Cincuenta y ocho días sin tener a su hijo al lado

Pensaba continuamente en saltarse el confinamiento. Plantarse en Santiago a golpe de corazón. En el Día de la Madre estuvo a punto: «Me quería morir. Me daba todo igual».

LUCAS Y SONIA BALUGO, EL DÍA QUE ESTUVIERON JUNTOS DESPUÉS DE 58 DÍAS SEPARADOS
LUCAS Y SONIA BALUGO, EL DÍA QUE ESTUVIERON JUNTOS DESPUÉS DE 58 DÍAS SEPARADOS

En la casa de Sonia hace 70 días que falta Lucas. Su hijo de siete años vive con sus tíos en Santiago, en lugar de su hogar habitual del Agra del Orzán, desde el 14 de marzo. Es la fecha del último día de colegio. El momento en el que la madre volvió a ponerse en la cuerda floja en la que periódicamente se sitúan muchas familias monoparentales en esta ciudad. Se decretaba el estado de alarma. No había manera de conciliar el trabajo, el cuidado del pequeño y la amenaza del coronavirus. Como en otras ocasiones, pensó en su hermana. Cogió el coche. Lo llevó a su casa. Se despidió. Era por 15 días. No se trataba de la primera vez. Los malabarismos aquí son constantes. Familiares. Canguros del ayuntamiento. Amigos. Todos cuidan de Lucas, un crío tranquilo, de buen carácter, mirada aguda y, además, prometedoras dotes artísticas.

No era como otras veces. Si algo ha demostrado el coronavirus es su capacidad de llevar al límite la fragilidad de las cosas. Y aunque al principio Sonia, una madre coraje que un buen día decidió tener el crío por su cuenta sacrificándolo todo, aprovechó para hacer esas cosas para las que nunca había tiempo, a los diez días quebró. Se vino abajo. «Llevo llorando lo que no está escrito», reconoce. Entonces, quedaba claro que, lejos de dos semanas, el confinamiento miraba al largo plazo. Los vídeos que le enviaban de Lucas no cubrían el vacío. Las videollamadas, tampoco. «Hablaba con él. Me decía te quiero mucho y me partía el alma. Cuando me preguntaba cuándo nos volveríamos a ver ya no sabía qué decirle», se emociona. Hablar, colgar y llorar. La misma secuencia cada noche. «A veces, prefería solo hablar, sin vídeo», describe.

El calendario pasaba páginas. La situación, lejos de mejorar, empeoraba. Sonia pensaba continuamente en saltarse el confinamiento. Plantarse en Santiago a golpe de corazón. En el Día de la Madre estuvo a punto. «Me quería morir. Me daba todo igual. Me frenó mi hermana, al final», recuerda. Hubo que esperar. Una semana más. El lunes 11 de mayo, al permitirse los desplazamientos en la provincia, ya podían estar juntos. «Fue la locura», dice. Las dos noches anteriores durmió mal. «Estaba nerviosísima», explica. Al salir del trabajo, condujo rumbo a Santiago. Pudo ver al pequeño, 58 días después. Contenido. Con distancias. Con la protección necesaria. Pero ahí, juntos de nuevo.

La felicidad no es plena. Desde entonces acude cada dos días a verlo. Espera a la fase 2 para traerlo y poder retomar la normalidad de esta familia de dos que se truncó de repente con este virus que ha dado la vuelta a la vida de muchos en esta ciudad. Pero en algunos casos más que otros. El de Sonia es uno de ellos. Uno más que se escapa a los arcos iris en las ventanas. El pequeño que los tenía que pintar no estaba para hacerlo. Pero los hará. Una caja de colores espera su vuelta.

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