Juegos contra el horario de invierno

De noche buscamos cualquier cosa que nos ilumine


¿Quién vive ahí? Señala una ventana cualquiera del edificio de enfrente con su dedito. Un niño que se llama Pepe, su hermana Laura, su padre Paco, su madre Ana. Y su gato Micifú. Es la retahíla de cada tarde frente a las luces encendidas de las casas. Es de noche, dice. Sí, aunque sean las seis de la tarde. El horario de invierno nos cambia tanto las rutinas que a una hora en la que hace nada aún tocaban columpios, ahora da la sensación de que hay que hacer la cena, poner el telediario y pensar en todo lo que queda por hacer mañana.

Domingo, seis y media de la tarde esperando un bus que no llega en Cuatro Caminos. Noche cerrada. Llueve con ganas, hace frío, parece que han dado orden de evacuación: apenas cuatro gatos en la calle y algunos (pocos) parroquianos en el Delicias. Las frecuencias del 4 son tan poco frecuentes esta tarde que toca esperar bajo la lluvia, o tratar de arañar minutos corriendo hasta la siguiente parada, que en Enrique Hervada hay un garaje que hace las veces de marquesina. Pero está tan poco iluminada la calle que da la sensación de que nos resguardamos del chaparrón en un tugurio y no en una zona respetable. Esta oscuridad apenas matizada por la iluminación de la fuente que te hace pensar en lo bien que estarías en casa y no frente a los restos del Remanso y a los árboles del jardín, que parece encantado a estas horas. Y no son ni las siete.

Hasta el bus es más silencioso. Como los últimos del día, en los que ya no hay nada más que ganas de quitarse los zapatos y entrar en calor en la ducha y muchas cabezas inclinadas hacia los móviles.

¿Cuántas veces escuchan estos días eso tan nuestro de «es una tristeza», que repetimos en cuanto nos dan las seis? O cuando a las dos está el día tan oscuro en medio de esta nueva borrasca que parece que ya está anocheciendo. Nos sale la melancolía por las esquinas entre el mal tiempo y el horario de invierno. Para los que además madrugamos mucho, las horas de luz son tan reducidas que empiezo a sospechar lo descorazonador que tiene que ser pasar un mes de diciembre en Islandia.

Por eso buscamos la luz de las ventanas. Jugamos a quién vive en cada piso iluminado desde casa o desde la calle, con esas decenas de puntos de luz que van marcando el camino de vuelta. Atravesamos el cristal del Delicias para observar un cuadro de Hopper, la luz hacia la calle, los cuerpos inclinados sobre las tazas, la gente que no conocemos y que esconde una vida bajo el abrigo, apoyada en la barra, poniendo cafés. De noche buscamos cualquier cosa que nos ilumine. Como las vidas que nos inventamos para un niño curioso, en esos mismos lugares que a pleno sol son otra ciudad, que nos parece más nuestra.

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