A Mera en el 600, con niños, abuelos y maletas

Playa de Mera.
Playa de Mera.

A Coruña

Los abuelos detrás, los niños en el colo, las bolsas en el suelo, las maletas entre el maletero y la baca, atadas con unas correas... Complicado ponerse un cinturón de seguridad, 80 por hora constituía un objetivo pocas veces alcanzable y las ventanillas abiertas de par en par eran el embrión del aire acondicionado.

Los viajes en coche de los años setenta, aquellos que se hacían cantando, siguen siendo hoy un misterio de la física mecánica que ni Albert Einstein sería capaz de desentrañar. ¿Cómo cabía todo aquello en el habitáculo de un 600? ¿Cómo llegaban los abuelos de una sola pieza? ¿De qué manera subía las cuestas aquella vieja cafetera cargada hasta límites inverosímiles?

Y cuando digo cuestas, no me refiero a repechos, sino a Pedrafita y Despeñaperros, que la gente no se andaba con chiquitas y se iba así hasta Cádiz, aunque ya era toda una proeza alcanzar de esta guisa las costas de Mera. También así, hacinados, venían en aquella época multitud de veraneantes madrileños. Y lo siguen haciendo hoy, ya en vehículos de otro porte, en busca del placer de unas vacaciones a la antigua: un mes completo en una casita próxima a la playa de Espiñeiro, un lugar donde aún es posible sosegar el pulso trepidante del tiempo, donde los niños pasan el día en pandilla como antes lo hicieron sus padres: con sus bicis y sus amigos del verano, con aquellas bambas rojas o azules con que nuestras madres nos dejaban salir a dar un paseo después de cenar, con el pelo mojado aún de la ducha de la tarde para sacar el sudor y el salitre y con el sol occiduo del crepúsculo llenando de añil y naranja la ría coruñesa.

Un mes completo en una casita próxima a la playa de Espiñeiro, un lugar donde aún es posible sosegar el pulso trepidante del tiempo

¿Cómo no van a venir los madrileños a Mera o a Santa Cruz? ¿Cómo no van a seguir veraneando allí los coruñeses, que llevan haciéndolo durante varias generaciones, ahora que el temor al coronavirus invita a un descanso más recogido y tradicional? La costa coruñesa es una joya, y en este momento, un seguro de vida.

La aventura del 600 tiene antecedentes más heroicos. Nuestros abuelos, a mediados del siglo XX, llenaban de baúles y maletas reliquias de la historia del automóvil y se lanzaban a la aventura de cruzar... el puente de A Pasaxe. ¡Todo un viaje hasta Agramar (Oleiros)! Un viaje que, por supuesto, requería una parada técnica para reponer fuerzas en el vivero de ostras de Carnicero (qué lástima da ver cómo está hoy el maravilloso edificio de González Villar, comido por el tiempo y los grafitis). Por delante tenían un verano entero arrancando de los árboles manzanas y ciruelas; un verano de chapuzones en una ría en la que nadaban también las nutrias, y de lecturas de Kipling y Salgari en una hamaca a la sombra de los pinos.

Y así, ¿quién necesita el iPad? Coruñeses y madrileños de Mera tienen claro que ellos no.

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