La generación de graduados sin fiesta

Alumnos de segundo de bachillerato de la Compañía de María se vistieron con el uniforme del colegio y la mascarilla para posar en las legendarias escaleras del centro como habrían hecho si estos días se pudiesen celebrar las graduaciones típicas de esta época


En las escaleras de entrada del colegio Compañía de María posaron generaciones de coruñeses. «Nos fastidia mucho quedarnos sin el acto de graduación», comenta Sofía, una alumna de 2.º de bachillerato del centro educativo. Por eso ayer por la tarde llevaron a cabo la primera quedada de la historia para emular lo que sería el tradicional acto. Un grupo de compañeras, guardando la distancia de seguridad reglamentaria, posaron en la escalinata del colegio al igual que hicieron los de los cursos que las precedieron. No es lo mismo, pero se lo pasaron muy bien durante unos minutos. Quién me iba a decir que iba a echar de menos las fotos de grupo de estudiantes de institutos y colegios. Los primeros siempre son los de Peñarredonda y los siguientes los de Maristas. A partir de ahí se suceden las graduaciones. Javier, de Foto Blanco, me envía la del Eusebio da Guarda (otras escaleras míticas) y de otros centros. El fotógrafo Kake, la del Santa María del Mar, en unas gradas también legendarias, y Lucía, subdirectora del instituto de Monelos, la de la siempre numerosa graduación del instituto de Monelos. Estas semanas, en las primaveras anteriores, son de no parar. Este año no hay vestidos ni corbatas, ni tacones ni pajaritas, ni familias llorando de emoción, ni abuelas abrazadas a un recuerdo. Peluquerías y tiendas no tuvieron que atender a hordas de jóvenes. Este 2020 solo hay selectividad. La cena y la fiesta posterior tendrán que esperar. La graduación, que suele terminar al amanecer, esta vez ni siquiera empezó. Les queda el consuelo de que toda la vida recordarán que fueron la generación del coronavirus, aunque ahora seguro que este detalle les importa un pimiento. Son graduadas sin fiesta de graduación.

«I’m lovin’ meat»

2Es de esas personas que transmiten buen rollo. Esa gente que habla con el corazón. «Al principio no distinguía un cerdo de una ternera», asegura Rocío Seijas Fraga, propietaria y única trabajadora de la carnicería Rocío, en la avenida de la Concordia 37, antes avenida de los Caídos. Ayer repartió unas galletas a los clientes habituales con motivo del 25.º aniversario del negocio. «Quería hacer una comida pero, dadas las circunstancias… Cambié los rótulos de las fachadas e instalé unos vinilos que ponen I’m lovin’ meat (Amo la carne)», explica esta coruñesa de 47 años que el 15 de mayo de 1995 debutó en la entonces carnicería Julia, que era de sus suegros, y que desde el 2006 dirige con su nombre. «Es un sector muy masculino porque hay momentos que se precisa fuerza. Pero creo que a la hora de cortar la carne somos más finas las mujeres», sentencia. Acabó COU y se puso a aprender un oficio que ahora disfruta. «Nunca me faltó trabajo. Estos días han sido de 15 horas. Como aquí. El principio de la pandemia fue estresante, había mucha confusión, no sabía si iba a enfermar… Nos fuimos adaptando y trabajamos muchísimo», destaca. Ahí tienen a Rocío, que este fin de semana celebra sus bodas de plata de carnicera con una sonrisa fresca y natural.

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