Especulación inmobiliaria en Puerto Piojo

Un momento clave en la lucha enconada de los coruñeses en la defensa de su borde litoral

Dos cruceros, atracados en el muelle de Trasatlánticos de A Coruña.
Dos cruceros, atracados en el muelle de Trasatlánticos de A Coruña.

A Coruña

Imaginen por un momento una Coruña con todo el espacio de los jardines de Méndez Núñez ocupado por edificios, una Coruña de alta densidad de población en una dársena de la Marina impensable tal y como la conocemos hoy. Pues bien, hubo un tiempo en que no faltó mucho para que esa fuese la postal de nuestra ciudad.

El debate sobre la fachada marítima, la pugna de los coruñeses por abrir a la ciudadanía su privilegiado borde litoral no es un fenómeno reciente, sino que ha conocido numerosos episodios a lo largo de la historia, con una batalla decisiva contra varias Administraciones por los terrenos más nobles a finales del siglo XIX. En 1860, el vasco Celedonio de Uribe, ingeniero y jefe provincial de Obras Públicas, proyectó e inició el desarrollo de la ciudad tal y como la conocemos hoy, con la dársena de la Marina y el relleno de Méndez Núñez. Pero se topó en su camino con dos poderosos adversarios: el Ayuntamiento y el Ministerio de Fomento, motivados por los pingües beneficios que adivinaban en la promoción de vivienda en aquellos terrenos ganados al mar.

La dársena, con sus galerías, y los jardines, con sus árboles espléndidos, existen hoy gracias a la pelea contra el talante especulador de aquellas Administraciones del ingeniero vasco, que lideró a una ciudadanía convencida de que el borde litoral debía ser para uso y disfrute público. A él se debió también la construcción del muelle de Hierro, primera instalación de relieve de nuestro puerto.

El Estado cedía a los coruñeses los terrenos de Puerto Piojo, en cuyo relleno nacería y florecería La Rosaleda.

Otros jefes de Obras Públicas tomaron el relevo de Uribe y dieron continuidad a su legado. Sobre todo el ingeniero Eduardo Vila. Él ejecutó la dársena que había iniciado su colega, y a partir de 1889 comenzó el desarrollo de los muelles del Este, la Palloza, Batería, Santa Lucía y Garás (Linares Rivas), con más de ocho millones de pesetas para unas obras que se prolongarían hasta 1909. Los terrenos ganados al mar mediante los nuevos diques dejaron otros libres en el interior. Y de nuevo entonces, durante el cruce de siglo, los coruñeses tuvieron que plantar batalla a la especulación.

Hasta que fue derribada la vieja muralla de la Pescadería, existió en la zona que hoy ocupan la plaza de Mina y Sánchez Bregua un imponente bastión conocido como el baluarte de San Carlos, hasta donde llegaba y rompía el mar. Al abrigo de aquel baluarte quedaba recogida una pequeña cala que los coruñeses conocían como Puerto Piojo. También allí se intentó un desarrollo inmobiliario expansivo, pero la ciudadanía tenía otros planes y volvió a plantar cara. En el año 1903, el Estado cedía a los coruñeses los terrenos de Puerto Piojo, en cuyo relleno nacería y florecería La Rosaleda.

Hoy los tiempos han cambiado, la sensibilidad de las Administraciones, también, pero los coruñeses volvemos a jugarnos nuestro borde litoral.

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