Juan Durán: «No entiendo ningún acto vital si no está relacionado con la música»

El músico ingresa esta semana en la Real Academia Galega de Belas Artes


A Coruña / La Voz

El próximo sábado tendrá lugar en la Real Academia Galega de Belas Artes la recepción del compositor Juan Durán (Vigo, 1960, «aunque vivo en A Coruña desde los tres años», aclara) como académico de número electo, reconocimiento que suma a su dilatado currículo en el que figura, entre otras distinciones, haber recibido el Premio Reina Sofía de Composición. Todo un referente de la música gallega de riquísima conversación que, sin embargo, se identifica más como obrero del pentagrama que como iluminado creador.

-¿Qué supone para usted pasar a ser académico?

-Supongo que en parte es el reconocimiento a cierta edad, que ya voy a cumplir los sesenta y, sobre todo, al hecho de llevar cuarenta años dedicado a la composición, algo que ya no es que no dé para comer, es que no da ni para merendar. Y eso tiene su mérito, claro. Pero la vocación es así.

-Una vocación que se le despertó muy pronto.

-Casi de nacimiento. Ten en cuenta que mis padres se conocieron gracias a la música. Mi padre estaba cantando La tabernera del puerto, de barítono, y mi madre cantaba en el coro en el Teatro García Barbón de Vigo. De ahí salimos tres hermanos músicos. Y ahora ya hay otra generación, porque ya tengo sobrinos en el Conservatorio Superior y mi propio hijo va camino de ello también. Así que ya te puedes imaginar cómo acabamos las comidas familiares, siempre alrededor de un piano. La música es la más sensitiva de todas las artes, la que nos pone las emociones a flor de piel. Y teniendo un elemento de cohesión familiar como este, terminas por no entender ningún acto vital tuyo si no está relacionado con la música.

-Dados los antecedentes familiares, ¿cree que lo suyo es algo genético o educacional?

-He sido profesor durante muchos años y la experiencia me dice que un niño bien dirigido puede terminar siendo músico o lo que quiera. Eso no quita que pueda haber algo de genes. Lo que pasa es que mi fe en la educación me ha demostrado que al final lo que hay es trabajo. Puedes tener talento, y eso será lo que te permita hacer algo con más facilidad, pero sin trabajo y esfuerzo, no hay nada, especialmente en la música. Prefiero un músico trabajador a un músico talentoso.

-¿En qué momento pasó de ser intérprete para convertirse en compositor?

-A la edad en la que todos escribimos nuestro primer poema, en esa etapa tan potente y llena de energía que es la adolescencia. La diferencia está en que yo seguí haciéndolo, entre otras cosas porque seguí formándome. Y cuanto más vas trabajando, más interesantes se van tornando tus obras. Empieza casi como un juego, y al final es como una adicción. Cuando estoy terminando una obra ya estoy pensando en la siguiente, y si pasan unos días en los que no tengo nada encima de la mesa, noto que me falta algo.

-Se ha convertido en necesidad.

-Pero eso no quita que lo vea como una cuestión técnica a la que no doy más alcance que el que se pone a hacer maquetas de barcos. Al componer, la parte expresiva se va colando, pero tú estas pensando en parámetros técnicos: dónde coloco este acorde, esta sección, qué paso para aquí para que esto se cante mejor... Ese trabajo de componer, es decir, de poner unas cosas con otras, es lo que me provoca satisfacción. Es un juego de crearme problemas e ir resolviéndolos. Me gusta la frase de Goethe que dice que la arquitectura es música congelada. Se le puede dar la vuelta, y refleja que los músicos construimos, pero de una manera no visible.

-Lo describe de una manera que le quita todo el romanticismo.

-En general tengo la percepción de que asociamos el arte con una cuestión muy visceral y primaria, muy arrebatada y romántica. Pero me temo que la realidad es muy diferente, es mucho más una cuestión de trabajo técnico, aunque la expresión se filtre y se canalice por ese trabajo. A mí el mejor consejo que me dieron en mi vida fue en clase de piano, que me dijeron que tenía talento para la música, pero que eso no era mérito mío, que mi único mérito sería si lo trabajaba. Eso me marcó de por vida.

Cuestión de trabajo. Juan Durán es un escéptico respecto a la inspiración: «Lo que realmente tiene valor es el trabajo. El mejor consejo que me dieron en mi vida fue en clase de piano. Me dijeron que tenía talento para la música, pero que eso no era mérito mío, que mi único mérito sería si lo trabajaba. Eso me marcó de por vida», explica.

«Soy muy crítico con el arte contemporáneo»

Juan Durán mantiene una visión crítica sobre el arte contemporáneo, especialmente la música.

-Le he escuchado afirmar que la materia musical está agotada. Dicho por un músico suena bastante duro.

-En realidad la frase es de Giuseppe Sinopoli, un director italiano, con el que estoy muy de acuerdo. Yo soy muy crítico con la música contemporánea o, mejor dicho, con el arte contemporáneo en general. Hace ya años que hemos llegado a un punto muy complicado para encontrar material realmente nuevo. Pero no solo en la música clásica, pasa incluso en el ámbito del pop. Por mucho que se piense que se ha evolucionado el formato de canción ha variado muy poco en los últimos 50 años, el grupo instrumental, el ritmo... sigue siendo lo mismo que con los Beatles. En la música clásica, además, el siglo XIX fue descomunal, y el XX fue muy complicado, con unos avances tremendos y una cantidad enorme de vanguardias. Pero si escuchas la música que hacía Stravinski hace un siglo te das cuenta de que poco hemos avanzado. Sí hemos hecho experimentos, pero en cuanto a innovación real hace ya muchos años que da la impresión de que está todo hecho. Y esto que explico con la música me temo que es en gran medida aplicable al resto de las artes.

-Pero usted sigue componiendo.

-Es que eso no implica que no se hagan obras de calidad. Pero hay que reconocer que en música contemporánea estamos escribiendo igual que lo hacíamos hace cien años. La consagración de la primavera tiene cien años y sigue resultando escandalosa para buena parte del público que puede estar acostumbrada a escuchar valses de Chopin. Pero lo que vino después, la música de los últimos 50 o 60 años, no se le puede comparar.

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