La hora de los zarapitos trinadores, los grandes viajeros

Estas semanas son ideales para observar bandadas de zarapitos trinadores

sandoval

«Quien buen norte tiene, seguro va y seguro viene», dice un refrán marinero. Precisamente hacia allí, hacia el extremo norte, es a donde llevan sus alas estas semanas a multitud de aves zancudas. Muchas de ellas recalan diariamente en la ría de O Burgo y el resto de humedales costeros gallegos, para descansar y tomarse un refrigerio. Venir a verlas es un poco como entrar en una taberna llena de animación. Un lugar de encuentro de grandes viajeros, de rudos trotamundos. Mientras la marea esté baja, y haya alimento para todos ellos, se dedicarán a degustar con ávido apetito la gastronomía litoral de esta parte del mundo.

Cuando unas horas después el mar vaya cubriendo las raciones de las mesas de fango, deberán apretarse en los lugares disponibles para descansar. Antaño esta ría estaba orlada por abundante vegetación de juncos, verdolagas y otras plantas típicas de ambientes salobres. Hoy casi todo su contorno es un alto zócalo de piedra que no les garantiza la seguridad que necesitan ante potenciales depredadores. Así que se apiñan en las pocas orillas naturales que quedan.

Cambio de humor

Entonces el humor de estos viajeros cambia un poco. Están cansados, también inquietos por haber tenido que suspender su marcha debido a los vientos de nordeste. Suenan voces alteradas. Se levantan las alas o se muestran los picos en actitud amenazante. No son raros los rifirrafes cuerpo a cuerpo por un lugar mejor para dormir que otro. Tampoco los vuelos repentinos, en grupo, provocados por ese apremio incontrolable que, desde su corazón, les impele a seguir hacia el norte. A veces, cuando vuelven a posarse, creo intuir en sus trinos sonoros juramentos.

Entre los más fáciles de identificar destacan los zarapitos trinadores. Además de ser de mayor tamaño que los demás, los delata ese pico inconfundible, que solo comparten con los zarapitos reales, raros de ver en esta ría pero habituales de otras. Su reclamo protagoniza la banda sonora de mayo en este tipo de ambientes: «¡Ví-ví-ví-ví-ví...!».

También en los prados

Se irán en cuanto el viento se lo permita, dejando este lugar a quienes vengan detrás de ellos en esta migración masiva rumbo a sus hogares árticos. Allí, a donde aún tardarán en llegar, su prole nacerá en una primavera fría, pero en la que el sol no se pondrá durante meses. Crecerán en una acuarela infinita de musgos, líquenes, lagunas refulgentes y neveros, sobre la que luego aprenderán a volar hasta comprender, gracias a su calendario interno, que deben de cambiarla por un lugar muy remoto: el sur. Entonces, en otoño, volverán a pasar por aquí rumbo a la costa de África occidental.

En esta ciudad en la que nadie es forastero, los zarapitos trinadores son por unos días, o solo unas horas, nuestros vecinos en la ría. También, a veces, en los prados amplios más inmediatos a la costa. Su tranquilidad es clave para que lleguen a su destino con éxito. Y para observar en ellos la llamada del norte.

5.000 kilómetros de vuelo

La energía que obtienen los zarapitos trinadores en humedales como nuestra ría es fundamental para sus viajes. Algunos, eso sí, salen de África tan bien alimentados que ya no se detienen en su vuelo hacia Islandia, de más de 5.000 kilómetros.

Invernantes

En la ría inverna estos últimos años una tribu de en torno a quince zarapitos trinadores. En estas fechas de mayo se pueden contar muchas decenas de ejemplares en paso, algunos días más de cien.

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