El último guacamayo de Villa de Negreira


La pajarería Paraíso, en el número 45 de Villa de Negreira, era eso: el sueño de cualquier niño que tuviese un canario o un periquito en casa. Allí subíamos, desde Riazor y Peruleiro, a comprar alpiste para nuestras mascotas o, cuando palmaba alguno de los pajaritos, a pillar un sustituto que cerrase las heridas de nuestra primera educación sentimental. Entrar en el Paraíso era escuchar los gorgoritos de varias docenas de diminutos barítonos que convertían el local en un bosque urbanita, desarbolado y enjaulado, pero bosque a fin de cuentas.

Hace un tiempo que la pajarería Paraíso ha cerrado sus puertas. Allí la estrella siempre fue el guacamayo, un ejemplar de vivas plumas azules y amarillas que reposaba sobre una barra con la pata encadenada al metal, para que no alborotase demasiado por la tienda. Mientras esperabas a que la dueña te vendiese tu caja de alpiste o un nuevo bebedero para el canario, la diversión consistía en acercarse al loro y ver cómo reaccionaba ante las travesuras de los más pequeños, a los que debía de tener una tirria especial porque no paraban de darle la murga con sus reiterados intentos para que se abalanzase sobre ellos a picotazo limpio.

La pajarería Paraíso, subiendo Villa de Negreira a mano izquierda, ha bajado el telón. Y las jaulas permanecen vacías en su interior, ya sin la algarabía de los periquitos y demás bichos alados. Pero dentro resiste, tanto tiempo después, el último guacamayo de esta calle que es ahora mismo un pequeño resumen del planeta Tierra. Lo pude ver estos días, aunque solo a través del cristal. Allí está nuestro querido loro, que, según cuenta la vecina que lo cuida a diario, anda ya por los 28 años. El guacamayo se rasca mucho con las garras y el pico, porque va mayor y tiene una enfermedad en el plumaje, pero aún está lustroso y saca pecho por su glorioso pasado, como si fuese ese último soldado japonés atrincherado en una isla perdida del Pacífico porque sus oficiales no le habían comunicado que la Segunda Guerra Mundial había terminado y los yanquis ya no eran los malos de la película.

El loro, de cuyo nombre no logro acordarme, es el último guacamayo de una calle cosmopolita -por algo tiene desde siempre la Tintorería Perú, con su fachada de guijarros incrustados-, una especie de ONU que ha hecho la mudanza desde Nueva York al pasaje entre la ronda de Nelle y la de Outeiro. Por eso me gusta darme de vez en cuando un garbeo por allí y hablarle un poco al loro a través del escaparate. Para hacerle compañía, o incluso para que él me la haga a mí mientras espero el bus. Más que nada porque a los siete años yo creía que el Paraíso era justo esa pajarería que está subiendo Villa de Negreira a mano izquierda.

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