Hipnotizados por los móviles en San Pablo

En la plaza contemplé el futuro, como una distopía hecha realidad: chicos juntos comunicándose por un móvil sin mirarse a la cara


Era uno de esos días extraños entre semana, que no es festivo pero no hay colegio. Concretamente, el pasado 7 de enero: jornada posterior a Reyes y anterior a la vuelta a las clases. Algo me había dejado mal cuerpo. Tras varios meses observando con pena cómo la tecnología sin control lleva a los pequeños a una especie de agujero negro en el que ni corren, ni ríen, ni saltan, una noticia me llamó la atención. El día anterior habían ido a hacer el típico reportaje en Madrid de niños disfrutando de los regalos en los parques y se encontraron con una sorpresa: ¡estaban vacíos! Todos estaban jugando con móviles y consolas en sus casas.

Impulsado por ello, cogí la pelota, las muñecas y el patinete. Había que hacer una resistencia lúdica al delirio de los niños hipnotizados frente a una pantalla. Me llevé a los pequeños al parque de la plaza de Recife (al lado de la iglesia San Pablo) con más ganas que nunca. ¡Estaba lleno! Repleto niños tirándose por el tobogán disfrutando y niñas columpiándose pidiendo más altura. También de padres y madres jugando a la canasta con sus hijos y compartiendo ese día peculiar entre risas y emociones. Comentando lo de Madrid con otros papás, nos reíamos diciendo que esas cosas solo ocurren en la capital, que aquí en A Coruña somos muy de calle y que los niños siguen queriendo estrenar patines, bicicletas y balones.

Ahí estuvimos hasta las siete y media. Cuando tocaba retirada, llegaron ruidos extraños. Procedían de los bancos situados al lado de la iglesia, en la parte de la calle Costa Rica. Adolescentes de unos 12 o 13 años se sentaban sobre los respaldos de los bancos. «¡Uau! ¡Uuuu! ¡Toma!» Nos acercamos por curiosidad al primer corro a ver a qué jugaban. Vi a unos ocho chavales mirando cada uno a su teléfono móvil sin hablar entre sí y emitiendo esas extrañas onomatopeyas. En el otro banco ocurría lo mismo, Más adelante, también. En total había como unos 30 jovencillos reunidos, abducidos sus móviles sin prácticamente mirarse entre ellos. «¡Vaya guarrada!», exclamó una chica que le reenviaba la guarrada a la amiga que tenía al lado.

Mi gozo en un pozo. De pronto contemplé el futuro, como una distopía hecha realidad: chicos juntos comunicándose por un móvil sin mirarse a la cara. Y me dio vértigo. Más tarde, repasé la escena desde fuera, incluyéndome a mí como espectador horrorizado. Me pregunté si esa no es la versión adolescente y exagerada del comportamiento que tenemos la mayoría de los adultos que, en ocasiones, hacemos lo mismo consultando el WhatsApp cada minuto, dejándole al niño que juegue con el teléfono en el bar para que no moleste y pendientes más de las vidas ajenas de Instagram que de vivir la propia. A lo mejor así se explica todo. A lo mejor lo de esos chicos no es más que el siguiente escalón del absurdo colectivo.

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