a coruña / la voz

En treinta años nadie profanó los últimos deberes escritos a tiza en las pizarras de la escuela de Santa Bárbara. En septiembre de 1990 los niños volvieron del verano y se toparon con las puertas cerradas. «Las madres se las apañaron para encontrarnos colegio», recuerda María Soengas. Dentro, sobre los encerados, las palabras se congelaron con caligrafías perfectas. «Estudiar el catecismo y el 6, 7 y 8 de multiplicar. Suma: 943 + 2463 + 24». Al lado, en un aula ocupada por una estrambótica danza de pupitres y cristales rotos, una premonición: «Mañana no se traen libros». A Soengas le hierve la sangre: «¡Cómo se iban a traer si no hubo clase!».

La memoria de la fábrica de armas recibió ayer a los habitantes que faltaban. «Nunca nos deixaron entrar, ¡nunca!», se quejó María Mosquera, tantas mañanas vigilando desde la ventana que sus hijas cruzasen la calle sin sustos y entrasen en el recinto de camino al colegio. A su hija, que dejó la fábrica con 13 años, en 7.º de EGB, se le llenan los ojos de lágrimas y contagia a su compañera Soengas. «Temos tantos recordos e tan bos, tantas emocións, que dá moita pena velo así», dice María José Pérez al borde del campo donde jugaban a pillar. El temido potro de las clases de gimnasia, caído y descuajaringado en un pabellón, les da la risa.

«Viñan rapaces de Palavea, do Castrillón e mesmo dos Castros. Os grandes pelexaban por facer a FP porque despois quedaban na fábrica. Daquela había nenos», recuerda la madre, reacia aún a imaginar la Cidade das TIC en su primer y único encuentro con el viejo recinto. «Como era non vai ser», resuelve 40 años después.

Las mujeres se dieron prisa cuando la UDC y el Ayuntamiento anunciaron una jornada de puertas abiertas para conocer el complejo fabril antes de transformarlo en un centro tecnológico. Ellas entraron en el cupo, pero muchos no se enteraron. «Tantísima xente leva toda a vida querendo vir, tiñan que poñer máis días», pidió la mayor. Solo una hora después, el clamor de los que quedaron fuera hizo que se abrieran cuatro turnos más, el 16 de octubre, para cien personas.

Álvaro Pérez Sancho, portavoz de la Plataforma Veciñal Fábrica de Armas, compartía su «sensación de ver algo que sempre estivo oculto». El cerrojo de la dictadura y la disciplina militar tapiaron el alto de Pedralonga. «O Primeiro de Maio mandábannos en tren a Madrid, ao Santiago Bernabeu, todos vestidos de branco a desfilar diante de Franco facendo xogos e exercicios de ximnasia», recuerda Manuel Gómez Meilán, presidente de Palavea y estudiante de Electricidad en la escuela de FP hasta que en 1965 emigró a Suiza. «Daquela en Galicia había a Bazán e Santa Bárbara, nada máis», explica.

Eran veinte en el grupo, aunque en las conversaciones sumaban miles. «Que se teña en conta aos veciños nos usos futuros. Que isto non sexa como un ovni que se solta aquí sen relación co entorno como se fixo no Ofimático ou no parque de Eirís», subrayó la presidenta de este barrio, Mónica Díaz, crítica con el abandono de la industria. «Houbo empresas que levaron carretas e carretas de millóns. Aquí nada, ningunha Administración fixo nada para que seguise», apunta. Y repasa demandas: biblioteca, zonas verdes, carril bici, movilidad sostenible e integrada. Y no a la expropiación.

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La reacción de los vecinos obliga a ampliar las visitas a la fábrica de armas