El profesor de pintura que perdió su casa vuelve a dar clases

Una lectora de La Voz conoció su historia por el periódico y acudió a Riazor para conocerle y aprender a dibujar

a. a.
a Coruña / la voz

El 7 de agosto, Almudena López cogió un ejemplar de La Voz de Galicia y en una de sus páginas encontró una historia titulada: Un profesor de pintura desahuciado por la pandemia. «La leí y me quedé impresionada por dos cosas que decía en ese artículo -cuenta-. La primera es que con 16 años su padre no quería que estudiara Bellas Artes porque un hombre no puede vivir de lo que pinta. La segunda, que, a pesar de perderlo todo durante la pandemia, no podía rendirse. Quería conocer a una persona que transmite esa fuerza y ese valor».

Así que acudió a la explanada de las Esclavas, en Riazor, donde José suele pintar. Le vio enseguida. «Estaba enseñando sus dibujos a una persona que se había acercado a verlos, así que no me costó descubrir que era él», recuerda. Unos minutos después se acercó. «En seguida se ofreció para enseñarme todos sus dibujos. Me encantaban. Y le pregunté: ‘‘Mira, yo en verdad lo que quiero es aprender a pintar, ¿tú me enseñarías?''». José accedió y se citaron unos días después.

Al principio empezaron con cosas sencillas: un tenedor, un vaso, un jarrón... Siempre a lapicero, para aprender cómo plasmar las perspectivas o las luces. Para Almudena, estas son las primeras clases de pintura desde hace 26 años, cuando tenía 13. «Siempre me había gustado pintar, pero nunca me había animado a practicarlo», asegura. El empujón para volver a enfrentarse a las hojas en blanco ha sido José. «Él me inspira mucho por sus valores y por su calidad humana -comenta Almudena-. Además, es una persona que tiene mucho que enseñar por todo lo que ha vivido».

Una vida ligada a la pintura

José nació en el barrio madrileño de Vallecas hace 70 años. Aunque su padre no quiso que estudiara Bellas Artes, siempre ha vivido ligado a la pintura. Con 16 años empezó a trabajar en un taller de obra hasta que un día vino su jefe y le preguntó si unas pinturas que había en el taller eran suyas. «Yo me asusté mucho porque pensaba que iban a despedirme, pero, para mi sorpresa me dijo que le gustaban y que tenía que seguir pintando», recuerda este artista, que prefiere no publicar su apellido. Entonces hizo un trato con su jefe: él le pagaba los estudios y, a cambio, José se comprometía a pintar todo lo que necesitaran en el taller.

Ese fue solo el comienzo de una trayectoria con estudios en París, exposiciones fuera de España, clases en distintas escuelas y cursos de la capital, trabajos para Patrimonio... Hasta que llegó la pandemia y José lo perdió todo. No tenía donde alojarse. Y llegó a A Coruña. Aunque los primeros días durmió en su coche, José consiguió alojarse en Padre Rubinos durante unas semanas. Mientras tanto, sigue pintando para «intentar conseguir un poco de dinero para alquilar una habitación y volver a empezar». Almudena es parte de ese nuevo inicio. José está «muy agradecido». Dice que echaba de menos tener alumnos, hasta que Almudena le interrumpe para enseñarle sus ejercicios.

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