Carlos Méndez Vázquez: «Vemos unos 50.000 pares de ojos al año»

Junto a Saavedra Pazos abrió en el 2002 el Centro de Ojos

Carlos Méndez, oftalmólogo
Carlos Méndez, oftalmólogo

Tiene 58 años llenos de vida. Su tiempo de ocio es casi tan intenso como sus horas de trabajo. No me extraña que afirme: «Es casi imposible que me quedé un fin de semana en casa viendo la tele. Solo en el confinamiento, que aunque seguimos con la clínica abierta y operé casi todas las semanas, vi todas las temporadas de Juego de tronos», asegura Carlos Méndez Vázquez. Se declara polifacético y extrovertido y confiesa que su principal defecto es que «tengo mucho pronto». La hora y pico que pasamos en la cafetería del hotel Plaza se me pasó volando. Me contó su etapa como cantante cuando emulaba a John Denver, su afición por la caza, la pesca y el mar. Sus asados de cinco horas con leña, nunca carbón. Y, por supuesto, su vida profesional. «Soy médico por vocación y, al principio, me gustaba cualquier especialidad. Me atraía la cirugía por lo que llevaba consigo, el salvar vidas. Me hice oftalmólogo por casualidad y recuerdo a uno de los primeros pacientes que operamos de un glaucoma. La sensación de devolverle parte de la visión me hizo disfrutar todavía más de la profesión», analiza mientras apura un refresco de cola.

Felicidad en Buenos Aires

Sus padres eran de Castro de Carballedo y de A Pobra de San Xiao. Emigraron a Venezuela y Carlos nació en Caracas. En 1964, con apenas dos años, la familia se asentó en A Coruña. Estudió en Santa María del Mar y era de los que afinaba el himno de Junto a la ría, Santa María... «Siempre me gustó cantar, incluso lo hice con Pedro Abelenda. En Santiago fui tuno, actué en locales y arrasaba con mi versión de Alfonsina y el mar. De hecho, una de las razones de irme a Buenos Aires es que me atraía el folklore argentino», recuerda. Cuando acabó la carrera se fue a hacer la especialidad a la tierra del tango. «Recuerdo que llevé una carta de recomendación para un médico que me firmó Salorio. Regresé meses después para casarme e irme con mi mujer. Fue una etapa feliz. Yo estaba creciendo como profesional y ella trabajaba de secretaria de prensa en la embajada de España», rememora. Tienen dos hijos, Carlos, de 29 años, sigue sus pasos y está acabando la especialidad en la Clínica Barraquer de Barcelona. Alejandro, de 23, estudia ADE y no soporta la sangre. Volvió de Argentina, pero sigue tomando en el Divino de O Burgo vinos de uva Malbec y hasta bautizó su barco con este nombre.

El germen del Centro de Ojos

En 1994 se estableció en la calle Teresa Herrera y poco después en Médico Rodríguez. «Aquello fue el germen de lo que quería, que no fuese una simple consulta, sino un servicio de oftalmología. Entonces conocí a mi socio y colega, Saavedra Pazos», recuerda. El 2 de enero del 2002 abrieron en la calle Santiago Rey Fernández-Latorre el Centro de Ojos, en el que ahora trabajan nueve oftalmólogos, cinco optometristas... «Somos unos treinta profesionales. Vemos unos 50.000 pares de ojos al año. Pero es una profesión muy tecnológica y hay que estar permanentemente actualizándose. Tenemos tres aparatos nuevos y cada vez se va más hacia la robotización. Montar una consulta de oftalmología hoy en día, comparado con antes, es de lo más caro que hay», explica Méndez. Dice que el campo que más le gusta es el de la retina, pero «no me gusta encasillarme. Para eso soy de la vieja escuela, que lo mismo ves un niño con estrabismo, que un adulto con unas cataratas, que pones unas gafas. Pero sí que es cierto que cada vez es más importante la subespecialización», relata. De vez en cuando mira el reloj. Dice que es extremadamente puntual y le fastidia que la gente espere. Además de cazador de perdices, liebres y conejos y gran pescador, es un caminante que sigue jugando al pádel. «Siempre jugué al tenis y fui a campeonatos. Más tardes al squash, y hasta di clases en Santiago». En su especialidad médica dice que el gran reto es ser capaces de regenerar tejido donde ha desaparecido. Y en su intensa vida quiere seguir disfrutando de sus pequeños grandes placeres: «Me gusta el fuego y hacer con calma pescados a la parrilla o cordero».

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