Campaña con visibilidad reducida

Será que no hay peor tren de borrascas que la interminable sucesión de elecciones de este 2019


Será Amelie, las ráfagas de viento, las piscinas improvisadas en Alfonso Molina, que se hace de noche temprano. Será que en casa una espera escuchar tranquila (es un decir) los mensajes de los candidatos cuando de repente cae una tromba de agua que cualquiera podría pensar que estamos ante el chaparrón de ranas de Magnolia. Será que no hay peor tren de borrascas que la interminable sucesión de elecciones de este 2019. Sea por esto o porque noviembre ha comenzado con ganas de paraguas, abrigo y luces encendidas.

Por la razón que sea, esta campaña es de visibilidad reducida. Son poco visibles hasta los carteles, que efectivamente ahí están ondeando al viento. Pero como si Netflix estuviese probando con nosotros esa ocurrencia del visionado a doble velocidad, parece que todos nos hablan más rápido. Concentrando en una semana el trajín de casi un año de mensajes, nos hemos metido de lleno en una campaña que da la sensación de que está menos en la calle que nunca. Que no será porque ellos no hagan cosas, que las hacen. Sino porque me temo que los electores y los candidatos parece que cada vez nos vemos menos. Y apenas nos escuchamos, claro.

Aunque los políticos siguen protagonizando clásicos preelectorales como la visita a la lonja, el mitin en Palexco (llenar o no el auditorio de Palexco, he ahí la cuestión. ¿Cuánto debe adentrarse la cola en la Marina para que te den el segundo diputado por la provincia? ¿Un espectador, un voto?), las cañas con los simpatizantes, el debate con los vecinos del barrio. Pisan mucha calle estos días, sí. Aunque quizás deberían preguntarse si pisan la calle adecuada y si el café se lo toman con quien convendría. Se nos ponen los pelos de punta cuando descubrimos que quien maneja las redes sociales, que a la deriva nos lleva (perdón), nos da lo que queremos ver, leer y comprar, pasado todo ello por el filtro aséptico de un algoritmo. Pero es que fuera de las redes y sus tentáculos, apenas nos dejamos ver en círculos que no son los nuestros, en otros barrios. No nos gusta estar fuera de contexto, y si los políticos son gente como nosotros, normal que se rodeen de los grupis habituales. Ahí están, incansables, una campaña más. Con gesto serio cuando el aspirante a señoría (o señoría en funciones, o ambos) se pone serio. Con sonrisa cómplice cuando el candidato suelta el chascarrillo. Y eso que esta campaña es una de las menos chistosas que se recuerdan, a pesar de los caniches que huelen a leche, los lapsus sexuales y demás notas de color que son carne de meme. No estamos para bromas. Que noviembre se ha puesto demasiado serio y vienen curvas. Y con este tiempo no hay quien vea con claridad.

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