Homenaje a la música que nos salvó durante lo peor de la pandemia

El fotógrafo coruñés Luis Díaz ha logrado documentar cerca de cien palcos repartidos por toda Galicia, muchos de ellos en la comarca de Betanzos y A Coruña. Lo ha hecho como un homenaje a la verbena, a esa música de concierto que dejó de sonar en directo a partir del confinamiento, y a la arquitectura sin arquitecto


a coruña

Cuántos miles de pasodobles y bachatas habrán disfrutado estos palcos de la música, ahora vacíos y desolados, que nos miran interrogantes porque este año se han quedado sin la sesión vermú. Dónde va que han pasado las fiestas y ni la orquesta vino a tocar, ni la banda de gaitas la alborada a amenizar.

Cuánto extrañarán estas pequeñas construcciones, presentes en casi todo cuanta aldea hay por Galicia adelante, a la pandilla de chavales que solía sentarse, generalmente al caer la tarde, a pegar la hebra y engancharse a comer una bolsa de pipas, sin quitar el ojo a la pista de baloncesto. Por venir, no vino ni el político de turno a soltar su arenga en las elecciones. Cuántas verbenas perdidas, cuántas parejas habrán dejado de enamorarse por el patrón mientras danzaban agarrados el Cadillac Solitario.

Y ahora: el silencio, el desconchado, la pintada noventera de ETA, el techo de uralita roto, el guardamuebles, la silva que invade la belleza de un lugar que está triste y solitario, como el Cadillac de Sabino. Sin embargo, como decía recientemente Xosé Ramón Gayoso en RadioVoz, «la música nos salvó. Durante el confinamiento del covid, la música nos dio la vida», explicaba con buen tino el presentador de Luar en el programa Voces de A Coruña. Y sí. Pasó marzo y las canciones nos conectaron. Los artistas nos consolaron. Ya fuera por la ventana o por el balcón, por el streaming o por el transistor, los músicos nos entretuvieron. Ellos nunca dejaron de tocar para nosotros.

Por eso ahora entristece ver la silenciosa desnudez del palco vacío, que tan bien ha sabido captar el fotógrafo Luis Díaz. Él fue uno de esos niños que se sentaba, con las piernas colgando, a comer pipas en el palco de la música que había cerca de la casa de su abuela, en Cecebre. Eso le llevó a querer descubrir otros lugares parecidos y acabó recorriendo la comarca de A Coruña entera en su busca. «Años después, empecé a fijarme en que había edificaciones de este tipo por todas partes. Esto resonó en mí por aquel palco cerca de la casa de mi abuela y, también, por mi amor por la música, por la arquitectura y por el territorio de Galicia y creció la necesidad de documentar la existencia de estos palcos. El resultado es una colección de imágenes que ya se pudo ver como parte de una exposición en el Palexco de A Coruña este pasado otoño y, quién sabe, si en el futuro verá la luz en forma de libro o de otra exposición.

En realidad, «es una especie de homenaje a las verbenas, a la música en general y a la arquitectura sin arquitecto. Cada vez que veía uno, apuntaba el sitio y luego volvía con mi cámara de gran formato, de placas, a hacerles fotos. Una vez allí, siempre me encontraba con alguien a quien preguntaba dónde podía haber otro, hasta acabar juntando a lo mejor una decena en cada una de esas jornadas de trabajo de campo». Así fue como, al final, Luis Díaz acabó documentando alrededor de un centenar de palcos de la música repartidos por las cuatro provincias gallegas. «La mayoría son de la provincia de A Coruña, porque es donde yo resido. Existen tipologías por zonas y la mayoría no cumplen la función para la que fueron diseñados, que es albergar un grupo de música». Ojalá pronto vuelvan a hacerlo.

Palco, semioculto por la maleza, en Cortiñán
Palco, semioculto por la maleza, en Cortiñán

De los palcos abandonados a los que se usan como almacén

Anónimos y no tan historiados como los palcos de la música de las grandes ciudades, el fotógrafo coruñés Luis Díaz ha dedicado numerosas horas de trabajo, cámara en mano, a fotografiar estas pequeñas plateas del rural durante los últimos diez años. «Los grandes palcos no me interesaban, porque quería dar valor precisamente a estos lugares más humildes», comenta.

Algunos, como el ubicado en la parroquia de Cortiñán, en Bergondo, están a punto de ser comidos literalmente por las silvas, lo que puede significar que no se usa desde hace tiempo. «Por lo que yo he visto, hay de todo. Unos están completamente abandonados y otros están más o menos mantenidos, listos para volver a funcionar en cuanto la pandemia lo permita». Reconoce Díaz que algunos se utilizan para usos para los que nunca fueron concebidos. Él se ha llegado a encontrar vecinos que los tienen «como almacén», literalmente: restos de una carroza, montones de neumáticos, una mesa... Todo esto se ha encontrado este documentalista gráfico durante su trabajo de campo por Galicia, que se expuso por primera vez, curiosamente, en el año 2010 en Bruselas.

Se trata de un proyecto que sigue vivo y que Díaz piensa mantener activo durante los próximos años. Él, sigue buscando.

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