Hay un momento en el que uno se da cuenta de que deja de ser un niño y empieza a ser un hombre. Es un flash totalmente revelador. El día en el que vas al Dépor con los colegas a un fondo y no con tu padre a un lateral. La primera vez que te empajaritas o te encorbatas para salir en Fin de Año hasta el amanecer. Y, por supuesto, ese San Juan mágico que se vive saboreando la noche al calor del fuego. De repente, te ves ahí, pleno y eufórico, pensando que, en adelante, todos los días van a ser así de vibrantes, que esos con los que estás van a ser tus amigos para toda la vida y que ese primer mordisco de juventud resulta aún más sabroso que lo que habías imaginado.
Sí, San Juan es una jornada muy especial. El día en el que la gente se viste en plan perralleiro sin complejos, en el que la euforia se respira por las calles y donde todo el mundo tiene otro rostro. Mejor que el habitual, por supuesto. Todos recordamos aquella noche iniciática en la que todo cambió. A los 15. A los 16. Quizá a los 17. Son instantes grabados a fuego lento, sensaciones sublimadas en la memoria que siempre intentamos alcanzar cuando nos venimos arriba, y momentos totalmente definitivos en nuestra vida.
En la actualidad el meollo se encuentra en las playas. Lo que otrora eran entre 2.000 o 3.000 personas diseminadas por los arenales urbanos coruñeses se ha convertido en 100.000. La cosa ha tomado una dimensión de fiesta descomunal. Antes no lanzaban fuegos artificiales. Tampoco se hacían conciertos. Ni venía ninguna orquesta. Realmente, todo eso resulta accesorio y totalmente prescindible. Un derroche innecesario de dinero, diría yo. Porque esta fiesta que los coruñeses llevamos en la sangre no necesita nada más que fuego, sardinas y ese impulso humano que mantiene viva la llama en Labañou, en el Ventorrillo, en Os Mallos, en el Barrio de las Flores y en Riazor
Decía en una ocasión Pablo Portabales que San Juan es esa fiesta en la que el tipo más avinagrado que nunca saluda es capaz de bajar una docena de sardinas y una barbacoa a la calle e invitar a los vecinos. También, el día en el que los progenitores más estrictos bajan un poco la guardia que los chavales sepan lo que es forzar un poco las normas. Y la noche en las que los más pequeños saltan, saltan y vuelven a saltar las minihogueras que ejercen un hipnótico poder de seducción.
En medio de eso, el próximo domingo se producirá ese rito de paso que citábamos al principio. Una sensación de feliz libertad que siente solo a los diecialgo. Desear desde aquí a los que debutan que lo disfruten mucho y que, por favor, sean prudentes. Porque San Juan, además de fiesta, también alberga un largo historial de cafradas. Sentidiño. Y a gozar.