Abuelo, sal a la ventana que te queremos ver

Les dimos un montón instrucciones de control que los agarrotaban. Cuando se tropezaron con algún compañero de clase y hubo que guardar la distancia, se dieron cuenta de todo.


La crisis del coronavirus está dejando un montón de imágenes inéditas en la ciudad. Además de esas avenidas fantasma que generan desasosiego, la tristeza de las colas en las puertas de los supermercados y los (pocos) comportamientos incívicos, existen otras más alegres. Están los rosarios de globos en la plaza del Comercio, el personal del Gadis de Federico Tapia bailando con los aplausos de los vecinos y los mensajes de ánimo colgados en establecimientos. No las olvidaremos jamás. Las hemos visto en móviles, convertidos en miradores de la ciudad por obra y gracia del confinamiento.

El domingo pasado, sin embargo, algunos pudimos ver en directo un trozo de A Coruña, más allá del súper y la farmacia. Se abrió la primera puerta para los menores de 14 años y sus padres. En estos casos no se sabían quién estaba más emocionado, si los pequeños o los mayores. Tal y como ocurre muchas veces en los espectáculos infantiles tipo Cantajuegos, la cosa termina con un montón de padres bailando las coreografías y los niños paralizados ante tal avalancha de estímulos. En esta ocasión, la parálisis se debía a la precaución. Por un lado, les vendimos a los pequeños algo excepcional. Por otro, les dimos un montón instrucciones de control que los agarrotaban. Cuando se tropezaron con algún compañero de clase y hubo que guardar la distancia, se dieron cuenta de todo.

En ese paseo también surgieron imágenes. Unas previsibles, como las sonrisas de los pequeños, las carreras en patinete y los papás convertidos en el mejor amiguito del crío, por devoción o por obligación. Otras no se podían imaginar. Encontrarse, por ejemplo, la estatua de John Lennon con una mascarilla en Méndez Núñez fue un puntazo. La gente saliendo a la ventana a ver a los que paseaban, otro. Pero si me tengo que quedar con una secuencia insólita es la de los niños yendo a la calle en la que viven sus abuelos para saludarlos desde la acera de enfrente. Ahí, ajenos a cualquier vergüenza o compostura, nietos y abuelos se vieron por primera vez en 40 y tantos días sin ser a través de un teléfono. Escuchar a una cría gritando a grito pelado «¡Abueeeeelo, te quiero muuuucho!» te reblandece el corazón sí o sí.

Se ha dicho tantas veces estos días eso de «estamos apreciando las cosas cotidianas» que a veces reaccionamos diciendo, con desdén, que eso es un tópico. Pero no debemos olvidar que la categoría de tópico se logra por algo y que, en ocasiones como estas, adquieren una intensidad a prueba de cinismo y hielo. Al final, sentir el aire en la cara, poder moverse un ratito con cierta libertad y poder acercarse un poco a la gente que se quiere se convierte en todo un acontecimiento. Ahora el que habla con desdén, diciendo que eso es un cliché, que vaya a preguntarle a los abuelos y a los nietos lo que sintieron en ese momento. Ya verá.

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