Llegan los primeros cruzados nórdicos

En el siglo XII y de travesía a Tierra Santa, pasaron por Faro cruzados de distintos países del norte de Europa


En el año 1099 caballeros cristianos, impulsados por la cruzada predicada por el papa Urbano II, conquistaron Jerusalén a los fatimíes musulmanes. A partir de entonces y durante dos siglos numerosas expediciones armadas recorrieron Europa hacia Tierra Santa. Una de las rutas empleadas sería la marítima atlántica y la utilizarían los hombres del norte. En ella, Galicia era un lugar de arribada obligada para reabastecerse y visitar el sepulcro del apóstol Santiago. La ruta era conocida. Ya la habían seguido los vikingos en sus saqueos hasta el Mediterráneo. Ahora lo harían para luchar contra los infieles, ganar la gloria y, si era posible, volver enriquecidos.

La primera expedición conocida de cruzados escandinavos que arribó a Galicia fue la del rey noruego Sigurd I Magnussom, que recibiría el apodo de Jórsalafari, el que fue a Jerusalén. Las crónicas relatan que partió de Bergen en el otoño de 1107 con 60 naves y unos seis mil hombres. Invernó en Inglaterra y, tras recorrer las costas de Francia, llegaría en el siguiente otoño a Galicia. No sabemos dónde desembarcó, pero uno de los posibles lugares sería Far, nombre que le daban al lugar donde estaba el Faro de Galicia (hoy torre de Hércules), con capacidad suficiente para albergar una armada. Permanecería el invierno en Jakobsland, el País de Santiago, padeciendo dificultades de abastecimiento y teniendo que combatir para conseguirlos. En la primavera partiría, enfrentándose en la singladura a piratas y musulmanes hasta llegar a Jerusalén. 

Por la misma ruta

También seguirían esta ruta los cruzados alemanes e ingleses. Su primera gran expedición arribaría en 1147. Formaba parte del arrebato de la segunda cruzada y estaba compuesta por entre 164 y 200 barcos con miles de combatientes alemanes, flamencos y anglo-normandos comandados por los condes Arnulf de Areschot y Cristian de Gistell. Salieron de Colonia el 27 de abril, hicieron escala en Darthmouth, Inglaterra, y avanzaron hacia el mar de Bretaña. En la travesía, un fuerte temporal, que duró 8 días, los dispersó. Una parte de la flota llegó a las costas de Asturias y desde allí continuó hasta llegar a la Torre de Faro. Aquí, el cronista que nos narra la historia, el cruzado Osborne, tuvo tiempo de admirar la torre de Hércules, contándonos que su construcción se atribuía a Julio César, y de ver los restos de un puente de piedra de 24 arcos que se adentraba en el mar; también reseñaría una profecía local que vaticinaba que cuando ese puente quedase totalmente emergido sería inminente la destrucción de los pueblos y el fin de la idolatría en Hispania. Era el espíritu milenarista de la época. Hoy en cambio pensamos, siguiendo al historiador Alberto Balil, que ese puente podría ser lo que quedaba de un muelle de arcadas construido por los romanos en el antiguo puerto de Brigantium.

Después partieron hacia el estuario de la ría de Muros-Noia donde estaba el resto de la flota. Juntos peregrinarían a Santiago. Fortalecidos en la fe, reembarcarían y más tarde, de julio a octubre, ayudarían a los portugueses a conquistar Lisboa.

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