El consejero delegado de Inditex iba en el 3


El bus del colegio, en los últimos setenta y primeros ochenta, era lo más parecido a la guerra de trincheras que uno podía aspirar a vivir. No había cuidadores, ni vigilantes, ni acompañantes, ni nada que se le pareciese. Creo que solo muy a última hora, ya rozando los noventa, decidieron poner a un profesor de guardia de seguridad en cada autocar. Pero, antes de eso, el bus escolar era una pura y dichosa anarquía.

Viajábamos tres en cada dos asientos y, por supuesto, sin cinturón. Al no ir atados, podíamos cambiarnos libremente de asiento durante el largo trayecto al colegio. Había dos formas de hacerlo. Por la superficie, o sea, corriendo por el pasillo y asumiendo el riesgo de que el conductor te viese por el retrovisor, o arrastrándose por debajo de las butacas, dejando la chupa hecha unos zorros y esquivando los pies y las carteras de los compañeros.

Uno se cambiaba de asiento no por nada en particular, solo por sentir en la yugular cómo latía el subidón de adrenalina ante la posibilidad de que Paco, aquel busero que tanto se parecía a Bruce Springsteen, te descubriese en plena maniobra y, tirando bruscamente del freno de mano, saliese a tu caza para soltarte una colleja. Porque el busero era la ley. Era el amo de aquella escuela con ruedas en la que viajábamos mezclados desde niños de 6 años hasta los adolescentes de BUP (los de COU creo recordar que entraban más temprano y tenían su propia línea). Aquello era una lección diaria de supervivencia. Allí aprendimos casi todo lo que hoy sabemos de la vida (por supuesto, entre sus asientos tuvimos en nuestras manos la primera revista porno que habíamos visto jamás). Nos curtimos en las peleas con los mayores, superamos sus burlas y bravatas y, cuando ya teníamos percebes entre el vello púbico, hasta llegamos a sentarnos en la fila de atrás, que era algo así como llegar a la cima del mundo. La última fila estaba reservada para los más duros, para los que habían salido indemnes de once cursos de libros de texto, guerras de pedradas e incluso algún pupitre en llamas.

Autos Tito -que era quien nos llevaba y nos traía cada día de Peñarredonda- tenía tres líneas. Los del bus número 3 éramos los que no vivíamos en lo que entonces se consideraba el restringido centro de la ciudad. Habitábamos en sitios como la plaza de Portugal, Riazor, Peruleiro, Villa de Negreira o la ronda de Outeiro. Eso llegó a crear una cierta unión entre nosotros y nos hizo más fuertes frente a los reveses del destino. Recuerdo al señor Ríos, nuestro conserje, que se subía en la ronda, y a amigos como Juanjo Millán, Barrán, Miky o un inquieto y delgado chaval llamado Carlos Crespo, que paraba frente a la Compañía de María. Leo que ha llegado a consejero delegado de Inditex. Y me alegro un mundo. Y pienso que todo empezó en aquel bus número 3 conducido por Paco.

Carlos Crespo: familiar, deportista y discreto «marca Inditex»

S. Vázquez

Así es el nuevo consejero delegado del gigante textil

La personalidad de Carlos Crespo lleva el marchamo de la casa: altamente discreto, muy trabajador y pulcro hasta niveles máximos en su trabajo. Estudió la carrera en A Coruña, y luego se hizo auditor. No se le conocen informes con salvedades ni tampoco retrasos en la finalización de un proyecto profesional.

Este «joven» del 71, CTV (coruñés de toda la vida), lleva casado desde el 2000 con su novia desde la adolescencia. La pareja tiene dos mellizos, a los que su padre lleva al fútbol siempre que su trabajo en la multinacional se lo permite.

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