Máscaras, choqueiros y bailes en el «Antroido» de 1823

Usos y costumbres del carnaval coruñés durante el Trienio liberal contadas por un madrileño absolutista


A Coruña

«Máscaras públicas y pegas». O lo que es lo mismo, andar por las calles con careta y dar chascos. Era lo que se acostumbraba y es lo que se hizo en el carnaval coruñés de 1823. Eso nos cuenta el madrileño José María Segovia que, tras la revolución liberal de 1820, había sido confinado en A Coruña por ser partidario del absolutismo. Durante su estancia escribió un diario, descubierto y publicado por el investigador Javier López Vallo, con una descripción crítica de la ciudad y sus costumbres.

Por él sabemos que «en ningún pueblo, ni aún en el mismo Madrid», había visto tanta máscara pasear a las doce de la noche, siéndole imposible transitar a esa hora por la calle de la Barrera y de San Nicolás. También nos relata el tipo de diversiones que se hacían. No le parecía mal dar cencerradas a los engañados por las burlas y que se colgasen «mazas» (trapos en forma de monigote) y «lárgalos» (rabos de trapo) en las traseras de las faldas de las mujeres para reírse de ellas al andar y de sus apuros por quitárselos al grito de «lárgalo, lárgalo» que le daban los que le gastaron la broma, viéndose obligadas, al recoger con prisa la ropa para quitarse el colgajo, a enseñar pies y piernas. Pero le parecía que debía prohibirse la costumbre de «manchar las ropas estrellando huevos», echar «agua con jeringuillas», «tiznar las casas con légamo, betún o lodo», «quemar estopas» cerca del pelo y «echar basura desde los balcones» ya que incomodaban al transeúnte.

Comparsas de tomasinos

Igualmente consideraba que debían «quitarse las cuadrillas o comparsas que llaman de tomasinos», así conocidas por estar formadas por gentes del barrio de Santo Tomás (en esa época entre el Campo de la Leña y el de Marte). Según nos cuenta José María Segovia, «se componen de seis, ocho o diez hombres precedidos de un tambor y un pífano. No llevan carátulas, sino la cara negra con polvo de carbón y los trajes son ruedos, trapos y esteras viejas que sacan de los basureros y muladares, llenos de inmundicia y fetidez. En la mano tienen palos, bieldos o instrumentos viejos de labranza. Se dirigen a ciertas tiendas o tabernas donde acostumbran a darles de comer o dinero; y al son del tambor y pito bailan grotescamente; hacen el payaso y el bufo; se tienden en el suelo, pasan todos por encima y los levantan entre palos con mil irrisiones; empujan a infinidad de gentes esparciendo hedor por todas partes». Eran los choqueiros.

Además hubo bailes de máscaras. Se dieron en tres locales conocidos por el nombre del empresario que lo gestionaba: el Salón de (Juan Bautista) Larragoiti, el Casino de (Domingo) Marquesi y la Fonda de Terón o Fontana de Oro, lugar de la tertulia liberal radical. Estuvieron concurridos, eran tiempos de libertad y sin el rigor del absolutismo, y hubo disfraces de «serranos, pastores, mozas de servir, aldeanos, muradanos, moros, tahoneros y vestidos antiguos de capa y espada. Las señoras principales alternaron: unos días se presentaron de máscara con disfraces a propósito o solamente dominós y otros de sala». Y todos se reunían a «comer las filloas».

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