Entrenadores que hacen a los niños grandes


A Coruña

Me gusta el fútbol, pero me asquea mucho de lo que hay a su alrededor. No hablo solo de algunos futbolistas millonarios que luego defraudan a Hacienda, de las apuestas deportivas que sustentan el negocio o de las rivalidades paletas que terminan a pedradas. No, sobre todo me repugna la sensación de que en esta sociedad en la que más o menos nos esforzamos en respetarnos haya un lugar donde se haga una gran excepción: un campo de fútbol.

Les contaré, avergonzado, mi caso. ¿Recuerdan a José Manuel Alvelo? Era un jugador del Celta. En 1988 sufrió un accidente de tráfico que lo postró en una silla de ruedas. En Riazor se entonaba un cántico infame: «¡Alvelo jo-de-té!». Allí, iniciando mi adolescencia, miraba sonriendo a los de mi clase. Como quien comete una travesura, nos uníamos con la euforia de estar transgrediendo una norma. No era la única barbaridad que se cantaba en aquellos tiempos de «Vigo no» y barra libre, pero de largo se trataba de la más cruel. Y allí, con adultos, jóvenes y niños unidos por ella, no pasaba nada. Nada de nada.

Durante un partido con el Celta, en el que jugaba Vicente Engonga y gran parte del estadio se ponía a imitar el sonido de un simio si tocaba balón, vi la luz. Verme ahí, frivolizando con el racismo de esa manera, me devolvió una imagen de mí lamentable que no quise volver a contemplar más. Tendría 16 años. Juré no acudir al estadio en el futuro. No cumplí. Pero las siguientes veces tenía muy claro que aquello no iba conmigo. Yo era de «Vigo sí». Y de negros también. Por supuesto que sí.

Ahora veo preocupado que las nuevas generaciones terminen en situaciones parecidas. Hay caldo de cultivo. Me cuentan compañeros que en los partidos de chavales aparecen a veces progenitores pasados de vueltas insultando a los árbitros. Y que hay niños que llegan a jugar con los cascos puestos como Cristiano Ronaldo. El hijo de unos amigos no quiere ir a entrenar. Sus compañeros lo llaman paquete y nenaza. Al parecer, nadie hace nada. Piensas si no será mejor mostrar a los niños otros deportes menos viciados y más sanos.

Pero a veces hay cosas que te sacuden. El pasado sábado terminé jugando una pachanga con unos críos en el parque Europa. En un momento dado uno pequeño (de cuatro años) marcó un gol a los más mayores (de ocho). Lo celebró moviendo el culo con una sonrisa. Los otros se volvieron inmediatamente. «¡Eh, hay que respetar al rival!», exclamaban. Me contaban que su entrenador les había inculcado eso. Eran Álvaro y Pedro. Van al Santa María del Mar. Nos dieron una lección. A mí y al pequeño inconscientemente burlón que estaba conmigo. Con un punto de partida así quizá no haya opción a que la cosa derive en aberraciones como las antedichas. Porque hay entrenadores que hacen a los niños grandes, colocándolos en el camino correcto. Es de agradecer.

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