A Coruña

Casi dos siglos llevamos yendo los coruñeses a la playa, y casi siempre con restricciones normativas importantes, ridículas ahora las más retrógradas, vistas desde una perspectiva actual. La afluencia a los arenales coruñeses ya era una realidad, y una moda muy extendida, en los años cuarenta del siglo XIX. La ciudad participa en aquel momento de un fenómeno que se da en el conjunto de Europa: el descubrimiento de la playa como centro de ocio y de relación social. El urbanita se familiariza con el mar como elemento recreativo.

Pero no tardan en aparecer las primeras normas de uso. En esos años cuarenta, los bandos municipales obligan a bañarse en puntos retirados de la población, como Riazor y la zona que va del Parrote a Pelamios. «Sin embargo -advierte uno de aquellos bandos-, se observa que muchas personas lo hacen en la Marina, muelles, Cantones y otros parajes no menos concurridos, ofendiendo la decencia y la moral pública». Todo un escándalo para la época.

En consecuencia, queda prohibido bañarse «en la línea que desde Puerta Real sigue a la Marina, muelles, Cantones, Puerta de Abajo, Garás [Linares Rivas] y playa de la Palloza». Honestidad y recato es lo que se exige a los vecinos que deseen zambullirse en las zonas autorizadas.

Estas restricciones, que recoge José Antonio Parrilla en su Historia del puerto de La Coruña, experimentan un nuevo giro en 1854 con la segregación por sexos que decreta el Ayuntamiento. Entonces, el baño solo estaba permitido en puntos concretos de Estrada, Pelamios, Parrote, San Amaro y Riazor. Pero «se señalan Pelamios y Riazor para las mujeres, y los demás lugares, para hombres y muchachos». En el Parrote podían nadar también mujeres y niños en baños cerrados, privados o de la Beneficencia, pues el siglo XIX vio despuntar también esas instituciones conocidas como casas de baños, de gran éxito en aquel momento.

Un bando de 1937 obligaba a las mujeres a utilizar en el arenal trajes que lleguen hasta la rodilla, bien enteros o compuestos de blusa y falda

Pero aún quedaba otra vuelta de tuerca. El nuevo orden moral de la Dictadura cubrió las playas con un recato extremo desde el comienzo de la Guerra Civil. Un bando municipal del 10 de junio de 1937 obligaba a las mujeres a utilizar en el arenal «trajes que lleguen hasta la rodilla, bien enteros o compuestos de blusa y falda. Usarán, además, pantalones cuyos perniles tendrán como mínimo una anchura de 40 centímetros y que deberán quedar ceñidos inmediatamente encima de la rodilla. El escote estará confeccionado de tal modo que nunca puedan separarse sus bordes del cuerpo por muy violentas y forzadas que sean las actitudes de quien lo use».

Al lado de todo esto, claro, palidecen los cuatro metros de distancia entre toallas o la delimitación de vías de entrada y salida a los arenales que nos ha traído la desescalada del coronavirus.

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Las mujeres a Riazor, los hombres a San Amaro