Marcelo Rodríguez Filgueiras: «Unos zapatos de 20 euros salen carísimos»

Corredor de siete maratones, pero sobre todo zapatero en el sentido artesanal y de taller que se entiende en Italia, este nieto de emigrantes y tercera generación dedicada al sector comparte las claves de su oficio y del buen calzar


Justo antes del inicio de la pandemia amplió su negocio. Acostumbrados a ver zapateros trabajando en espacios reducidos, este profesional dispone de cien metros cuadrados en la esquina de la calle Vila de Cee con la ronda de Nelle, justo donde empezaba el viaducto en dirección a Cuatro Caminos. «Me gusta más la idea de taller de calzado, como vi en Italia o Alemania. Lo mío es la reparación, la restauración y el calzado artesano a medida. No me identifico con el concepto de zapatero remendón», analiza Marcelo Rodríguez Filgueiras. Es un personaje. Charlamos rodeados de hormas de distintos tamaños, pieles, hilos, botes de productos… De las paredes cuelgan unos folios con el perfil dibujado de los pies de diferentes clientes. Se le ve feliz hablando de lo suyo. «Es mi vicio. Soy muy cabezota y muy pesado con mi trabajo. Si te fijas (coge el móvil y me lo muestra) en mi Instagram solo subo fotos de zapatos», comenta. Sobre la mesa en la que da forma a pares que cuestan de 350 euros en adelante hay unos a medio hacer que le encargó una clienta de Ourense. «Queda muy poca gente dedicada a esto. El problema es la falta de ayudas y la poca profesionalización del sector. Yo empecé hace 4 años por culpa de un distribuidor de productos que me pinchó. Hacemos los zapatos a gusto de la persona, teniendo en cuenta si tiene juanetes, callos... Lleva día y media de trabajo, más los materiales. No hay costuras, no hay cartón, no hay empalmes… El tiempo hoy en día es lo que vale. Aunque no sea artesanal, un zapato bueno no puede bajar de los 150 euros», relata con pasión. Cuando se pone a hablar de su oficio es complicado detenerlo. 

Pies vagos y cómodos

Lo tiene claro. «El calzado deportivo mató nuestro sector. Además, nuestros pies se han vuelto vagos y cómodos por su culpa. Es una moda. El zapato se tiene que adaptar a tu pie, no al revés como sucede ahora. Hay que volver a usar zapatos buenos. El tomate tiene que saber a tomate. Unos de 20 euros salen carísimos. Se abren, se estropean a las tres semanas y, si me los traes a arreglar, no te va a compensar y tampoco te los cogería», analiza Marcelo. Tiene 47 años, está casado con una profesional del sector sanitario, y son padres de un niño de 8 años que estos días se prepara para una primera comunión que espera poder celebrar algún día. En el taller echa una mano su padre, Cesáreo, la segunda generación de zapateros. «Ya mi abuelo montó una zapatería en Montevideo en 1950. De hecho, mis padres se conocieron allí, él es de Celanova, Ourense, y ella de Mugardos. Regresaron en 1980, cuando yo era un niño. Mi padre trabajó en golosinas Risi para ahorrar el dinero suficiente para montar una zapatería, que es el oficio familiar», relata Marcelo, que desde los 13 años se dedica a este mundo. «Es de lo que sé. Yo soy de los que digo zapatero a tus zapatos», sentencia este hombre que también se especializó en el cambio de las suelas de las botas de montaña o senderismo. 

Siete maratones

Parece imposible desviarlo en algún momento del tema del calzado. Solo lo consigo cuando sale a relucir su otra pasión, el deporte. «Es mi liberación. Suelo entrenarme con el Club Triatlón Coruña, aunque solo estoy haciendo bici y running. Ellos van a nadar a las nueve y media de la noche y ya es tarde para mí. Hice siete maratones: Roma, Ámsterdam, París o Barcelona… Y, por supuesto, el primero que hubo en A Coruña, que fue el de la granizada. Paré el crono en 3 horas y 19 minutos. Fue durísimo. Ese día colgué las botas», comenta sonriente este artesano, que ofrece unos consejos para cuidar los zapatos que merezcan la pena. «No usar cremas rápidas para limpiar los de piel y guardarlos en hormas, a poder ser de cedro en lugar de plástico, porque absorben el sudor», explica este coruñés que firma sus creaciones como M. Filgueiras. «No tengo la ambición de llegar a ser un Manolo Blahnik», asegura Marcelo, que reconoce que «una mujer con zapatos de tacón es algo precioso. En hombres me gusta más el modelo Oxford que el Derby». Palabra de un experto en la materia.

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