Vigilar el tiempo, prevenir las galernas y avisar a navegantes

Los observatorios del instituto de Herrerías y los telegramas del vicario de Zarautz hicieron avanzar la meteorología


Barómetro, telégrafo y una red de estaciones de recogida de datos intercomunicadas. Eran los elementos imprescindibles para poder avanzar en la predicción meteorológica. Su necesidad fue el resultado de la constatación científica de que borrascas y meteoros atmosféricos se desplazaban por océanos y países. En esta red de información, los meteorólogos pioneros consideraron la estación de A Coruña, por su posición marítima en el noroeste peninsular, de gran importancia para conocer la evolución de los temporales atlánticos. Creada en 1863 e instalada en el instituto de bachillerato de la calle Herrerías, su utilidad práctica inicial fue casi nula, pues sus mediciones eran inexactas por las deplorables condiciones de ubicación de su instrumental.

Por fin, en 1881, gracias a la Diputación, mejoraron sus instalaciones. Bajo la supervisión de su director, el catedrático de Física y Química, Acisclo Campano Alfageme, se construyó en el tejado del instituto una azotea donde se colocaron los termómetros, el pluviómetro, el vaso evaporatorio y una torreta para la veleta y los anemómetros, con un pequeño gabinete para los barómetros y cálculos meteorológicos. Conocemos su forma gracias a un croquis publicado en la Ilustración Gallega y Asturiana del 8 de junio de 1881. También sabemos, por La Voz de Galicia del 30 de mayo de 1888 que se hacían tres observaciones diarias y que los datos registrados se transmitían diariamente por telegrama a los observatorios de Madrid, París, Londres y Roma.

Más tarde, en el curso 1890-91, el observatorio se trasladó al nuevo Instituto Eusebio da Guarda, en la plaza Pontevedra. Manteniendo el mismo diseño formal, sus instalaciones y aparatos se perfeccionaron. Contaba con un gabinete de observaciones donde, según La Voz del 29 junio de 1892, se encontraban modernos barómetros de precisión, pluviómetros, sextantes, telescopios, brújulas… Y por una escalera de caracol se subía a una torreta octogonal, que aún hoy se conserva sobre el tejado del instituto, donde estaban los termómetros, los psicrómetros, un cañón meridiano, la veleta y el anemómetro. Siguió mandando sus datos, cuya utilidad científica era innegable; sin embargo su provecho práctico apenas trascendía.

Todo cambió con un cura vasco, Juan Miguel Orcolaga, vicario de Zarautz, en Guipúzcoa, y conocido como el Padre borrascas. De formación autodidacta y con un modesto observatorio, le interesaba el estudio del tiempo para prevenir de las galernas a los pescadores. Con los datos que tenía, propios y de otros observatorios, observando las nubes y variaciones de la presión atmosférica, vislumbró el gran temporal del 15 de noviembre de 1900, advirtiendo a las autoridades vascas de su llegada para que avisaran a los puertos. Su predicción fue acertada. A partir de entonces se hizo muy popular y sus acertados telegramas de anuncio de borrascas en el noroeste y el Cantábrico serían desde 1902 publicados por la prensa coruñesa. Fue el primer hombre del tiempo en España.

 El «Padre borrascas» predijo el gran temporal de 1900. Fue el primer hombre del tiempo

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