El club de la avenida de La Habana


El 20 de mayo de 1992, el directivo del F. C. Barcelona Joan Gaspart inventó el síndrome de Gaspart. Esa noche se jugaba en Londres la final de la Copa de Europa entre el Barça y la Sampdoria. Gaspart, devorado por los nervios y las arritmias, nada más empezar el partido se levantó y se fue del palco. Y del estadio. Se echó a andar para no saber nada del encuentro. Caminó durante 45 minutos. Se sentó a reposar en un banco durante el descanso y emprendió el regreso a Wembley calculando que, tras otros tres cuartos de hora de paseo, todo habría rematado ya cuando estuviese de vuelta. Para bien o para mal, el calvario de la incertidumbre habría concluido. Pero llegó a las puertas del estadio y un policía le contó que iban a ceros y había prórroga. Maldijo su suerte y se metió en un cuarto para seguir sin ver el partido. Desde su escondite, en el minuto 112, escuchó el gol de Koeman. Enseguida supo que los gritos de júbilo eran de la hinchada culé. Pero ni así abandonó su refugio. Solo cuando el árbitro pitó el final volvió al palco para celebrar que Cruyff había ganado la primera Copa de Europa del Barcelona.

El síndrome de Gaspart es una gloriosa paradoja. Es el colmo del forofo. Porque se supone que ama el fútbol y los colores de su equipo porque disfruta viendo los partidos, celebrando las victorias y digiriendo las derrotas. Pero cuando uno, poco a poco, va ascendiendo peldaños en la devoción a un club, acaba por comprender la actitud de Gaspart en Wembley. Yo la entiendo perfectamente. Porque -con ausencias justificadas por vivir en otras ciudades o por causas laborales- me he tirado los últimos cuarenta años sentado en Riazor. Siempre en la acera de la avenida de La Habana. Incluso cuando no había ni acera, sino un puñado de tierra y piedras entre las que, de niño, aprendí a andar en bici. Yo ya era de Preferencia Superior antes de que existiese Preferencia, cuando mi padre me llevaba a la antigua Grada Elevada.

Por eso no he visto los partidos del play-off de ascenso. Los he pasado en la redacción, agazapado tras la pantalla del ordenador, intentando no enterarme de nada. Como Joan Gaspart en Wembley. Porque ya estuve con el Dépor en Segunda B. Y en la larga travesía del desierto en Segunda. Luego vinieron los tiempos de los centollos y las nécoras: una Liga, dos Copas del Rey -Centenariazo incluido- y tres Supercopas. Pero todavía recuerdo cuando comíamos lentejas con más guijarros que lentejas, como en los tebeos de Carpanta, que vivía debajo de un puente con cortinas y siempre soñaba con un pollo asado. Por eso no se me caen los anillos por seguir en Segunda, ni voy a quemar el carné por no subir a Primera, que es el pollo asado que Carpanta nunca se pudo zampar. Porque algunos, pase lo que pase, siempre seremos del equipo de la avenida de La Habana.

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