ellos y los inmigrantes, africanos y sudamericanos, sobre todo, fueron los que hicieron posible que el centro del Agra, que fue pionero en Galicia, no cerrara». El deporte es salud, anuncia Tubío, pero la salud va primero. «El auge del deporte tiene dimensión mundial, pero la pandemia también y no hay que olvidarlo», recalca.

Mónica Megino, administrativa y socia del Club de Tenis, en ERTE también, viuda y madre de dos hijos, se dispone a montar economía de guerra. «A contar lentejas, para un lado y para el otro. Con el 70 % de la base reguladora no puedo hacer más. Y nos salvamos que el club nos completó el sueldo en la primera ola y luego lo fuimos devolviendo».

Una colonia de patos, jabalíes y erizos «mantuvieron» el Tenis en la primera ola

De puertas para afuera, el club está cerrado. De puertas para adentro, el gran estómago que alimenta hasta el último rincón de una instalación deportiva sigue latiendo. Esa es la otra pérdida. Caen los ingresos, piden la baja los socios, pero la puesta a punto de los equipos no se puede interrumpir. «Es la parte que no se ve», explica José Adamor, representante sindical y uno de los encargados del mantenimiento del Club del Mar. De los 46 de plantilla, 42 irán a un ERTE. Alguien tiene que quedar en San Amaro. «No podemos dejar que las piscinas se enfríen completamente. El coste de apagar las máquinas y volver a arrancarlas después es mucho más alto, y además sufren con las paradas», señala Adamor.

En el Club de Tenis tienen un precedente cercano. La primera ola de la pandemia mandó a casa a todo el personal, sin excepción, por el sobrecoste que implicaba mantener en activo a una persona para atender las instalaciones. Piscina, pistas, césped... Otros se encargarían. 

La naturaleza sigue su curso

La naturaleza puso de su parte y cuando a principios de mayo los trabajadores volvieron al complejo de Oleiros se encontraron con que había sido colonizado por los patos, los jabalíes y los erizos. «Allí estaban todos, un erizo en la pista de paddle, los patos en la piscina, bañándose, poniendo huevos. ¡Y sin ser socios!», bromeaba ayer Mónica Megino, administrativa del club, antes de entrar en el segundo ERTE de los últimos meses.

Los animales también tienen un lugar propio en la Hípica pero aquí requieren más cuidados que una revisión de calderas. En la finca Figueroa de Abegondo, donde la sociedad coruñesa tiene sus cuadras, en lugar de aliviarse el trabajo estas tres semanas se redoblará.

A falta de jinetes, que no podrán entrenar ni acercarse por los cierres perimetrales, serán los empleados los que muevan a los animales. «Son caballos de deporte. Hay que sacarlos. Aunque la norma recoge una excepción para los propietarios que tengan que desplazarse para cuidarlos, habrá que atenderlos más», apunta Santiago Togores, presidente de la Hípica. De 26 personas en nómina, 15 esquivarán la regulación de empleo: irán 11 más 15 monitores.

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