Aquellas pasantías de La Checa


No me digan que no les pasa. Yo muchas veces voy andando por Coruña y de pronto veo El Pote, Barros, el cine Goya, el París... todos esos fantasmas que siguen vivos por mucho tiempo que pase. A veces también levanto la vista y me veo en aquella academia, en un piso de Durán Loriga, donde aprendí a escribir a máquina. No está, claro, pero de lejos aún me golpea ese ruido, clac, clac, clac y la voz en off que dirigía mis primeros borrones: «¡Mueva el carro!». Yo movía el carro y hacía ejercicios para coger fuerza en los dedos con la férrea voluntad de apuntar en el currículo otra marca de prestigio: las pulsaciones. Que no eran las pulsaciones del corazón, claro, pero se trabajaban con aquel ritmo prusiano de las academias que nos ponían en vereda. Allí mismo aprendí las primeras nociones de informática, que en los noventa sonaban a siglo XXI, a una vanguardia tan técnica que en mi cabeza nunca llegó a cuajar. Sí las letras que brotaban descoloridas cuando la tinta ya no daba para más en la máquina. Esas lecciones importantes llegaban en aquel tiempo, (ahora sí me parece un siglo), gracias a las pasantías que los estudiantes llenaban todo el curso. Me acuerdo con temor de La Checa en la que don Miguel Longo, Miguelón, impartía las asignaturas de ciencias y don Manuel Santiago las de letras. Yo no fui jamás a La Checa, pero el eco de su nombre nos hacía temblar solo de pensar en la exigencia de su aplicado método que le había dado el mote (en realidad se llamaba Séneca). Si no te entraba la lección, allí te quedabas hasta saberla aunque fuese de madrugada. ¡Cuántos alumnos no habrán salvado esos dos implacables profesores! Imposible imaginarlo para los alumnos de hoy a los que queremos pasar de curso con suspensos. No sé qué hubiera sido de sus padres sin aquellas pasantías.

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