Maribel Enríquez: «Durante el tratamiento del cáncer veía tutoriales de floristería»

Coruñesa de Orillamar, con 57 años y una nieta que «es el mejor regalo», esta semana abrirá una tienda de flores


Lo afirma con rotundidad. «Las mujeres somos capaces de todo». Lo dice una coruñesa de la zona de Orillamar acostumbrada a recibir golpes. «Me pasó de todo. Nunca tuve una vida lineal, siempre con altibajos». Anteayer acudió a la manifestación del 8-M y pasado mañana abre un negocio en la calle de la Torre. «Mis amigos me dicen “tienes unas ganas…”. Pero es lo que me apetece. Sé que no soy una niña, pero si no lo hago ahora…», reflexiona Maribel Enríquez de Vicente. El mes que viene cumple los 58 y se embarca en una nueva aventura vital-empresarial-motivacional. «Durante el tratamiento del cáncer veía tutoriales de floristería», sentencia. Sí, el 29 de diciembre del 2017 la operaron. El año pasado lo dedicó a recuperarse. Y, con el arranque del 2019, dice que está «genial, de maravilla». Charlamos en la cafetería Kleber de la calle de la Torre. Justo al lado del número 91, donde el martes abre La Floristería, en un local de apenas 30 metros cuadrados y un altillo. «Le di cincuenta mil vueltas al nombre y al final quedó este», asegura sonriente. Me presenta a su marido, que le echa un mano y ya se marcha a jugar un partido de pádel. «Hace unos meses le dio un infarto, pero llegamos a tiempo y está muy bien», me cuenta. Vaya peripecias vitales. «Sí, pero todo lo hago con buen humor. Creo que es la clave», comenta y da un sorbo a un café con leche descafeinado. 

La nieta

Se le ilumina la cara cuando habla de Julia, su primera nieta. «Acabé el tratamiento y poco después nació. Tiene 17 meses y es el mejor regalo que he tenido. Lo que más me gusta es estar con ella. Nunca imaginé que me volverían a gustar los niños», reconoce Maribel, que hace años estuvo al frente de Ábrete Sésamo, un negocio de fiestas infantiles en Orillamar. De pequeña soñaba con ser profesora, como la legendaria María Nieto, que le daba clases en el desaparecido colegio Castilla. Pero lo que hizo fue trabajar como administrativa en oficinas. También se dedicó a la venta de pisos en inmobiliarias hasta que estalló la crisis y tuvo que cambiar de sector y empezar a vender cursos de formación. Poco después, la enfermedad llamó a su puerta y lo cambió todo. Sus dos hijos tienen 34 y 26 años. Isabel es la madre de Julia y Andrés, que vive en Granada. Dice que la llama todos los días para saber cómo va lo de La Floristería. Su marido es arquitecto técnico y, por su trabajo, vivieron cinco años entre Fuerteventura y Lanzarote coincidiendo con el bum de la construcción. Por la cara que pone no debió de pasarlo mal en las islas. «Allí viví muy bien», recuerda con una sonrisa.

El lado positivo

Esta mujer emprendedora da un consejo a mujeres que lo puedan estar pasando mal. «Hay que ser positivos. Bajar a la calle a tomar un café con las amigas. Cuando estaba con el tratamiento, mi ilusión era encontrarme bien para poder salir. El martes no vine a la calle de la Torre porque llovía mucho, pero ayer [por el miércoles] vi el entierro de la sardina», relata Maribel, que reconoce que se apunta «a un bombardeo». Se ve como «muy gallina» de los suyos. Dice que los calamares en su tinta y la tortilla son sus especialidades. Aficionada a ver series en Netflix, estas próximas semanas va a tener menos tiempo libre por exigencias de su negocio. «Tengo muchas ganas, me gusta el público». Confiesa que durante la enfermedad, muchas veces se preguntó «¿volveré a ser como antes? Y ahora intento olvidar las partes negativas de la vida. Y no soporto a la gente que te dice “eso no es nada hoy en día”. Es muy duro». Así es Maribel, una luchadora, abuela y emprendedora de 57 años. «Si pudiese volver atrás, tengo claro que me formaría más», sentencia.

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