Casas de apuestas fuera del parque


Vas caminando con un niño por la calle en dirección al colegio. De pronto, se para. Se genera la típica escena. Tú tirando para adelante y el niño quieto, reclamando encendido atención. «¡Mira papá, los futbolistas!», exclama. Señala con el dedo el panel exterior de un local de apuestas deportivas. Abrió hace unas semanas a pocos metros de su colegio. «¡Quiero entrar, quiero entrar!», insiste. Le digo que no, que ahí no puede entrar. «¿Pero por qué, si es de fútbol?», dice sin entender nada. «Porque ahí no pueden entrar los niños», le contesto. El pobre, en plena rabieta, me dice que quiere entrar como sea. Termino por llevarlo tirando del brazo, pensando en que a la vuelta hay que tener una charla más allá del «porque lo digo yo y punto» de emergencia.

El niño del que hablo tiene apenas cuatro años y medio. Ya ha caído en las fascinación de los locales de apuestas. Miedo. Ocurre con ellas lo que pasaba con las tragaperras. Aquellas lucecitas y aquellas melodías machaconas apelaban a la curiosidad más primaria, calando en los adultos más vulnerables y esclavizándolos al juego. Ahora los tiempos han cambiado y son las apuestas deportivas las que lanzan los anzuelos con fulgurantes estrellas del balompié. Inicialmente se instalaban preferentemente en los barrios de clase trabajadora. Me comenta el responsable de una que apelan a la gente parada o con pocos recursos. Supuestamente, son el público diana para este tipo de prácticas. Ahora, en una perversión total de lo que ya es perverso de por sí, ya se sitúan cerca de los colegios e institutos. Quieren atraer a los chavales.

Si han logrado un efecto como el descrito arriba con un crío que aún no sabe leer, ¿qué no harán con adolescentes futboleros con dinero en el bolsillo? Solo hay que entrar en uno de ellos, ver y temblar. O esperar a que llegue el recreo de uno de los centros y ver el camino que toman esos chicos espigados de peinado de futbolista, pantalones ceñidos, tobillos al aire y zapatillas deportivas. Terrible.

Hay quien dice que estas casas de apuestas son la heroína de este tiempo. En Os Mallos, donde los que tienen cierta edad recuerdan aquella epidemia que destruyó tantas y tantas familias, saben mucho de ello. Por eso, protegiendo a los suyos, los padres han reaccionado visceralmente ante un local de apuestas ubicado al lado de un parque infantil. «Estamos na Coruña, non nas Vegas», reza uno de los carteles instalados allí. Piden directamente a la Administración que tome cartas en el asunto. Los locales, como siempre, aseguran tener todo en regla, pero los vecinos advierten que no van a parar. Por el bien de nuestros hijos, mejor que no lo hagan. Y que los políticos le hagan caso y pongan coto a esta barbaridad.

Un salón de juego a un paso del instituto

Marta Otero

Piden que se marque la distancia de este tipo de locales y los centros escolares en la nueva ley gallega

A las doce y diez los alumnos del instituto Eusebio da Guarda da Coruña hacen una pausa. Salen a la plaza de Pontevedra y la mayoría se pierde, por pandillas, entre la gente. Solo algunos cruzan la calle y, en apenas unos pasos, se meten en el local de juegos y apuestas de la esquina contigua. Primero uno solo, luego otros dos, mientras dos más se quedan esperando fuera. Al entrar un grupo de unos siete u ocho está jugando una partida rodeando la gran ruleta. Está claro que aquí la hora punta coincide con el recreo.

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